Mi historia no es para nada agradable de
contar, por eso es que prefiero simplemente ser lo que muchos consideran un
“lobo solitario”; ¿para qué más? Si mi propio pasado me condena.
Nunca conocí a mi madre, ella simplemente
decidió abandonarme cuando tenía cinco, apenas si la recuerdo a la zorra;
decidió dejarme con el maldito alcohólico al que desgraciadamente tengo que
llamar padre. Aunque… bueno, no puedo quejarme, gracias a él conseguí este inmenso
poder.
A un precio terrible.
Tenía trece y vivíamos en un edificio que
milagrosamente aún se sostenía en pie. No pagábamos renta porque el idiota era
el conserje del edificio, al menos algo bien sí sabía hacer. Pero ése día, ese
jodido día, había bebido hasta el cansancio. Eso nunca era bueno.
Estaba en mi habitación, tratando de
concentrarme en las tareas de la escuela, algo impropio de mí, cuando lo
escuché llegar. Arrastrando pesadamente los pies, pateando cosas por el camino,
la increíble baranda a vodka barato llegó rápidamente hasta mí. La paliza de
hoy iba en serio. Abrió la puerta de un terrible porrazo, por poco y no la
arranca el estúpido. Yo ya estaba preparado para ése momento, apenas si tenía
sensibilidad en el cuerpo así que no me molestaba en absoluto la inútil
descarga de culpa que iba a hacer conmigo; pero cuando lo vi, ahí parado en la
puerta, fumando y con una botella apenas vacía, comprendí realmente lo que era
el miedo.
Es mi
padre, puedo superar cualquier daño que me haga, pero jamás se atrevería a
hacerme algo tan drástico… ¿o sí?
Éste y muchos otros pensamientos se agolpaban
en mi mente mientras, con una maliciosa sonrisa, me miraba con una aterradora
intención.
Destapó la botella con apuro y me roció con la
mayor parte de su bebida altamente inflamable. Yo estaba paralizado, no sabía
qué hacer, mis músculos no respondían. Rompió la botella con los restos del
líquido transparente frente a mí, y, con una última y larga calada a su
cigarrillo, me lo arroja. El piso se prendió con una velocidad terrible, el
fuego me alcanzó en fracciones de segundo comiéndose cada centímetro de mi
piel, las llamas se alzaron por el resto de la habitación consumiéndolo todo a
su paso mientras él seguía ahí parado, disfrutando de estar quemando vivo a su
hijo.
No sé muy bien cómo fue que ocurrió,
simplemente apenas tengo conciencia de cuándo pasó. Estaba al borde de la
muerte, mis pulmones sólo aspiraban humo y mi garganta estaba totalmente
sofocada, mis gritos ya no producían sonido alguno y mi mente vagaba por una
vorágine de la que creí nunca saldría. Entonces escuché algo, una voz
melodiosa, dulce, que susurraba
_Duerme
Benjamín
En mi mente todo se detuvo, aferrándose a esa
voz, una esperanza que llevarme
_Duerme
querido -me decía, con un tono agradable y tranquilo- duerme y conviértete en nuestro hermano
-¿Cómo?
-traté de pronunciar, apenas modulando con lo que podía- ¿quién habla?
_Ya lo
sabrás -terminó de decir- cuando
despiertes
Desperté cuatro horas más tarde, en el hospital.
Todo el edificio se había incendiado y los únicos sobrevivientes éramos un niño
que vivía un piso debajo del nuestro, y yo. Por suerte a él no le había
ocurrido nada, los bomberos pudieron rescatarlo en el momento justo.
Yo, en cambio, era otra cosa. El médico que me
atendía me observaba con completo asombro, no se explicaba como aún estaba con
vida. Prácticamente el 90% de mi cuerpo había sido consumido por las llamas y
no respondía como debía al tratamiento. Cuando desperté sólo sentía un agudo
dolor en la cabeza, aparte de una terrible parálisis en todos los miembros.
_Hola -escuché que decían- yo soy el doctor Aldas,
médico cirujano especialista en quemados
_ ¿Y qué se supone que hago aquí?- atiné a
decir- creí haber muerto
_Es lo que tendría que haber pasado, yo tampoco
lo entiendo -me respondía, maravillado- pero aquí hay un amigo mío, alguien que
dice que te conoce, y que posiblemente tenga algunas respuestas para ti.
_Buenas Benjamín –saluda, saliendo detrás del
doctor, un hombre joven que no aparentaría más de una veintena de años- mi
nombre es Alexander Nívek, pero casi todos me conocen como Camaleón.
Es el segundo domingo de este mes que señala la
mitad del calendario, hace ya cinco meses que acepté este trabajo y el
siguiente lo pasaré metido de cabeza en los finales; bastante movida mi vida.
La última semana la he pasado estudiando y repasando, es imperioso que saque
esas materias o no podré continuar cursando. Me tengo fe, sé que podré; con lo
que no estoy para nada seguro es con las interrogantes que todos los días se me
plantean en torno a este trabajo.
Me he llevado material a la pequeña oficinita
para poder continuar estudiando, pero resulta improductivo. Aquí tengo cientos
de motivos que minan mí, de por sí, pobre concentración. He dejado que pasara
demasiado y necesito respuestas concretas, necesito seriamente obtener
información; mi mente se retuerce en la cantidad de posibilidades que manejo,
todas complejas, con sombras, huecos que llenar.
Un sonido martilleante, con tranquila
constancia me trae de nuevo a la realidad. Es un llamado. Desde la habitación 02
un escalofriante destino busca atarme a circunstancias que son ajenas a mi
entendimiento. Oscuros hilos de un plan mayor que me esfuerzo por entender pero
que sólo enmarañan más mis confundidas ideas.
Sorpresivamente me hago consciente de que estoy
parado frente a la puerta abierta de la temida habitación. Sin proponérmelo he
actuado sin deliberación alguna, algo en lo más profundo de mis entrañas me
mueve, me incita a preguntarle a aquella persona, el ciego que todo lo puede
ver.
_ ¿Al fin has decidido cuál será tu pregunta?
–escucho su voz, como un afilado augurio
Un silencio incómodo me domina, un silencio
embarazoso que doy por toda respuesta.
_ Veo que aún no estás preparado John –habla
desde una esquina, con aire de imperturbable misticismo- aún no has hallado las
preguntas correctas.
_ Ah… -es toda la réplica que alcanza a fluir
de mis labios
_ Un nuevo “inquilino” te espera John, debes
recibirlo como es debido
A pesar de que lleva tiempo aquí, aún me
resulta turbador el hecho de que conozca anticipadamente todos los movimientos
que se efectúan por el lugar.
Fuertes vibraciones provenientes de mi bolsillo
me llaman a la realidad; un segundo llamado.
_Diga, doctor – hablo pausadamente, intentando
serenarme.
Las instrucciones son vagas, pero siempre lo
han sido así.
_Muy bien, señor –respondo solícito- ya está
acondicionada… así se hará… sí, ya está hecho.
_ ¿Se hace difícil fingir cuando uno tiene
tantas dudas?_ me dice, con una suavidad escalofriante.
Bastiaan. El problema y la clave.
El siseante zumbido del elevador se hace notar
en el amenazador silencio que envuelve aquél inmaculado pasillo. Nuestro
visitante ha llegado.
Se abren las puertas dobles del metálico
cubículo revelando su tesoro, una joven mujer. Una muchacha que apenas y quizás
me supera en edad; con los hombros caídos y pesado el caminar, se ve perdida en
lo más recóndito de sus penosas emociones.
_Por aquí –les indico a los aún intimidantes
guardias.
Un pesado telón de intrigas se siente caer
sobre todos los involucrados…, incluyendo a la pobre que ahora traen esposada.
Una vez dentro de la habitación, sólo atiene a
desmoronarse colgando de las manos de su captor. El instinto protector vence en
mí y corro en su ayuda, intentando sostenerla lo mejor que puedo.
El matón quita las esposas con recelo y asco; y
yo, me siento impotente de poder hacer algo más.
Con temible furia lanzo un silencioso juramento
al pedazo de músculo descerebrado. La abrazo buscando ocultarla de su acusada
reprobatoria sin importarme las consecuencias que puedan recaer en mí.
Desde la puerta lo escucho, su jefe, siendo
condescendiente conmigo.
_Gregsale, no es de mi incumbencia lo que usted
haga o deje de hacer aquí –me reprocha, cual padre ajeno- pero de verdad no se involucre con los pacientes; puede
llevarse una sorpresa muy desagradable.
_Agradezco su atenc…
_Oiga –me corta tajante el músculo- ella es una
hidrokinética de 4° nivel, más vale que tenga cuidado.
Con tamaña advertencia no puedo hacer más que
mirarla directamente al rostro, y terminar así perdiéndome en el vacío de sus
ojos.
Tristeza. Miedo. Terror. Pánico. Melancolía.
Euforia. Catarsis. Compasión. Agradecimiento.
Mi respiración se acelera abruptamente; los
latidos de mi corazón taladran por dentro mis oídos. Lo siento, inevitable, la
pérdida de control, el dolor en el pecho.
El ataque de pánico.
Lentamente la oscuridad nubla mi visión, el
desmayo se hace cercano y reconfortante. Un último pensamiento queda prendado
antes de perder por completo la conciencia. “Gracias…”