viernes, 27 de octubre de 2023

RECUERDOS

Ya se ve por la ventana cómo lentamente se acerca el ocaso Las grises nubes teñidas de pálidos anaranjados parecen anunciar una inminente tormenta. Mi ánimo está tan turbio como el clima exterior. El pegajoso humo del tabaco barato inunda toda la habitación dejando un aura nauseabunda en cada objeto sobre el que se posa. La botella que queda sobre el apoyabrazos está casi vacía, y pronto acompañará a las otras tres que hay junto al sillón.

Varios álbumes y cientos de fotos están desperdigados por toda la habitación. En medio de la somnolencia alcohólica me doy cuenta de la foto que aún consigo sostener en las manos. Tantos años han pasado ya de aquel momento capturado en el pequeño trozo de papel que ya empieza a amarillearse.

Juan Carlos, Alexis, Marcos y yo, el cuarteto inseparable. La de travesuras que juntos ideábamos en la escuela, la maestra con su paciencia infinita insistía en intentar separarnos, pero ahí estábamos lo cuatro, siempre juntos. 

¿Cuándo pasó?, ¿en qué momento el camino que seguíamos, siendo el mismo, empezó a dividirse?

Alexis fue el primero en irse... no se lo había dicho a nadie, estuvo ahí para cada uno de nosotros, ¿y nosotros? Ninguno estuvo para entender el dolor que había detrás de esa falsa sonrisa. Tres días tardaron en encontrar su cadáver. Sólo rajó sus venas siguiendo el largo de los antebrazos. No dejó carta ni registro alguno. Se fue en la misma soledad con la que convivía.

De Marcos nunca llegué a saber nada. Cuando nos enteramos del fallecimiento de Alexis él sólo se marchó sin decir palabra. Fue durante el funeral que pude verlo por última vez, un único manojo de furia y lágrimas. 

Podría decirse que Juan Carlos fue el más desafortunado. Su vida parecía de ensueño: una dedicada esposa, maravillosos hijos, el trabajo que siempre soñó. Pero lo perdió todo en ese accidente. En el diario dijeron que iba borracho al volante. En el fondo sé que eso es mentira, de todo él siempre fue el más responsable. Iba manejando de noche, cuando constantemente le advertimos que no lo hiciera, que algún día podría ocurrirle algo. Así fue. Un camión salido de la oscuridad, por negligencia del conductor venía con unos cuantos desperfectos eléctricos. Su familia, sus amigos, sus conocidos, todos quedamos devastados con la noticia. 

Y aquí estoy yo, sumido en la misma miseria familiar que con tanto ahínco traté de evitar. Mi ex mujer me ganó la custodia, mis hijos me consideran un completo fracaso y por ello me detestan, fui estafado por quién consideré un gran jefe, y recibí la noticia de que mi corazón ha sufrido demasiados daños como para seguir aguantando. Necesito una operación. Una muy costosa operación. 

¿Qué me queda ya? Alcohol y recuerdos. Siento cómo si el brazo izquierdo se me entumeciera. Quiero dormir, y con algo de suerte, no despertar. 

 

viernes, 31 de marzo de 2017

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 10

Aguas para la Consolación


Mi historia no es para nada agradable de contar, por eso es que prefiero simplemente ser lo que muchos consideran un “lobo solitario”; ¿para qué más? Si mi propio pasado me condena.

Nunca conocí a mi madre, ella simplemente decidió abandonarme cuando tenía cinco, apenas si la recuerdo a la zorra; decidió dejarme con el maldito alcohólico al que desgraciadamente tengo que llamar padre. Aunque… bueno, no puedo quejarme, gracias a él conseguí este inmenso poder.

A un precio terrible.

                                
Tenía trece y vivíamos en un edificio que milagrosamente aún se sostenía en pie. No pagábamos renta porque el idiota era el conserje del edificio, al menos algo bien sí sabía hacer. Pero ése día, ese jodido día, había bebido hasta el cansancio. Eso nunca era bueno.

Estaba en mi habitación, tratando de concentrarme en las tareas de la escuela, algo impropio de mí, cuando lo escuché llegar. Arrastrando pesadamente los pies, pateando cosas por el camino, la increíble baranda a vodka barato llegó rápidamente hasta mí. La paliza de hoy iba en serio. Abrió la puerta de un terrible porrazo, por poco y no la arranca el estúpido. Yo ya estaba preparado para ése momento, apenas si tenía sensibilidad en el cuerpo así que no me molestaba en absoluto la inútil descarga de culpa que iba a hacer conmigo; pero cuando lo vi, ahí parado en la puerta, fumando y con una botella apenas vacía, comprendí realmente lo que era el miedo.

Es mi padre, puedo superar cualquier daño que me haga, pero jamás se atrevería a hacerme algo tan drástico… ¿o sí?

Éste y muchos otros pensamientos se agolpaban en mi mente mientras, con una maliciosa sonrisa, me miraba con una aterradora intención.

Destapó la botella con apuro y me roció con la mayor parte de su bebida altamente inflamable. Yo estaba paralizado, no sabía qué hacer, mis músculos no respondían. Rompió la botella con los restos del líquido transparente frente a mí, y, con una última y larga calada a su cigarrillo, me lo arroja. El piso se prendió con una velocidad terrible, el fuego me alcanzó en fracciones de segundo comiéndose cada centímetro de mi piel, las llamas se alzaron por el resto de la habitación consumiéndolo todo a su paso mientras él seguía ahí parado, disfrutando de estar quemando vivo a su hijo.

No sé muy bien cómo fue que ocurrió, simplemente apenas tengo conciencia de cuándo pasó. Estaba al borde de la muerte, mis pulmones sólo aspiraban humo y mi garganta estaba totalmente sofocada, mis gritos ya no producían sonido alguno y mi mente vagaba por una vorágine de la que creí nunca saldría. Entonces escuché algo, una voz melodiosa, dulce, que susurraba

_Duerme Benjamín

En mi mente todo se detuvo, aferrándose a esa voz, una esperanza que llevarme

_Duerme querido -me decía, con un tono agradable y tranquilo- duerme y conviértete en nuestro hermano

-¿Cómo? -traté de pronunciar, apenas modulando con lo que podía- ¿quién habla?

_Ya lo sabrás -terminó de decir- cuando despiertes


Desperté cuatro horas más tarde, en el hospital. Todo el edificio se había incendiado y los únicos sobrevivientes éramos un niño que vivía un piso debajo del nuestro, y yo. Por suerte a él no le había ocurrido nada, los bomberos pudieron rescatarlo en el momento justo.

Yo, en cambio, era otra cosa. El médico que me atendía me observaba con completo asombro, no se explicaba como aún estaba con vida. Prácticamente el 90% de mi cuerpo había sido consumido por las llamas y no respondía como debía al tratamiento. Cuando desperté sólo sentía un agudo dolor en la cabeza, aparte de una terrible parálisis en todos los miembros.

_Hola -escuché que decían- yo soy el doctor Aldas, médico cirujano especialista en quemados

_ ¿Y qué se supone que hago aquí?- atiné a decir- creí haber muerto

_Es lo que tendría que haber pasado, yo tampoco lo entiendo -me respondía, maravillado- pero aquí hay un amigo mío, alguien que dice que te conoce, y que posiblemente tenga algunas respuestas para ti.

_Buenas Benjamín –saluda, saliendo detrás del doctor, un hombre joven que no aparentaría más de una veintena de años- mi nombre es Alexander Nívek, pero casi todos me conocen como Camaleón.


Es el segundo domingo de este mes que señala la mitad del calendario, hace ya cinco meses que acepté este trabajo y el siguiente lo pasaré metido de cabeza en los finales; bastante movida mi vida.

La última semana la he pasado estudiando y repasando, es imperioso que saque esas materias o no podré continuar cursando. Me tengo fe, sé que podré; con lo que no estoy para nada seguro es con las interrogantes que todos los días se me plantean en torno a este trabajo.

Me he llevado material a la pequeña oficinita para poder continuar estudiando, pero resulta improductivo. Aquí tengo cientos de motivos que minan mí, de por sí, pobre concentración. He dejado que pasara demasiado y necesito respuestas concretas, necesito seriamente obtener información; mi mente se retuerce en la cantidad de posibilidades que manejo, todas complejas, con sombras, huecos que llenar.

Un sonido martilleante, con tranquila constancia me trae de nuevo a la realidad. Es un llamado. Desde la habitación 02 un escalofriante destino busca atarme a circunstancias que son ajenas a mi entendimiento. Oscuros hilos de un plan mayor que me esfuerzo por entender pero que sólo enmarañan más mis confundidas ideas.

Sorpresivamente me hago consciente de que estoy parado frente a la puerta abierta de la temida habitación. Sin proponérmelo he actuado sin deliberación alguna, algo en lo más profundo de mis entrañas me mueve, me incita a preguntarle a aquella persona, el ciego que todo lo puede ver.

_ ¿Al fin has decidido cuál será tu pregunta? –escucho su voz, como un afilado augurio
Un silencio incómodo me domina, un silencio embarazoso que doy por toda respuesta.

_ Veo que aún no estás preparado John –habla desde una esquina, con aire de imperturbable misticismo- aún no has hallado las preguntas correctas.

_ Ah… -es toda la réplica que alcanza a fluir de mis labios

_ Un nuevo “inquilino” te espera John, debes recibirlo como es debido


A pesar de que lleva tiempo aquí, aún me resulta turbador el hecho de que conozca anticipadamente todos los movimientos que se efectúan por el lugar.

Fuertes vibraciones provenientes de mi bolsillo me llaman a la realidad; un segundo llamado.
_Diga, doctor – hablo pausadamente, intentando serenarme.

Las instrucciones son vagas, pero siempre lo han sido así.

_Muy bien, señor –respondo solícito- ya está acondicionada… así se hará… sí, ya está hecho.

_ ¿Se hace difícil fingir cuando uno tiene tantas dudas?_ me dice, con una suavidad escalofriante.

Bastiaan. El problema y la clave.


El siseante zumbido del elevador se hace notar en el amenazador silencio que envuelve aquél inmaculado pasillo. Nuestro visitante ha llegado.

Se abren las puertas dobles del metálico cubículo revelando su tesoro, una joven mujer. Una muchacha que apenas y quizás me supera en edad; con los hombros caídos y pesado el caminar, se ve perdida en lo más recóndito de sus penosas emociones.

_Por aquí –les indico a los aún intimidantes guardias.


Un pesado telón de intrigas se siente caer sobre todos los involucrados…, incluyendo a la pobre que ahora traen esposada.

Una vez dentro de la habitación, sólo atiene a desmoronarse colgando de las manos de su captor. El instinto protector vence en mí y corro en su ayuda, intentando sostenerla lo mejor que puedo.

El matón quita las esposas con recelo y asco; y yo, me siento impotente de poder hacer algo más.

Con temible furia lanzo un silencioso juramento al pedazo de músculo descerebrado. La abrazo buscando ocultarla de su acusada reprobatoria sin importarme las consecuencias que puedan recaer en mí.

Desde la puerta lo escucho, su jefe, siendo condescendiente conmigo.

_Gregsale, no es de mi incumbencia lo que usted haga o deje de hacer aquí –me reprocha, cual padre ajeno- pero de verdad no se involucre con los pacientes; puede llevarse una sorpresa muy desagradable.

_Agradezco su atenc…

_Oiga –me corta tajante el músculo- ella es una hidrokinética de 4° nivel, más vale que tenga cuidado.

Con tamaña advertencia no puedo hacer más que mirarla directamente al rostro, y terminar así perdiéndome en el vacío de sus ojos.

Tristeza. Miedo. Terror. Pánico. Melancolía. Euforia. Catarsis. Compasión. Agradecimiento.


Mi respiración se acelera abruptamente; los latidos de mi corazón taladran por dentro mis oídos. Lo siento, inevitable, la pérdida de control, el dolor en el pecho.

El ataque de pánico.



Lentamente la oscuridad nubla mi visión, el desmayo se hace cercano y reconfortante. Un último pensamiento queda prendado antes de perder por completo la conciencia. “Gracias…”

viernes, 13 de mayo de 2016

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 6

Verde


Su carromato, a pesar de ser de oscuros colores, aún es visible en la oscuridad que lindera el bosque. Alguien lo está buscando, alguien que necesita de los servicios de tan destacada herbolaria. Esa misma noche un enemigo debe caer y ella le dirá como hacerlo.


Reyes y pordioseros, todos por igual se desviven en la búsqueda de sus servicios; difícil es contactarla, no hay hogar ni familia más que su carromato y sus plantas. Aquellos que consiguen sus medicinas dan cuenta de sus éxitos y la recomiendan como gran curandera; pero es bien conocida por sus habilidades con las ponzoñosas pócimas y por ello la muchedumbre sólo se atreve a susurrar su nombre: Elise, el Pétalo Mortal.


Abandonada en su niñez, fue criada por una anciana adivina que solía internarse por largas temporadas en los sombríos bosques y las solitarias montañas. Tomada como aprendiz, se le instruyó en el uso de las hierbas y plantas, dónde y cómo cosecharlas, cuándo resultaban medicina y cuándo veneno. Con el paso del tiempo heredó el conocimiento, las pertenecías y el nombre de su maestra.


Allá está. Al borde del camino, con un farol que cuelga de un estilizado gancho instalado en el techo. Los rescoldos de una humeante fogata apenas iluminan, y con esto mantiene alejadas a las alimañas. Con furia aporrea el visitante la labrada madera, su prisa es importante, más no obtiene respuesta alguna. Pasan los segundos y la desesperación comienza a corroerle. El tiempo apremia y no puede quedarse demasiado por aquellos parajes.


A veces los recuerdos la llaman; no siempre fue la herbolaria que todos ahora temen, hubo alguna vez hace muchos años, en los que deseó un poco de compañía. Estaban cerca de una pequeña aldea en la falda de la montaña la primera y única vez que le planteó este anhelo a su maestra. Ella se lo concedió, le dio una semana para que lo intentara. Simplemente esperaría a que volviera y le comunicara su decisión.


Esto es lo que ha venido a buscar, dice una voz silenciosa, de entre todos, mi hijo predilecto, “Lágrimas de Belladona”

El extraño toma el diminuto frasco que la herbolaria le ha extendido, mientras con la otra mano ofrece el trueque estipulado: un pergamino sellado y la marca del Rey Luis en la laca, el salvoconducto por las aguerridas tierras de Francia.

Que la víctima consuma por completo su contenido para que asegure su efecto, y la mano que empuñe esta sigilosa arma queme sus restos, sólo así podrá disipar las dudas.

Tan misterioso y repentino fue su marchar como también lo fue su llegada; ella ya tenía lo que necesitaba y entendía muy bien cuándo era el momento de marcharse.


Los aldeanos resultaron ser personas agradables, amables con la chica forastera. Fue bien recibida desde el primer momento e incluso consiguió asilo no mucho después de su llegada; y allí estaba él, un joven mozo de esbelto cuerpo y recogida cabellera. Alguien que la perseguía en sus sueños desde hacía ya mucho tiempo. Pero no estaba solo…


El extraño ya se ha marchado con el paquete deseado; las mejores hierbas que sólo pueden conseguirse por éstos lados ya descansan en recios envoltorios; todo ha sido cuidadosamente recogido, sin dejar huella alguna. Nada la ata al lugar. Es momento de marcharse.

Un minúsculo destello capta su atención. Una pequeña gema, de una intensa coloración verde incrustada en el centro de las intrincadas figuras talladas en la pequeña puerta del carromato. ¿Cómo ha llegado allí? Con un pequeño grado de sorpresa se anima Elise a intentar arrancar de su lugar a tan insólita aparición.


Sólo el suave contacto ha bastado para que la extraña magia surta su efecto. Una sensación de desmayo toma posesión de ella, más en un breve instante vuelve en sí… pero es diferente el sitio donde se encuentra...

lunes, 26 de enero de 2015

PARTE DEL PACTO

Dedicado a Emilia Clemente

Han sido muchas las generaciones que han nacido bajo el amparo de esta interminable oscuridad; los días amargos y las noches solitarias, los mares bravos e incontrolables. Para muchos, las noches iluminadas y la celestial danza que mes a mes se repetía son sólo antiguos cuentos de ancianos.

Unos pocos conocen la verdad, como un remoto castigo por el crimen cometido por sus ancestros. Más de ninguno de los tenebrosos magos ha logrado sobrevivir descendiente alguno, sólo los hijos de Asmad llevan en sí los misterios, el conocimiento suficiente para poder rehuir de los pasados errores.


Parece una noche cualquiera: sin nubes, sin estrellas, pero especialmente sin, luna. A todas los secretos les fueron confiados y se han reunido allí con el mismo propósito. Conocen quién es su ancestro y el pecado por el que tienen que pagar; por eso, han venido a saldar la deuda.

Keyra  fue la que encontró el sitio, el claro de un bosque de reverdecida primavera, dónde los brotes se mantienen jóvenes y tiernos. Allí ha forjado el círculo, el Pentáculo, la forma perfecta de la magia.

Toulist encendió el ahora crepitante fuego, el símbolo de la magia que deseaban convocar. Sobre él descansa ahora el caldero familiar, aquél quién de muchos hechizos había sido partícipe; pero en este ritual resulta de vital importancia.

Athra se acercó con el pesado cuenco, salpicando de agua con cada paso, lo alza y vierte el preciado líquido en su nuevo recipiente.

Lenna repartió los rollos que se le habían encargado transcribir, y con ellos, la ofrenda. Todas se pusieron de acuerdo en la construcción del ritual, y a ella le encargaron que el conjuro fuera perfecto para que el contrahechizo funcionara.


Una suave brisa sopla entre las hojas. El fuego chirría en el silencio de la vacía noche. La tierra y la hierba se sienten suaves bajo los pies desnudos. El agua borboteante pide que dé comienzo.


Las palabras de Lenna fueron las primeras en oírse:

_Antiguos Señores del Este, aquellos que gobiernan tanto el gentil viento como el dulce conocimiento, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Doncella, la que con sus juegos y risas nos alegra las siembras de primavera_ decía mientras entregaba con cuidado una amapola recién florecida al borboteante caldero.


Continuó Toulist, con su voz susurrante:

_Antiguos Señores del Sur, aquellos que gobiernan tanto el exquisito fuego del día como el plácido control de los impulsos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Dama, la que con su fuerza y voluntad nos bendice en los trabajos del verano_ pronunciaba mientras delicadamente colocaba una preciosa gardenia en el humeante agua.


Así fue turno de Athra, firme y decidida:

_Antiguos Señores del Oeste, aquellos que gobiernan tanto las aguas calmas como las emociones verdaderas, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Sabia Anciana, la que con sus experiencias nos ayuda en las cosechas del otoño_ repetía mientras con sutileza depositaba un hermoso lirio sobre el agua bullente.


Finalizó Keyra, con un sumiso farfullo:

_Antiguos Señores del Norte, aquellos que gobiernan tanto los agraciados cultivos como la paciencia por sus frutos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Señora Sin Nombre, la que nos protege durante los duros meses del crudo invierno_ conjuraba mientras con timidez cedía al hirviente caldero un fragante jazmín.


El silencio volvió a cubrir el claro y sólo podía oírse el chirriar del fuego y la constante efervescencia.

Una fina niebla, blanca y brillante comenzó a levantarse alrededor del círculo trazado. El agua ascendió fuera de su receptáculo, moviéndose al compás de una tácita melodía, dividiéndose en cuatro partes, cuatro líquidas esferas que se colocaron frente a cada una de las convocantes.

Entonces  todas gritaron, en una sola voz:

_Cada una ha invocado a los cuatro rostros de la Luna, ahora somos parte del Pacto Celeste, que Ella retorne y continúe su Danza, por nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, que continuarán nuestra labor ¡Así sea!


Todos los vaporosos globos se unieron una vez más y salieron proyectados con una velocidad vertiginosa hacia la inmensidad de la noche.

Lentamente, una blanquecina luz volvía a tomar forma dentro de un marcado hueco en las estrellas, devolviendo a los humanos la perdida esperanza que les faltaba.


Una extraña voz resonó en sus cabezas. Serena, pausada, antigua.

_Gracias hijas mías, gracias por devolverme a mi hogar… 

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 9

¿Respuestas?

Puede considerarse que las condiciones de mi antigua vida eran más que aceptables: vivía con mis padres junto a dos hermanos, nunca faltaban ni el alimento ni el sustento y la casa estaba bien ubicada; pero, aún así, no siento que sea eso que llaman “hogar”.

Crecí en el seno de una familia cristiana, de la rama más ortodoxa, así que pueden estar seguros de que recibí una educación muy apropiada. El colegio no fue más que un adiestramiento para un futuro que no estaba dispuesto a aceptar, y por ello mantuve, con un obsesivo recelo, los pocos vínculos afectivos que me agradaban y lograba.

Sólo tuve un amigo, un único camarada que compartía mis ideales de albedrío y rebelión, fue él quien me enseñó las virtudes de la libertad; pero también fue él el que se convirtió en mi Judas cuando más lo necesitaba.


Estaba harto de tener que seguir unas reglas éticas y morales tan insulsas, sofocantes, que sólo lograsen reprimir el enorme potencial que sabía llevaba dentro; pero, ¿qué puede hacer un niño de diez años contra un sistema que apoyaba lo que a mí me ocurría?

Ése día desperté teniendo la profunda intuición de que algo por fin cambiaría, de que se daría la posibilidad que tanto esperaba. Para no perder la costumbre, fui obligado a ponerme a orar en la capilla familiar junto a mis hermanos. La zurra que recibí por la negativa que había dado fue monumental y terminé siendo castigado con el acostumbrado encierro en el Cuarto Azul.

Una parte de mí todavía detesta las terribles horas de soledad que me acompañaban allí mientras era observado severamente por cientos de imágenes religiosas: Cristos sangrantes, santos sufrientes y mártires perecientes; pero, por otro lado, he de decir que fue todo ese tiempo lo que ayudó a mi cuerpo y a mi mente a procesar mi nuevo estado de kinético.


El odio, el rencor y el enojo me abrumaban, el espacio era demasiado reducido y la baja intensidad de la siniestra luz azul confería un tono más amenazador y atemorizante de todo lo que había en ése cuartucho, diseñado para arrepentirse y rezar. No podía soportarlo más, debía hacer algo para poder escapar de aquél lugar, tenía que conseguir una forma de enfrentármele, de poder luchar.

Ya podía sentirlo, con diez años y ya podía sentir los indicios de un ataque de pánico inducido.

La situación estaba logrando superarme, la sensación de asfixia iba en aumento mientras luchaba contra los incesantes impulsos de aporrear la puerta pidiendo a sofocados gritos un poco de aire. Entonces sucedió. Podía sentirla moverse, una leve brisa de aire, acompañando el ritmo de mi descontrolada respiración.

Por fin tenía algo en que centrar mi atención y no permitir que las circunstancias me abatieran, un nuevo poder había nacido conmigo y no dejaría que muriera allí. Desde entonces practicaba, cada momento en el que tenía oportunidad de estar solo intentaba manipular el aire. Con el transcurso de cinco largos años y todo el esfuerzo posible comencé a ver los resultados que quería, podía manipular el movimiento del viento con facilidad y por primera vez estaba logrando buenos resultados con la creación del mismo. Lo mejor fue cuando descubrí la forma de “tejer” algunos hilos para que los cuerpos se movieran acorde a mi voluntad, ya estaba casi listo para poder actuar acorde a mis deseos.


No puedo dar una respuesta clara a si me arrepiento o no, aún no me siento preparado para ponerme a pensar sobre ello, y no sé si alguna vez lo estaré, lo único de lo que estoy seguro es del dolor que me provocó su traición.


Era un día tibio a pesar de ser verano. Decidí contarle toda la verdad, mostrarle el poder que había conseguido, explicarle el porqué de mis ausencias. Al inicio fue sencillo, daba la completa apariencia de que todo estaba realmente bien y que no me había juzgado mal, y se marchó ni bien había terminado de hablarle. Sin una palabra, sin voltear atrás, sin un adiós. La última despedida.

Regresé a casa más tarde que de costumbre llegando por un camino alternativo, tenía un mal presentimiento que me traía intranquilo. Giré en la esquina lentamente, para luego retroceder en busca de ocultación con una fugacidad totalmente ajena a mí; aquél espectáculo merecía la pena ser visto discretamente.

Había un auto negro estacionado frente a la casa y en ese momento una persona bajaba de él: un cura, reconocible por su extensa sotana negra, pero parecía tener un cargo importante, por los accesorios que acompañaban, además de ir cargando consigo un maletín de enormes proporciones. Mi padre, como era su costumbre, es el que salió a atenderlo. ¿Por qué estarían todos allí?

Entré furtivamente y alcancé a escuchar las verdaderas intenciones de aquella reunión

_ Haremos todo lo posible para exorcizar el demonio que ha tomado a su hijo señora.

_ Pero… ¿volverá a ser mi Walther de siempre? ¿aceptará de una vez ser normal como su “familia”?_ preguntó mi madre, compungida, mientras esas palabras resonaban extrañas en mis oídos.

_Debemos aguardar al Padre Sebastian, él podrá asesorarles mejor que yo en esto

_ ¡¿Puede decirme por qué no pueden simplemente llevárselo a otro sitio?!_ preguntó eufórico mi padre.

No necesité nada más.


El constante pitido de la alarma de mi reloj me trae bruscamente de regreso al momento presente. Junto con la llegada de Alexander se han despertado en mí demasiadas dudas y recuerdos. Cada vez me siento más envuelto en una compleja red de la que temo no poder escapar.

Alexander Nívek, biokinético de 3° nivel, según ponía la ficha que me habían dejado. Hoy viernes se han llevado a todos a sus exámenes, pero por órdenes expresas del Dr. Buckfield a él lo han dejado aquí abajo, a solas, conmigo.

Desde hacía varios días que percibía la frustración de mi jefe por la falta de control sobre mí y mi área de trabajo; ya dos veces bajó un técnico a revisar las cámaras y a cambiarlas después, el mismo resultado. Ya no tengo nada de qué preocuparme; y, con eso en mente, me sentía al menos con más libertad para contradecir un poco las órdenes que se me habían dado.


“Es una habitación… mmmm… ¿cómo decirlo?... especial”. Esa fue toda la información en referencia al castigo que sufre el interno 0006 que pude conseguir del Dr. Lo que han hecho con él, es verdaderamente un castigo.

Toda la habitación estaba compuesta de pantallas, reflejando constantemente en cada una de ellas imágenes de cientos de personas distintas; según había escuchado, eran todos los rostros en los que él se había transformado. Me informé mejor y también descubrí que estaba completamente insonorizada hacia afuera, siendo que dentro todas las voces hablaban al unísono. Sinceramente, no me gustaría estar en su lugar.


Es hora del almuerzo y aún no me han informado siquiera de que los traerían de regreso; al parecer, va a ser una jornada bastante extensa.

Ahora que lo pienso, deben de haber sido dos semanas muy largas para Alexander, así que sería bondadoso de mi parte al menos hablar con él. O intentarlo.


Estoy en busca de sostener la perilla de la pequeña abertura cuando nuevamente un recuerdo me asalta.

El de muchos nombres enseña el camino”


_Así que Cronos te estuvo llenando la cabeza, ¿no?_ me despierta una voz al otro lado.

_ ¿Q…qué?_ pregunto, sobresaltado, como si lo hiciera frente a un espejo

_Un viejo amigo_ dice él, guardando distancias_ él ya me había comentado de que hablaría contigo.

_Además de escalofriante, chismoso_ doy por respuesta, tratando de salir de mi estupor_ vaya amigo el que tiene usted.


_Pues… a veces resulta ser útil_  dice, mientras se acerca a la abertura_ cómo tu.

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 5

Rosa


Hoy ha habido otro juicio, nueve en la semana. La escoba descansa sobre el dintel de la puerta y una loca idea me asalta; tomo el instrumento y salgo a barrer el ya limpio frente. Necesito saber que ha estado ocurriendo, la mayoría de las acusaciones han sido hechas a mujeres de esta calle; algo me dice que es a mí a quién buscan realmente.

Hoy acusaron, sentenciaron y quemaron en la hoguera a la hija de la vecina a tres casas de aquí, un motivo por el cual preocuparse.


Dentro de las jóvenes de la familia se ha suscitado un extraño don: todas hemos sido bendecidas con raros poderes psíquicos, podemos ver cosas que los demás apenas alcanzan a percibir.

Trato de ganarme la vida como sirvienta de la casa del Marqués de Mavéz, pero, en algunos momentos, debo ayudar a la señora a resolver algunas cuestiones que requieren de mis “habilidades especiales”. He tenido suerte pues fui pillada en su uso accidental, al menos ella siempre se ha sentido atraída por lo oculto y decidió protegerme por cualquier medio. A cambio, claro, de ser útil a sus propósitos.


Cuando llegó a la ciudad el decreto del Papa Inocencio yo no era más que una niña; abandonada por su madre al cuidado de su abuela quién estaba avanzada en edad, crecí con quién me enseñó los misterios que encerraban los poderes que todas manejábamos.

Esper querida, tu madre fue una de las mejores de la familia y  presintió que sería acusada de herejía, me contaba ella, y, para proteger a la familia, se hizo perseguir por la Inquisición, desviando su atención de todas nosotras.

Hoy mi madre no resulta más que un triste recuerdo grabado con añoranza en mi memoria, algo que mantener vivo mientras la fortuna así lo permita.


Ha venido a visitarme de nuevo, el joven hijo de la señora ha venido a hurtadillas a conversar conmigo. Muchas veces le he indicado lo peligroso de esta actitud, más él está resuelto a mantener esta secreta amistad.


Dentro de mí se crean constantemente minúsculas vorágines emocionales con cada encuentro, con cada persona. Todos poseen diversas emociones guardadas dentro de sí, pero siempre una es la que predomina sobre las demás; y es ésta la que, como un bravío y enfurecido mar, termina chocando contra lo susceptible que termina siendo mi ser.

Me cuesta trabajo dominarlo, manejar la forma en la que me afectan los sentimientos de los demás, sobre todo en el momento en el que buscan mi consejo acerca de determinada situación.


Con él las cosas se tornaban más difíciles. Conocía mi secreto y estaba fascinado por él; pero sólo adoraba la máscara de mi poder, deseaba obtenerlo, podía notarlo. Como también podía notar lo confuso que se volvía todo cuando él se acercaba a mí, emociones prestadas que también eran mías surgían sin previo aviso. 
Estaba perdida.


¿Por qué estará aquí?, me preguntaba mientras lo hacía pasar. Un extraño sentimiento de premonición buscaba ferozmente anteponerse al resto. Algo no estaba bien.

Entré en la cocina para acercar la tetera al fuego y preparar un té para ambos. Para mi sorpresa, me vi seguida por el insistente muchacho. Se encontraba inquieto, una cualidad por demás ajena a su persona, espiando en rápidos y mal disimulados vistazos la puerta. En serio que algo no encajaba, y ya comenzaba a preocuparme.

Abro las puertas de la alacena mientras su voz sólo resuena como un eco lejano, un leve titilar capta de forma total mi atención. En el frasco con las hebras del té, un suave brillo color rosa que incita a mi curiosidad.

¡¿Una piedra preciosa?! , es todo pensamiento que alcanzo a hilar. Mis manos se acercan al traslúcido envase para retirar tan ansiado tesoro. Entonces es que todo ocurre.

Sin recato alguno, un pequeño grupo de soldados irrumpe en la casa. Mi abuela está en la mecedora de la sala y profiere un grito. Con tridentes y antorchas, cual chusma crédula, se acercan los hombres derribándolo todo a su paso. 

Los veo atravesar el decorado arco, la última imagen. Mi mano diestra apenas si alcanzó a rozar el cristal cuando todo comenzó a dar vueltas, el vertiginoso mareo y de nuevo la sensación de solidez. Pero ya no me encuentro en la bulliciosa cocina de mi hogar… 

sábado, 3 de enero de 2015

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 4

Negro

Hace ya varios años que me he dedicado a la profesión de la familia, el Tarot.

Lo único seguro que sé es que este cargo fue legado de mi abuela, pero ella me ha contado que viene de muchas generaciones atrás, desde la abuela de su abuela, quizás más.

 El don de ver en las cartas, a todos los que lo hemos recibido en la familia, siempre nos ha resultado muy provechoso, los clientes se marchan satisfechos.

Pero en los últimos meses algo muy extraño ha estado ocurriendo, mis propias tiradas resultan de los más desconcertantes, no proveen ninguna información clara acerca de lo que está por suceder. Aún así, han coincidido constantemente en lo mismo: hoy tendría un cambio radical en mi vida. Nada más, cada vez que intentaba internarme más, el bloqueo era mayor.

 La Rueda de la Fortuna fue la primera carta que mi abuela me regaló.

Escoge una, me dijo, cuando tenía apenas unos trece años, y fue esa la carta que se presentó.

Has recibido el don de la familia Robert, y no sólo eso, estás destinado a cambiar el curso de muchas vidas, ésas fueron sus palabras, las que presiento que recordaré bastante seguido.

El Enamorado fue la segunda carta que me obsequiaron, después de haber obtenido mi baraja. Sé que quieres escoger una, me dice con complicidad mi madre. Yo con veinte años y ella aún seguía con sus juegos.

Se aproxima el tiempo de decidir hijo; serás marcado por una enorme encrucijada que puede alterar el destino de muchas personas, me repite ella, con un tétrico aire de misterio.

 Hoy todo está demasiado calmado, han sido pocos los clientes que han venido. El último hace tan sólo unos minutos que se ha marchado. La terrible aura negativa que emana del pobre desgraciado ha cargado en demasía todo el lugar. Ni hablar de mis pobres cartas.

Abro las ventanas; es imperioso que el aire corra libre y se lo lleve todo. Un sahumerio de incienso también ayuda y relaja el ambiente, lo distiende.

La tarea más importante era la que venía ahora, la limpieza de las cartas.

Busco calmar mi mente y mis emociones, como mi abuela me había enseñado.  El ejercicio era simple y no me costó mucho llegar a ese estado; pero algo ajeno se imponía y se esforzaba por captar mi atención.

Un sentimiento de precognición comenzó a embargarme, un sentimiento visceral y primitivo, de algo mucho más grande que yo. Casi sin dominio de mi mismo es que veo que mis manos toman el pequeño mazo y comienzan a mezclar las ajadas cartas; dejo mi consciencia libre para aceptar el mensaje que me traen.

Tomo una carta, azarosa entre cualquiera de las setenta y ocho que lo componen, pero ya no me sorprende su significado.


La Torre, me digo a mi mismo, la destrucción total de todo lo que conocemos 

Devuelvo la carta a su lugar original y trato de continuar con lo que había comenzado, más una sorpresa se había presentado: un leve y perceptible brillo sobre el terciopelo encima de la mesa, frente a mí.

Con mayor detenimiento es que puedo darme cuenta que se trata de una gema; tanto me he mezclado en el ambiente ocultista que puedo intuir una misteriosa fuerza en ella.

Lo sé, de alguna forma lo sé, cuando la tome en mis manos ya nada será lo mismo.

Sólo por eso… tengo que hacerlo.