viernes, 31 de marzo de 2017

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 10

Aguas para la Consolación


Mi historia no es para nada agradable de contar, por eso es que prefiero simplemente ser lo que muchos consideran un “lobo solitario”; ¿para qué más? Si mi propio pasado me condena.

Nunca conocí a mi madre, ella simplemente decidió abandonarme cuando tenía cinco, apenas si la recuerdo a la zorra; decidió dejarme con el maldito alcohólico al que desgraciadamente tengo que llamar padre. Aunque… bueno, no puedo quejarme, gracias a él conseguí este inmenso poder.

A un precio terrible.

                                
Tenía trece y vivíamos en un edificio que milagrosamente aún se sostenía en pie. No pagábamos renta porque el idiota era el conserje del edificio, al menos algo bien sí sabía hacer. Pero ése día, ese jodido día, había bebido hasta el cansancio. Eso nunca era bueno.

Estaba en mi habitación, tratando de concentrarme en las tareas de la escuela, algo impropio de mí, cuando lo escuché llegar. Arrastrando pesadamente los pies, pateando cosas por el camino, la increíble baranda a vodka barato llegó rápidamente hasta mí. La paliza de hoy iba en serio. Abrió la puerta de un terrible porrazo, por poco y no la arranca el estúpido. Yo ya estaba preparado para ése momento, apenas si tenía sensibilidad en el cuerpo así que no me molestaba en absoluto la inútil descarga de culpa que iba a hacer conmigo; pero cuando lo vi, ahí parado en la puerta, fumando y con una botella apenas vacía, comprendí realmente lo que era el miedo.

Es mi padre, puedo superar cualquier daño que me haga, pero jamás se atrevería a hacerme algo tan drástico… ¿o sí?

Éste y muchos otros pensamientos se agolpaban en mi mente mientras, con una maliciosa sonrisa, me miraba con una aterradora intención.

Destapó la botella con apuro y me roció con la mayor parte de su bebida altamente inflamable. Yo estaba paralizado, no sabía qué hacer, mis músculos no respondían. Rompió la botella con los restos del líquido transparente frente a mí, y, con una última y larga calada a su cigarrillo, me lo arroja. El piso se prendió con una velocidad terrible, el fuego me alcanzó en fracciones de segundo comiéndose cada centímetro de mi piel, las llamas se alzaron por el resto de la habitación consumiéndolo todo a su paso mientras él seguía ahí parado, disfrutando de estar quemando vivo a su hijo.

No sé muy bien cómo fue que ocurrió, simplemente apenas tengo conciencia de cuándo pasó. Estaba al borde de la muerte, mis pulmones sólo aspiraban humo y mi garganta estaba totalmente sofocada, mis gritos ya no producían sonido alguno y mi mente vagaba por una vorágine de la que creí nunca saldría. Entonces escuché algo, una voz melodiosa, dulce, que susurraba

_Duerme Benjamín

En mi mente todo se detuvo, aferrándose a esa voz, una esperanza que llevarme

_Duerme querido -me decía, con un tono agradable y tranquilo- duerme y conviértete en nuestro hermano

-¿Cómo? -traté de pronunciar, apenas modulando con lo que podía- ¿quién habla?

_Ya lo sabrás -terminó de decir- cuando despiertes


Desperté cuatro horas más tarde, en el hospital. Todo el edificio se había incendiado y los únicos sobrevivientes éramos un niño que vivía un piso debajo del nuestro, y yo. Por suerte a él no le había ocurrido nada, los bomberos pudieron rescatarlo en el momento justo.

Yo, en cambio, era otra cosa. El médico que me atendía me observaba con completo asombro, no se explicaba como aún estaba con vida. Prácticamente el 90% de mi cuerpo había sido consumido por las llamas y no respondía como debía al tratamiento. Cuando desperté sólo sentía un agudo dolor en la cabeza, aparte de una terrible parálisis en todos los miembros.

_Hola -escuché que decían- yo soy el doctor Aldas, médico cirujano especialista en quemados

_ ¿Y qué se supone que hago aquí?- atiné a decir- creí haber muerto

_Es lo que tendría que haber pasado, yo tampoco lo entiendo -me respondía, maravillado- pero aquí hay un amigo mío, alguien que dice que te conoce, y que posiblemente tenga algunas respuestas para ti.

_Buenas Benjamín –saluda, saliendo detrás del doctor, un hombre joven que no aparentaría más de una veintena de años- mi nombre es Alexander Nívek, pero casi todos me conocen como Camaleón.


Es el segundo domingo de este mes que señala la mitad del calendario, hace ya cinco meses que acepté este trabajo y el siguiente lo pasaré metido de cabeza en los finales; bastante movida mi vida.

La última semana la he pasado estudiando y repasando, es imperioso que saque esas materias o no podré continuar cursando. Me tengo fe, sé que podré; con lo que no estoy para nada seguro es con las interrogantes que todos los días se me plantean en torno a este trabajo.

Me he llevado material a la pequeña oficinita para poder continuar estudiando, pero resulta improductivo. Aquí tengo cientos de motivos que minan mí, de por sí, pobre concentración. He dejado que pasara demasiado y necesito respuestas concretas, necesito seriamente obtener información; mi mente se retuerce en la cantidad de posibilidades que manejo, todas complejas, con sombras, huecos que llenar.

Un sonido martilleante, con tranquila constancia me trae de nuevo a la realidad. Es un llamado. Desde la habitación 02 un escalofriante destino busca atarme a circunstancias que son ajenas a mi entendimiento. Oscuros hilos de un plan mayor que me esfuerzo por entender pero que sólo enmarañan más mis confundidas ideas.

Sorpresivamente me hago consciente de que estoy parado frente a la puerta abierta de la temida habitación. Sin proponérmelo he actuado sin deliberación alguna, algo en lo más profundo de mis entrañas me mueve, me incita a preguntarle a aquella persona, el ciego que todo lo puede ver.

_ ¿Al fin has decidido cuál será tu pregunta? –escucho su voz, como un afilado augurio
Un silencio incómodo me domina, un silencio embarazoso que doy por toda respuesta.

_ Veo que aún no estás preparado John –habla desde una esquina, con aire de imperturbable misticismo- aún no has hallado las preguntas correctas.

_ Ah… -es toda la réplica que alcanza a fluir de mis labios

_ Un nuevo “inquilino” te espera John, debes recibirlo como es debido


A pesar de que lleva tiempo aquí, aún me resulta turbador el hecho de que conozca anticipadamente todos los movimientos que se efectúan por el lugar.

Fuertes vibraciones provenientes de mi bolsillo me llaman a la realidad; un segundo llamado.
_Diga, doctor – hablo pausadamente, intentando serenarme.

Las instrucciones son vagas, pero siempre lo han sido así.

_Muy bien, señor –respondo solícito- ya está acondicionada… así se hará… sí, ya está hecho.

_ ¿Se hace difícil fingir cuando uno tiene tantas dudas?_ me dice, con una suavidad escalofriante.

Bastiaan. El problema y la clave.


El siseante zumbido del elevador se hace notar en el amenazador silencio que envuelve aquél inmaculado pasillo. Nuestro visitante ha llegado.

Se abren las puertas dobles del metálico cubículo revelando su tesoro, una joven mujer. Una muchacha que apenas y quizás me supera en edad; con los hombros caídos y pesado el caminar, se ve perdida en lo más recóndito de sus penosas emociones.

_Por aquí –les indico a los aún intimidantes guardias.


Un pesado telón de intrigas se siente caer sobre todos los involucrados…, incluyendo a la pobre que ahora traen esposada.

Una vez dentro de la habitación, sólo atiene a desmoronarse colgando de las manos de su captor. El instinto protector vence en mí y corro en su ayuda, intentando sostenerla lo mejor que puedo.

El matón quita las esposas con recelo y asco; y yo, me siento impotente de poder hacer algo más.

Con temible furia lanzo un silencioso juramento al pedazo de músculo descerebrado. La abrazo buscando ocultarla de su acusada reprobatoria sin importarme las consecuencias que puedan recaer en mí.

Desde la puerta lo escucho, su jefe, siendo condescendiente conmigo.

_Gregsale, no es de mi incumbencia lo que usted haga o deje de hacer aquí –me reprocha, cual padre ajeno- pero de verdad no se involucre con los pacientes; puede llevarse una sorpresa muy desagradable.

_Agradezco su atenc…

_Oiga –me corta tajante el músculo- ella es una hidrokinética de 4° nivel, más vale que tenga cuidado.

Con tamaña advertencia no puedo hacer más que mirarla directamente al rostro, y terminar así perdiéndome en el vacío de sus ojos.

Tristeza. Miedo. Terror. Pánico. Melancolía. Euforia. Catarsis. Compasión. Agradecimiento.


Mi respiración se acelera abruptamente; los latidos de mi corazón taladran por dentro mis oídos. Lo siento, inevitable, la pérdida de control, el dolor en el pecho.

El ataque de pánico.



Lentamente la oscuridad nubla mi visión, el desmayo se hace cercano y reconfortante. Un último pensamiento queda prendado antes de perder por completo la conciencia. “Gracias…”

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