Su carromato, a pesar de ser de oscuros
colores, aún es visible en la oscuridad que lindera el bosque. Alguien lo está
buscando, alguien que necesita de los servicios de tan destacada herbolaria.
Esa misma noche un enemigo debe caer y ella le dirá como hacerlo.
Reyes y pordioseros, todos por igual se
desviven en la búsqueda de sus servicios; difícil es contactarla, no hay hogar
ni familia más que su carromato y sus plantas. Aquellos que consiguen sus
medicinas dan cuenta de sus éxitos y la recomiendan como gran curandera; pero
es bien conocida por sus habilidades con las ponzoñosas pócimas y por ello la
muchedumbre sólo se atreve a susurrar su nombre: Elise, el Pétalo Mortal.
Abandonada en su niñez, fue criada por una
anciana adivina que solía internarse por largas temporadas en los sombríos
bosques y las solitarias montañas. Tomada como aprendiz, se le instruyó en el
uso de las hierbas y plantas, dónde y cómo cosecharlas, cuándo resultaban
medicina y cuándo veneno. Con el paso del tiempo heredó el conocimiento, las
pertenecías y el nombre de su maestra.
Allá está. Al borde del camino, con un
farol que cuelga de un estilizado gancho instalado en el techo. Los rescoldos
de una humeante fogata apenas iluminan, y con esto mantiene alejadas a las
alimañas. Con furia aporrea el visitante la labrada madera, su prisa es
importante, más no obtiene respuesta alguna. Pasan los segundos y la
desesperación comienza a corroerle. El tiempo apremia y no puede quedarse
demasiado por aquellos parajes.
A veces los recuerdos la llaman; no
siempre fue la herbolaria que todos ahora temen, hubo alguna vez hace muchos
años, en los que deseó un poco de compañía. Estaban cerca de una pequeña aldea
en la falda de la montaña la primera y única vez que le planteó este anhelo a
su maestra. Ella se lo concedió, le dio una semana para que lo intentara.
Simplemente esperaría a que volviera y le comunicara su decisión.
Esto
es lo que ha venido a buscar, dice una voz silenciosa, de entre todos, mi hijo predilecto,
“Lágrimas de Belladona”
El extraño toma el diminuto frasco que la
herbolaria le ha extendido, mientras con la otra mano ofrece el trueque
estipulado: un pergamino sellado y la marca del Rey Luis en la laca, el
salvoconducto por las aguerridas tierras de Francia.
Que
la víctima consuma por completo su contenido para que asegure su efecto, y la
mano que empuñe esta sigilosa arma queme sus restos, sólo así podrá disipar las
dudas.
Tan misterioso y repentino fue su marchar
como también lo fue su llegada; ella ya tenía lo que necesitaba y entendía muy
bien cuándo era el momento de marcharse.
Los aldeanos resultaron ser personas
agradables, amables con la chica forastera. Fue bien recibida desde el primer
momento e incluso consiguió asilo no mucho después de su llegada; y allí estaba
él, un joven mozo de esbelto cuerpo y recogida cabellera. Alguien que la
perseguía en sus sueños desde hacía ya mucho tiempo. Pero no estaba solo…
El extraño ya se ha marchado con el
paquete deseado; las mejores hierbas que sólo pueden conseguirse por éstos
lados ya descansan en recios envoltorios; todo ha sido cuidadosamente recogido,
sin dejar huella alguna. Nada la ata al lugar. Es momento de marcharse.
Un minúsculo destello capta su atención.
Una pequeña gema, de una intensa coloración verde incrustada en el centro de
las intrincadas figuras talladas en la pequeña puerta del carromato. ¿Cómo ha
llegado allí? Con un pequeño grado de sorpresa se anima Elise a intentar
arrancar de su lugar a tan insólita aparición.
Sólo el suave contacto ha bastado para que
la extraña magia surta su efecto. Una sensación de desmayo toma posesión de
ella, más en un breve instante vuelve en sí… pero es diferente el sitio donde
se encuentra...
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