Dedicado a Emilia Clemente
Han sido muchas las generaciones que han nacido bajo
el amparo de esta interminable oscuridad; los días amargos y las noches
solitarias, los mares bravos e incontrolables. Para muchos, las noches
iluminadas y la celestial danza que mes a mes se repetía son sólo antiguos
cuentos de ancianos.
Unos pocos conocen la verdad, como un remoto castigo
por el crimen cometido por sus ancestros. Más de ninguno de los tenebrosos
magos ha logrado sobrevivir descendiente alguno, sólo los hijos de Asmad llevan
en sí los misterios, el conocimiento suficiente para poder rehuir de los
pasados errores.
Parece una noche cualquiera: sin nubes, sin estrellas,
pero especialmente sin, luna. A todas los secretos les fueron confiados y se han
reunido allí con el mismo propósito. Conocen quién es su ancestro y el pecado
por el que tienen que pagar; por eso, han venido a saldar la deuda.
Keyra fue la
que encontró el sitio, el claro de un bosque de reverdecida primavera, dónde
los brotes se mantienen jóvenes y tiernos. Allí ha forjado el círculo, el
Pentáculo, la forma perfecta de la magia.
Toulist encendió el ahora crepitante fuego, el símbolo
de la magia que deseaban convocar. Sobre él descansa ahora el caldero familiar,
aquél quién de muchos hechizos había sido partícipe; pero en este ritual
resulta de vital importancia.
Athra se acercó con el pesado cuenco, salpicando de
agua con cada paso, lo alza y vierte el preciado líquido en su nuevo
recipiente.
Lenna repartió los rollos que se le habían encargado
transcribir, y con ellos, la ofrenda. Todas se pusieron de acuerdo en la
construcción del ritual, y a ella le encargaron que el conjuro fuera perfecto
para que el contrahechizo funcionara.
Una suave brisa sopla entre las hojas. El fuego chirría
en el silencio de la vacía noche. La tierra y la hierba se sienten suaves bajo
los pies desnudos. El agua borboteante pide que dé comienzo.
Las palabras de Lenna fueron las primeras en oírse:
_Antiguos
Señores del Este, aquellos que gobiernan tanto el gentil viento como el dulce
conocimiento, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis
hijos, para el pronto retorno de la Doncella, la que con sus juegos y risas nos
alegra las siembras de primavera_ decía mientras entregaba con cuidado una
amapola recién florecida al borboteante caldero.
Continuó Toulist, con su voz susurrante:
_Antiguos
Señores del Sur, aquellos que gobiernan tanto el exquisito fuego del día como
el plácido control de los impulsos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos
y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Dama, la que con su
fuerza y voluntad nos bendice en los trabajos del verano_ pronunciaba
mientras delicadamente colocaba una preciosa gardenia en el humeante agua.
Así fue turno de Athra, firme y decidida:
_Antiguos
Señores del Oeste, aquellos que gobiernan tanto las aguas calmas como las
emociones verdaderas, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de
mis hijos, para el pronto retorno de la Sabia Anciana, la que con sus experiencias
nos ayuda en las cosechas del otoño_ repetía mientras con sutileza
depositaba un hermoso lirio sobre el agua bullente.
Finalizó Keyra, con un sumiso farfullo:
_Antiguos
Señores del Norte, aquellos que gobiernan tanto los agraciados cultivos como la
paciencia por sus frutos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los
hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Señora Sin Nombre, la que nos
protege durante los duros meses del crudo invierno_ conjuraba
mientras con timidez cedía al hirviente caldero un fragante jazmín.
El silencio volvió a cubrir el claro y sólo podía
oírse el chirriar del fuego y la constante efervescencia.
Una fina
niebla, blanca y brillante comenzó a levantarse alrededor del círculo trazado.
El agua ascendió fuera de su receptáculo, moviéndose al compás de una tácita
melodía, dividiéndose en cuatro partes, cuatro líquidas esferas que se
colocaron frente a cada una de las convocantes.
Entonces todas
gritaron, en una sola voz:
_Cada una
ha invocado a los cuatro rostros de la Luna, ahora somos parte del Pacto Celeste,
que Ella retorne y continúe su Danza, por nuestros hijos, y los hijos de
nuestros hijos, que continuarán nuestra labor ¡Así sea!
Todos los vaporosos globos se unieron una vez más y
salieron proyectados con una velocidad vertiginosa hacia la inmensidad de la
noche.
Lentamente, una blanquecina luz volvía a tomar forma dentro
de un marcado hueco en las estrellas, devolviendo a los humanos la perdida
esperanza que les faltaba.
Una extraña voz resonó en sus cabezas. Serena,
pausada, antigua.
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