lunes, 26 de enero de 2015

PARTE DEL PACTO

Dedicado a Emilia Clemente

Han sido muchas las generaciones que han nacido bajo el amparo de esta interminable oscuridad; los días amargos y las noches solitarias, los mares bravos e incontrolables. Para muchos, las noches iluminadas y la celestial danza que mes a mes se repetía son sólo antiguos cuentos de ancianos.

Unos pocos conocen la verdad, como un remoto castigo por el crimen cometido por sus ancestros. Más de ninguno de los tenebrosos magos ha logrado sobrevivir descendiente alguno, sólo los hijos de Asmad llevan en sí los misterios, el conocimiento suficiente para poder rehuir de los pasados errores.


Parece una noche cualquiera: sin nubes, sin estrellas, pero especialmente sin, luna. A todas los secretos les fueron confiados y se han reunido allí con el mismo propósito. Conocen quién es su ancestro y el pecado por el que tienen que pagar; por eso, han venido a saldar la deuda.

Keyra  fue la que encontró el sitio, el claro de un bosque de reverdecida primavera, dónde los brotes se mantienen jóvenes y tiernos. Allí ha forjado el círculo, el Pentáculo, la forma perfecta de la magia.

Toulist encendió el ahora crepitante fuego, el símbolo de la magia que deseaban convocar. Sobre él descansa ahora el caldero familiar, aquél quién de muchos hechizos había sido partícipe; pero en este ritual resulta de vital importancia.

Athra se acercó con el pesado cuenco, salpicando de agua con cada paso, lo alza y vierte el preciado líquido en su nuevo recipiente.

Lenna repartió los rollos que se le habían encargado transcribir, y con ellos, la ofrenda. Todas se pusieron de acuerdo en la construcción del ritual, y a ella le encargaron que el conjuro fuera perfecto para que el contrahechizo funcionara.


Una suave brisa sopla entre las hojas. El fuego chirría en el silencio de la vacía noche. La tierra y la hierba se sienten suaves bajo los pies desnudos. El agua borboteante pide que dé comienzo.


Las palabras de Lenna fueron las primeras en oírse:

_Antiguos Señores del Este, aquellos que gobiernan tanto el gentil viento como el dulce conocimiento, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Doncella, la que con sus juegos y risas nos alegra las siembras de primavera_ decía mientras entregaba con cuidado una amapola recién florecida al borboteante caldero.


Continuó Toulist, con su voz susurrante:

_Antiguos Señores del Sur, aquellos que gobiernan tanto el exquisito fuego del día como el plácido control de los impulsos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Dama, la que con su fuerza y voluntad nos bendice en los trabajos del verano_ pronunciaba mientras delicadamente colocaba una preciosa gardenia en el humeante agua.


Así fue turno de Athra, firme y decidida:

_Antiguos Señores del Oeste, aquellos que gobiernan tanto las aguas calmas como las emociones verdaderas, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Sabia Anciana, la que con sus experiencias nos ayuda en las cosechas del otoño_ repetía mientras con sutileza depositaba un hermoso lirio sobre el agua bullente.


Finalizó Keyra, con un sumiso farfullo:

_Antiguos Señores del Norte, aquellos que gobiernan tanto los agraciados cultivos como la paciencia por sus frutos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Señora Sin Nombre, la que nos protege durante los duros meses del crudo invierno_ conjuraba mientras con timidez cedía al hirviente caldero un fragante jazmín.


El silencio volvió a cubrir el claro y sólo podía oírse el chirriar del fuego y la constante efervescencia.

Una fina niebla, blanca y brillante comenzó a levantarse alrededor del círculo trazado. El agua ascendió fuera de su receptáculo, moviéndose al compás de una tácita melodía, dividiéndose en cuatro partes, cuatro líquidas esferas que se colocaron frente a cada una de las convocantes.

Entonces  todas gritaron, en una sola voz:

_Cada una ha invocado a los cuatro rostros de la Luna, ahora somos parte del Pacto Celeste, que Ella retorne y continúe su Danza, por nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, que continuarán nuestra labor ¡Así sea!


Todos los vaporosos globos se unieron una vez más y salieron proyectados con una velocidad vertiginosa hacia la inmensidad de la noche.

Lentamente, una blanquecina luz volvía a tomar forma dentro de un marcado hueco en las estrellas, devolviendo a los humanos la perdida esperanza que les faltaba.


Una extraña voz resonó en sus cabezas. Serena, pausada, antigua.

_Gracias hijas mías, gracias por devolverme a mi hogar… 

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