¿Respuestas?
Puede considerarse que las condiciones de mi antigua vida
eran más que aceptables: vivía con mis padres junto a dos hermanos, nunca
faltaban ni el alimento ni el sustento y la casa estaba bien ubicada; pero, aún
así, no siento que sea eso que llaman “hogar”.
Crecí en el seno de una familia cristiana, de la rama más
ortodoxa, así que pueden estar seguros de que recibí una educación muy apropiada. El colegio no fue más que
un adiestramiento para un futuro que no estaba dispuesto a aceptar, y por ello
mantuve, con un obsesivo recelo, los pocos vínculos afectivos que me agradaban
y lograba.
Sólo tuve un amigo, un único camarada que compartía mis
ideales de albedrío y rebelión, fue él quien me enseñó las virtudes de la
libertad; pero también fue él el que se convirtió en mi Judas cuando más lo
necesitaba.
Estaba harto de tener que seguir unas reglas éticas y
morales tan insulsas, sofocantes, que sólo lograsen reprimir el enorme
potencial que sabía llevaba dentro; pero, ¿qué puede hacer un niño de diez años
contra un sistema que apoyaba lo que a mí me ocurría?
Ése día desperté teniendo la profunda intuición de que
algo por fin cambiaría, de que se daría la posibilidad que tanto esperaba. Para
no perder la costumbre, fui obligado a ponerme a orar en la capilla familiar
junto a mis hermanos. La zurra que recibí por la negativa que había dado fue
monumental y terminé siendo castigado con el acostumbrado encierro en el Cuarto
Azul.
Una parte de mí todavía detesta las terribles horas de
soledad que me acompañaban allí mientras era observado severamente por cientos
de imágenes religiosas: Cristos sangrantes, santos sufrientes y mártires
perecientes; pero, por otro lado, he de decir que fue todo ese tiempo lo que
ayudó a mi cuerpo y a mi mente a procesar mi nuevo estado de kinético.
El odio, el rencor y el enojo me abrumaban, el espacio
era demasiado reducido y la baja intensidad de la siniestra luz azul confería
un tono más amenazador y atemorizante de todo lo que había en ése cuartucho, diseñado para arrepentirse y rezar. No
podía soportarlo más, debía hacer algo para poder escapar de aquél lugar, tenía
que conseguir una forma de enfrentármele, de poder luchar.
Ya podía sentirlo, con diez años y ya podía sentir los
indicios de un ataque de pánico inducido.
La situación estaba logrando superarme, la sensación de
asfixia iba en aumento mientras luchaba contra los incesantes impulsos de
aporrear la puerta pidiendo a sofocados gritos un poco de aire. Entonces
sucedió. Podía sentirla moverse, una leve brisa de aire, acompañando el ritmo
de mi descontrolada respiración.
Por fin tenía algo en que centrar mi atención y no
permitir que las circunstancias me abatieran, un nuevo poder había nacido
conmigo y no dejaría que muriera allí. Desde entonces practicaba, cada momento
en el que tenía oportunidad de estar solo intentaba manipular el aire. Con el
transcurso de cinco largos años y todo el esfuerzo posible comencé a ver los
resultados que quería, podía manipular el movimiento del viento con facilidad y
por primera vez estaba logrando buenos resultados con la creación del mismo. Lo
mejor fue cuando descubrí la forma de “tejer” algunos hilos para que los
cuerpos se movieran acorde a mi voluntad, ya estaba casi listo para poder
actuar acorde a mis deseos.
No puedo dar una respuesta clara a si me arrepiento o no,
aún no me siento preparado para ponerme a pensar sobre ello, y no sé si alguna
vez lo estaré, lo único de lo que estoy seguro es del dolor que me provocó su
traición.
Era un día tibio a pesar de ser verano. Decidí contarle
toda la verdad, mostrarle el poder que había conseguido, explicarle el porqué de
mis ausencias. Al inicio fue sencillo, daba la completa apariencia de que todo
estaba realmente bien y que no me había juzgado mal, y se marchó ni bien había
terminado de hablarle. Sin una palabra, sin voltear atrás, sin un adiós. La
última despedida.
Regresé a casa más tarde que de costumbre llegando por un
camino alternativo, tenía un mal presentimiento que me traía intranquilo. Giré en
la esquina lentamente, para luego retroceder en busca de ocultación con una
fugacidad totalmente ajena a mí; aquél espectáculo merecía la pena ser visto
discretamente.
Había un auto negro estacionado frente a la casa y en ese
momento una persona bajaba de él: un cura, reconocible por su extensa sotana
negra, pero parecía tener un cargo importante, por los accesorios que
acompañaban, además de ir cargando consigo un maletín de enormes proporciones.
Mi padre, como era su costumbre, es el que salió a atenderlo. ¿Por qué estarían todos allí?
Entré furtivamente y alcancé a escuchar las verdaderas
intenciones de aquella reunión
_ Haremos todo lo posible para exorcizar el demonio que
ha tomado a su hijo señora.
_ Pero… ¿volverá a ser mi Walther de siempre? ¿aceptará de
una vez ser normal como su “familia”?_ preguntó mi madre,
compungida, mientras esas palabras resonaban extrañas en mis oídos.
_Debemos aguardar al Padre Sebastian, él podrá
asesorarles mejor que yo en esto
_ ¡¿Puede decirme por qué no pueden simplemente
llevárselo a otro sitio?!_ preguntó eufórico mi padre.
No necesité nada más.
El constante pitido de la alarma de mi reloj me trae
bruscamente de regreso al momento presente. Junto con la llegada de Alexander
se han despertado en mí demasiadas dudas y recuerdos. Cada vez me siento más
envuelto en una compleja red de la que temo no poder escapar.
Alexander Nívek, biokinético de 3° nivel, según ponía la
ficha que me habían dejado. Hoy viernes se han llevado a todos a sus exámenes,
pero por órdenes expresas del Dr. Buckfield a él lo han dejado aquí abajo, a
solas, conmigo.
Desde hacía varios días que percibía la frustración de mi
jefe por la falta de control sobre mí y mi área de trabajo; ya dos veces bajó
un técnico a revisar las cámaras y a cambiarlas después, el mismo resultado. Ya
no tengo nada de qué preocuparme; y, con eso en mente, me sentía al menos con
más libertad para contradecir un poco las órdenes que se me habían dado.
“Es una habitación… mmmm… ¿cómo decirlo?... especial”. Esa fue toda la información
en referencia al castigo que sufre el interno 0006 que pude conseguir del Dr.
Lo que han hecho con él, es verdaderamente un castigo.
Toda la habitación estaba compuesta de pantallas, reflejando
constantemente en cada una de ellas imágenes de cientos de personas distintas;
según había escuchado, eran todos los rostros en los que él se había
transformado. Me informé mejor y también descubrí que estaba completamente
insonorizada hacia afuera, siendo que dentro todas las voces hablaban al
unísono. Sinceramente, no me gustaría estar en su lugar.
Es hora del almuerzo y aún no me han informado siquiera
de que los traerían de regreso; al parecer, va a ser una jornada bastante
extensa.
Ahora que lo pienso, deben de haber sido dos semanas muy
largas para Alexander, así que sería bondadoso de mi parte al menos hablar con
él. O intentarlo.
Estoy en busca de sostener la perilla de la pequeña
abertura cuando nuevamente un recuerdo me asalta.
“El de muchos nombres enseña el camino”
_Así que Cronos te estuvo llenando la cabeza, ¿no?_ me
despierta una voz al otro lado.
_ ¿Q…qué?_ pregunto, sobresaltado, como si lo hiciera
frente a un espejo
_Un viejo amigo_ dice él, guardando distancias_ él ya me
había comentado de que hablaría contigo.
_Además de escalofriante, chismoso_ doy por respuesta,
tratando de salir de mi estupor_ vaya amigo el que tiene usted.
_Pues… a veces resulta ser útil_ dice, mientras se acerca a la abertura_ cómo
tu.
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