lunes, 26 de enero de 2015

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 9

¿Respuestas?

Puede considerarse que las condiciones de mi antigua vida eran más que aceptables: vivía con mis padres junto a dos hermanos, nunca faltaban ni el alimento ni el sustento y la casa estaba bien ubicada; pero, aún así, no siento que sea eso que llaman “hogar”.

Crecí en el seno de una familia cristiana, de la rama más ortodoxa, así que pueden estar seguros de que recibí una educación muy apropiada. El colegio no fue más que un adiestramiento para un futuro que no estaba dispuesto a aceptar, y por ello mantuve, con un obsesivo recelo, los pocos vínculos afectivos que me agradaban y lograba.

Sólo tuve un amigo, un único camarada que compartía mis ideales de albedrío y rebelión, fue él quien me enseñó las virtudes de la libertad; pero también fue él el que se convirtió en mi Judas cuando más lo necesitaba.


Estaba harto de tener que seguir unas reglas éticas y morales tan insulsas, sofocantes, que sólo lograsen reprimir el enorme potencial que sabía llevaba dentro; pero, ¿qué puede hacer un niño de diez años contra un sistema que apoyaba lo que a mí me ocurría?

Ése día desperté teniendo la profunda intuición de que algo por fin cambiaría, de que se daría la posibilidad que tanto esperaba. Para no perder la costumbre, fui obligado a ponerme a orar en la capilla familiar junto a mis hermanos. La zurra que recibí por la negativa que había dado fue monumental y terminé siendo castigado con el acostumbrado encierro en el Cuarto Azul.

Una parte de mí todavía detesta las terribles horas de soledad que me acompañaban allí mientras era observado severamente por cientos de imágenes religiosas: Cristos sangrantes, santos sufrientes y mártires perecientes; pero, por otro lado, he de decir que fue todo ese tiempo lo que ayudó a mi cuerpo y a mi mente a procesar mi nuevo estado de kinético.


El odio, el rencor y el enojo me abrumaban, el espacio era demasiado reducido y la baja intensidad de la siniestra luz azul confería un tono más amenazador y atemorizante de todo lo que había en ése cuartucho, diseñado para arrepentirse y rezar. No podía soportarlo más, debía hacer algo para poder escapar de aquél lugar, tenía que conseguir una forma de enfrentármele, de poder luchar.

Ya podía sentirlo, con diez años y ya podía sentir los indicios de un ataque de pánico inducido.

La situación estaba logrando superarme, la sensación de asfixia iba en aumento mientras luchaba contra los incesantes impulsos de aporrear la puerta pidiendo a sofocados gritos un poco de aire. Entonces sucedió. Podía sentirla moverse, una leve brisa de aire, acompañando el ritmo de mi descontrolada respiración.

Por fin tenía algo en que centrar mi atención y no permitir que las circunstancias me abatieran, un nuevo poder había nacido conmigo y no dejaría que muriera allí. Desde entonces practicaba, cada momento en el que tenía oportunidad de estar solo intentaba manipular el aire. Con el transcurso de cinco largos años y todo el esfuerzo posible comencé a ver los resultados que quería, podía manipular el movimiento del viento con facilidad y por primera vez estaba logrando buenos resultados con la creación del mismo. Lo mejor fue cuando descubrí la forma de “tejer” algunos hilos para que los cuerpos se movieran acorde a mi voluntad, ya estaba casi listo para poder actuar acorde a mis deseos.


No puedo dar una respuesta clara a si me arrepiento o no, aún no me siento preparado para ponerme a pensar sobre ello, y no sé si alguna vez lo estaré, lo único de lo que estoy seguro es del dolor que me provocó su traición.


Era un día tibio a pesar de ser verano. Decidí contarle toda la verdad, mostrarle el poder que había conseguido, explicarle el porqué de mis ausencias. Al inicio fue sencillo, daba la completa apariencia de que todo estaba realmente bien y que no me había juzgado mal, y se marchó ni bien había terminado de hablarle. Sin una palabra, sin voltear atrás, sin un adiós. La última despedida.

Regresé a casa más tarde que de costumbre llegando por un camino alternativo, tenía un mal presentimiento que me traía intranquilo. Giré en la esquina lentamente, para luego retroceder en busca de ocultación con una fugacidad totalmente ajena a mí; aquél espectáculo merecía la pena ser visto discretamente.

Había un auto negro estacionado frente a la casa y en ese momento una persona bajaba de él: un cura, reconocible por su extensa sotana negra, pero parecía tener un cargo importante, por los accesorios que acompañaban, además de ir cargando consigo un maletín de enormes proporciones. Mi padre, como era su costumbre, es el que salió a atenderlo. ¿Por qué estarían todos allí?

Entré furtivamente y alcancé a escuchar las verdaderas intenciones de aquella reunión

_ Haremos todo lo posible para exorcizar el demonio que ha tomado a su hijo señora.

_ Pero… ¿volverá a ser mi Walther de siempre? ¿aceptará de una vez ser normal como su “familia”?_ preguntó mi madre, compungida, mientras esas palabras resonaban extrañas en mis oídos.

_Debemos aguardar al Padre Sebastian, él podrá asesorarles mejor que yo en esto

_ ¡¿Puede decirme por qué no pueden simplemente llevárselo a otro sitio?!_ preguntó eufórico mi padre.

No necesité nada más.


El constante pitido de la alarma de mi reloj me trae bruscamente de regreso al momento presente. Junto con la llegada de Alexander se han despertado en mí demasiadas dudas y recuerdos. Cada vez me siento más envuelto en una compleja red de la que temo no poder escapar.

Alexander Nívek, biokinético de 3° nivel, según ponía la ficha que me habían dejado. Hoy viernes se han llevado a todos a sus exámenes, pero por órdenes expresas del Dr. Buckfield a él lo han dejado aquí abajo, a solas, conmigo.

Desde hacía varios días que percibía la frustración de mi jefe por la falta de control sobre mí y mi área de trabajo; ya dos veces bajó un técnico a revisar las cámaras y a cambiarlas después, el mismo resultado. Ya no tengo nada de qué preocuparme; y, con eso en mente, me sentía al menos con más libertad para contradecir un poco las órdenes que se me habían dado.


“Es una habitación… mmmm… ¿cómo decirlo?... especial”. Esa fue toda la información en referencia al castigo que sufre el interno 0006 que pude conseguir del Dr. Lo que han hecho con él, es verdaderamente un castigo.

Toda la habitación estaba compuesta de pantallas, reflejando constantemente en cada una de ellas imágenes de cientos de personas distintas; según había escuchado, eran todos los rostros en los que él se había transformado. Me informé mejor y también descubrí que estaba completamente insonorizada hacia afuera, siendo que dentro todas las voces hablaban al unísono. Sinceramente, no me gustaría estar en su lugar.


Es hora del almuerzo y aún no me han informado siquiera de que los traerían de regreso; al parecer, va a ser una jornada bastante extensa.

Ahora que lo pienso, deben de haber sido dos semanas muy largas para Alexander, así que sería bondadoso de mi parte al menos hablar con él. O intentarlo.


Estoy en busca de sostener la perilla de la pequeña abertura cuando nuevamente un recuerdo me asalta.

El de muchos nombres enseña el camino”


_Así que Cronos te estuvo llenando la cabeza, ¿no?_ me despierta una voz al otro lado.

_ ¿Q…qué?_ pregunto, sobresaltado, como si lo hiciera frente a un espejo

_Un viejo amigo_ dice él, guardando distancias_ él ya me había comentado de que hablaría contigo.

_Además de escalofriante, chismoso_ doy por respuesta, tratando de salir de mi estupor_ vaya amigo el que tiene usted.


_Pues… a veces resulta ser útil_  dice, mientras se acerca a la abertura_ cómo tu.

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