Hoy ha habido otro juicio, nueve en la semana. La
escoba descansa sobre el dintel de la puerta y una loca idea me asalta; tomo el
instrumento y salgo a barrer el ya limpio frente. Necesito saber que ha estado
ocurriendo, la mayoría de las acusaciones han sido hechas a mujeres de esta
calle; algo me dice que es a mí a quién buscan realmente.
Hoy acusaron, sentenciaron y quemaron en la hoguera
a la hija de la vecina a tres casas de aquí, un motivo por el cual preocuparse.
Dentro de las jóvenes de la familia se ha suscitado
un extraño don: todas hemos sido bendecidas con raros poderes psíquicos, podemos
ver cosas que los demás apenas alcanzan a percibir.
Trato de ganarme la vida como sirvienta de la casa
del Marqués de Mavéz, pero, en algunos momentos, debo ayudar a la señora a
resolver algunas cuestiones que requieren de mis “habilidades especiales”. He
tenido suerte pues fui pillada en su uso accidental, al menos ella siempre se
ha sentido atraída por lo oculto y decidió protegerme por cualquier medio. A
cambio, claro, de ser útil a sus propósitos.
Cuando llegó a la ciudad el decreto del Papa
Inocencio yo no era más que una niña; abandonada por su madre al cuidado de su
abuela quién estaba avanzada en edad, crecí con quién me enseñó los misterios
que encerraban los poderes que todas manejábamos.
Esper
querida, tu madre fue una de las mejores de la familia y presintió que sería acusada de herejía, me
contaba ella, y, para proteger a la
familia, se hizo perseguir por la Inquisición, desviando su atención de todas
nosotras.
Hoy mi madre no resulta más que un triste recuerdo
grabado con añoranza en mi memoria, algo que mantener vivo mientras la fortuna
así lo permita.
Ha venido a visitarme de nuevo, el joven hijo de la
señora ha venido a hurtadillas a conversar conmigo. Muchas veces le he indicado
lo peligroso de esta actitud, más él está resuelto a mantener esta secreta
amistad.
Dentro de mí se crean constantemente minúsculas
vorágines emocionales con cada encuentro, con cada persona. Todos poseen
diversas emociones guardadas dentro de sí, pero siempre una es la que predomina
sobre las demás; y es ésta la que, como un bravío y enfurecido mar, termina
chocando contra lo susceptible que termina siendo mi ser.
Me cuesta trabajo dominarlo, manejar la forma en la
que me afectan los sentimientos de los demás, sobre todo en el momento en el
que buscan mi consejo acerca de determinada situación.
Con él las cosas se tornaban más difíciles. Conocía
mi secreto y estaba fascinado por él; pero sólo adoraba la máscara de mi poder,
deseaba obtenerlo, podía notarlo. Como también podía notar lo confuso que se
volvía todo cuando él se acercaba a mí, emociones prestadas que también eran
mías surgían sin previo aviso.
Estaba perdida.
¿Por
qué estará aquí?, me preguntaba mientras lo hacía pasar.
Un extraño sentimiento de premonición buscaba ferozmente anteponerse al resto.
Algo no estaba bien.
Entré en la cocina para acercar la tetera al fuego y
preparar un té para ambos. Para mi sorpresa, me vi seguida por el insistente
muchacho. Se encontraba inquieto, una cualidad por demás ajena a su persona,
espiando en rápidos y mal disimulados vistazos la puerta. En serio que algo no
encajaba, y ya comenzaba a preocuparme.
Abro las puertas de la alacena mientras su voz sólo
resuena como un eco lejano, un leve titilar capta de forma total mi atención.
En el frasco con las hebras del té, un suave brillo color rosa que incita a mi
curiosidad.
¡¿Una
piedra preciosa?! , es todo pensamiento que alcanzo a hilar.
Mis manos se acercan al traslúcido envase para retirar tan ansiado tesoro.
Entonces es que todo ocurre.
Sin recato alguno, un pequeño grupo de soldados
irrumpe en la casa. Mi abuela está en la mecedora de la sala y profiere un
grito. Con tridentes y antorchas, cual chusma crédula, se acercan los hombres derribándolo
todo a su paso.
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