sábado, 3 de enero de 2015

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 4

Negro

Hace ya varios años que me he dedicado a la profesión de la familia, el Tarot.

Lo único seguro que sé es que este cargo fue legado de mi abuela, pero ella me ha contado que viene de muchas generaciones atrás, desde la abuela de su abuela, quizás más.

 El don de ver en las cartas, a todos los que lo hemos recibido en la familia, siempre nos ha resultado muy provechoso, los clientes se marchan satisfechos.

Pero en los últimos meses algo muy extraño ha estado ocurriendo, mis propias tiradas resultan de los más desconcertantes, no proveen ninguna información clara acerca de lo que está por suceder. Aún así, han coincidido constantemente en lo mismo: hoy tendría un cambio radical en mi vida. Nada más, cada vez que intentaba internarme más, el bloqueo era mayor.

 La Rueda de la Fortuna fue la primera carta que mi abuela me regaló.

Escoge una, me dijo, cuando tenía apenas unos trece años, y fue esa la carta que se presentó.

Has recibido el don de la familia Robert, y no sólo eso, estás destinado a cambiar el curso de muchas vidas, ésas fueron sus palabras, las que presiento que recordaré bastante seguido.

El Enamorado fue la segunda carta que me obsequiaron, después de haber obtenido mi baraja. Sé que quieres escoger una, me dice con complicidad mi madre. Yo con veinte años y ella aún seguía con sus juegos.

Se aproxima el tiempo de decidir hijo; serás marcado por una enorme encrucijada que puede alterar el destino de muchas personas, me repite ella, con un tétrico aire de misterio.

 Hoy todo está demasiado calmado, han sido pocos los clientes que han venido. El último hace tan sólo unos minutos que se ha marchado. La terrible aura negativa que emana del pobre desgraciado ha cargado en demasía todo el lugar. Ni hablar de mis pobres cartas.

Abro las ventanas; es imperioso que el aire corra libre y se lo lleve todo. Un sahumerio de incienso también ayuda y relaja el ambiente, lo distiende.

La tarea más importante era la que venía ahora, la limpieza de las cartas.

Busco calmar mi mente y mis emociones, como mi abuela me había enseñado.  El ejercicio era simple y no me costó mucho llegar a ese estado; pero algo ajeno se imponía y se esforzaba por captar mi atención.

Un sentimiento de precognición comenzó a embargarme, un sentimiento visceral y primitivo, de algo mucho más grande que yo. Casi sin dominio de mi mismo es que veo que mis manos toman el pequeño mazo y comienzan a mezclar las ajadas cartas; dejo mi consciencia libre para aceptar el mensaje que me traen.

Tomo una carta, azarosa entre cualquiera de las setenta y ocho que lo componen, pero ya no me sorprende su significado.


La Torre, me digo a mi mismo, la destrucción total de todo lo que conocemos 

Devuelvo la carta a su lugar original y trato de continuar con lo que había comenzado, más una sorpresa se había presentado: un leve y perceptible brillo sobre el terciopelo encima de la mesa, frente a mí.

Con mayor detenimiento es que puedo darme cuenta que se trata de una gema; tanto me he mezclado en el ambiente ocultista que puedo intuir una misteriosa fuerza en ella.

Lo sé, de alguna forma lo sé, cuando la tome en mis manos ya nada será lo mismo.

Sólo por eso… tengo que hacerlo.

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