lunes, 26 de enero de 2015

PARTE DEL PACTO

Dedicado a Emilia Clemente

Han sido muchas las generaciones que han nacido bajo el amparo de esta interminable oscuridad; los días amargos y las noches solitarias, los mares bravos e incontrolables. Para muchos, las noches iluminadas y la celestial danza que mes a mes se repetía son sólo antiguos cuentos de ancianos.

Unos pocos conocen la verdad, como un remoto castigo por el crimen cometido por sus ancestros. Más de ninguno de los tenebrosos magos ha logrado sobrevivir descendiente alguno, sólo los hijos de Asmad llevan en sí los misterios, el conocimiento suficiente para poder rehuir de los pasados errores.


Parece una noche cualquiera: sin nubes, sin estrellas, pero especialmente sin, luna. A todas los secretos les fueron confiados y se han reunido allí con el mismo propósito. Conocen quién es su ancestro y el pecado por el que tienen que pagar; por eso, han venido a saldar la deuda.

Keyra  fue la que encontró el sitio, el claro de un bosque de reverdecida primavera, dónde los brotes se mantienen jóvenes y tiernos. Allí ha forjado el círculo, el Pentáculo, la forma perfecta de la magia.

Toulist encendió el ahora crepitante fuego, el símbolo de la magia que deseaban convocar. Sobre él descansa ahora el caldero familiar, aquél quién de muchos hechizos había sido partícipe; pero en este ritual resulta de vital importancia.

Athra se acercó con el pesado cuenco, salpicando de agua con cada paso, lo alza y vierte el preciado líquido en su nuevo recipiente.

Lenna repartió los rollos que se le habían encargado transcribir, y con ellos, la ofrenda. Todas se pusieron de acuerdo en la construcción del ritual, y a ella le encargaron que el conjuro fuera perfecto para que el contrahechizo funcionara.


Una suave brisa sopla entre las hojas. El fuego chirría en el silencio de la vacía noche. La tierra y la hierba se sienten suaves bajo los pies desnudos. El agua borboteante pide que dé comienzo.


Las palabras de Lenna fueron las primeras en oírse:

_Antiguos Señores del Este, aquellos que gobiernan tanto el gentil viento como el dulce conocimiento, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Doncella, la que con sus juegos y risas nos alegra las siembras de primavera_ decía mientras entregaba con cuidado una amapola recién florecida al borboteante caldero.


Continuó Toulist, con su voz susurrante:

_Antiguos Señores del Sur, aquellos que gobiernan tanto el exquisito fuego del día como el plácido control de los impulsos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Dama, la que con su fuerza y voluntad nos bendice en los trabajos del verano_ pronunciaba mientras delicadamente colocaba una preciosa gardenia en el humeante agua.


Así fue turno de Athra, firme y decidida:

_Antiguos Señores del Oeste, aquellos que gobiernan tanto las aguas calmas como las emociones verdaderas, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Sabia Anciana, la que con sus experiencias nos ayuda en las cosechas del otoño_ repetía mientras con sutileza depositaba un hermoso lirio sobre el agua bullente.


Finalizó Keyra, con un sumiso farfullo:

_Antiguos Señores del Norte, aquellos que gobiernan tanto los agraciados cultivos como la paciencia por sus frutos, ofrezco aquí mi Línea de Sangre, mis hijos y los hijos de mis hijos, para el pronto retorno de la Señora Sin Nombre, la que nos protege durante los duros meses del crudo invierno_ conjuraba mientras con timidez cedía al hirviente caldero un fragante jazmín.


El silencio volvió a cubrir el claro y sólo podía oírse el chirriar del fuego y la constante efervescencia.

Una fina niebla, blanca y brillante comenzó a levantarse alrededor del círculo trazado. El agua ascendió fuera de su receptáculo, moviéndose al compás de una tácita melodía, dividiéndose en cuatro partes, cuatro líquidas esferas que se colocaron frente a cada una de las convocantes.

Entonces  todas gritaron, en una sola voz:

_Cada una ha invocado a los cuatro rostros de la Luna, ahora somos parte del Pacto Celeste, que Ella retorne y continúe su Danza, por nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, que continuarán nuestra labor ¡Así sea!


Todos los vaporosos globos se unieron una vez más y salieron proyectados con una velocidad vertiginosa hacia la inmensidad de la noche.

Lentamente, una blanquecina luz volvía a tomar forma dentro de un marcado hueco en las estrellas, devolviendo a los humanos la perdida esperanza que les faltaba.


Una extraña voz resonó en sus cabezas. Serena, pausada, antigua.

_Gracias hijas mías, gracias por devolverme a mi hogar… 

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 9

¿Respuestas?

Puede considerarse que las condiciones de mi antigua vida eran más que aceptables: vivía con mis padres junto a dos hermanos, nunca faltaban ni el alimento ni el sustento y la casa estaba bien ubicada; pero, aún así, no siento que sea eso que llaman “hogar”.

Crecí en el seno de una familia cristiana, de la rama más ortodoxa, así que pueden estar seguros de que recibí una educación muy apropiada. El colegio no fue más que un adiestramiento para un futuro que no estaba dispuesto a aceptar, y por ello mantuve, con un obsesivo recelo, los pocos vínculos afectivos que me agradaban y lograba.

Sólo tuve un amigo, un único camarada que compartía mis ideales de albedrío y rebelión, fue él quien me enseñó las virtudes de la libertad; pero también fue él el que se convirtió en mi Judas cuando más lo necesitaba.


Estaba harto de tener que seguir unas reglas éticas y morales tan insulsas, sofocantes, que sólo lograsen reprimir el enorme potencial que sabía llevaba dentro; pero, ¿qué puede hacer un niño de diez años contra un sistema que apoyaba lo que a mí me ocurría?

Ése día desperté teniendo la profunda intuición de que algo por fin cambiaría, de que se daría la posibilidad que tanto esperaba. Para no perder la costumbre, fui obligado a ponerme a orar en la capilla familiar junto a mis hermanos. La zurra que recibí por la negativa que había dado fue monumental y terminé siendo castigado con el acostumbrado encierro en el Cuarto Azul.

Una parte de mí todavía detesta las terribles horas de soledad que me acompañaban allí mientras era observado severamente por cientos de imágenes religiosas: Cristos sangrantes, santos sufrientes y mártires perecientes; pero, por otro lado, he de decir que fue todo ese tiempo lo que ayudó a mi cuerpo y a mi mente a procesar mi nuevo estado de kinético.


El odio, el rencor y el enojo me abrumaban, el espacio era demasiado reducido y la baja intensidad de la siniestra luz azul confería un tono más amenazador y atemorizante de todo lo que había en ése cuartucho, diseñado para arrepentirse y rezar. No podía soportarlo más, debía hacer algo para poder escapar de aquél lugar, tenía que conseguir una forma de enfrentármele, de poder luchar.

Ya podía sentirlo, con diez años y ya podía sentir los indicios de un ataque de pánico inducido.

La situación estaba logrando superarme, la sensación de asfixia iba en aumento mientras luchaba contra los incesantes impulsos de aporrear la puerta pidiendo a sofocados gritos un poco de aire. Entonces sucedió. Podía sentirla moverse, una leve brisa de aire, acompañando el ritmo de mi descontrolada respiración.

Por fin tenía algo en que centrar mi atención y no permitir que las circunstancias me abatieran, un nuevo poder había nacido conmigo y no dejaría que muriera allí. Desde entonces practicaba, cada momento en el que tenía oportunidad de estar solo intentaba manipular el aire. Con el transcurso de cinco largos años y todo el esfuerzo posible comencé a ver los resultados que quería, podía manipular el movimiento del viento con facilidad y por primera vez estaba logrando buenos resultados con la creación del mismo. Lo mejor fue cuando descubrí la forma de “tejer” algunos hilos para que los cuerpos se movieran acorde a mi voluntad, ya estaba casi listo para poder actuar acorde a mis deseos.


No puedo dar una respuesta clara a si me arrepiento o no, aún no me siento preparado para ponerme a pensar sobre ello, y no sé si alguna vez lo estaré, lo único de lo que estoy seguro es del dolor que me provocó su traición.


Era un día tibio a pesar de ser verano. Decidí contarle toda la verdad, mostrarle el poder que había conseguido, explicarle el porqué de mis ausencias. Al inicio fue sencillo, daba la completa apariencia de que todo estaba realmente bien y que no me había juzgado mal, y se marchó ni bien había terminado de hablarle. Sin una palabra, sin voltear atrás, sin un adiós. La última despedida.

Regresé a casa más tarde que de costumbre llegando por un camino alternativo, tenía un mal presentimiento que me traía intranquilo. Giré en la esquina lentamente, para luego retroceder en busca de ocultación con una fugacidad totalmente ajena a mí; aquél espectáculo merecía la pena ser visto discretamente.

Había un auto negro estacionado frente a la casa y en ese momento una persona bajaba de él: un cura, reconocible por su extensa sotana negra, pero parecía tener un cargo importante, por los accesorios que acompañaban, además de ir cargando consigo un maletín de enormes proporciones. Mi padre, como era su costumbre, es el que salió a atenderlo. ¿Por qué estarían todos allí?

Entré furtivamente y alcancé a escuchar las verdaderas intenciones de aquella reunión

_ Haremos todo lo posible para exorcizar el demonio que ha tomado a su hijo señora.

_ Pero… ¿volverá a ser mi Walther de siempre? ¿aceptará de una vez ser normal como su “familia”?_ preguntó mi madre, compungida, mientras esas palabras resonaban extrañas en mis oídos.

_Debemos aguardar al Padre Sebastian, él podrá asesorarles mejor que yo en esto

_ ¡¿Puede decirme por qué no pueden simplemente llevárselo a otro sitio?!_ preguntó eufórico mi padre.

No necesité nada más.


El constante pitido de la alarma de mi reloj me trae bruscamente de regreso al momento presente. Junto con la llegada de Alexander se han despertado en mí demasiadas dudas y recuerdos. Cada vez me siento más envuelto en una compleja red de la que temo no poder escapar.

Alexander Nívek, biokinético de 3° nivel, según ponía la ficha que me habían dejado. Hoy viernes se han llevado a todos a sus exámenes, pero por órdenes expresas del Dr. Buckfield a él lo han dejado aquí abajo, a solas, conmigo.

Desde hacía varios días que percibía la frustración de mi jefe por la falta de control sobre mí y mi área de trabajo; ya dos veces bajó un técnico a revisar las cámaras y a cambiarlas después, el mismo resultado. Ya no tengo nada de qué preocuparme; y, con eso en mente, me sentía al menos con más libertad para contradecir un poco las órdenes que se me habían dado.


“Es una habitación… mmmm… ¿cómo decirlo?... especial”. Esa fue toda la información en referencia al castigo que sufre el interno 0006 que pude conseguir del Dr. Lo que han hecho con él, es verdaderamente un castigo.

Toda la habitación estaba compuesta de pantallas, reflejando constantemente en cada una de ellas imágenes de cientos de personas distintas; según había escuchado, eran todos los rostros en los que él se había transformado. Me informé mejor y también descubrí que estaba completamente insonorizada hacia afuera, siendo que dentro todas las voces hablaban al unísono. Sinceramente, no me gustaría estar en su lugar.


Es hora del almuerzo y aún no me han informado siquiera de que los traerían de regreso; al parecer, va a ser una jornada bastante extensa.

Ahora que lo pienso, deben de haber sido dos semanas muy largas para Alexander, así que sería bondadoso de mi parte al menos hablar con él. O intentarlo.


Estoy en busca de sostener la perilla de la pequeña abertura cuando nuevamente un recuerdo me asalta.

El de muchos nombres enseña el camino”


_Así que Cronos te estuvo llenando la cabeza, ¿no?_ me despierta una voz al otro lado.

_ ¿Q…qué?_ pregunto, sobresaltado, como si lo hiciera frente a un espejo

_Un viejo amigo_ dice él, guardando distancias_ él ya me había comentado de que hablaría contigo.

_Además de escalofriante, chismoso_ doy por respuesta, tratando de salir de mi estupor_ vaya amigo el que tiene usted.


_Pues… a veces resulta ser útil_  dice, mientras se acerca a la abertura_ cómo tu.

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 5

Rosa


Hoy ha habido otro juicio, nueve en la semana. La escoba descansa sobre el dintel de la puerta y una loca idea me asalta; tomo el instrumento y salgo a barrer el ya limpio frente. Necesito saber que ha estado ocurriendo, la mayoría de las acusaciones han sido hechas a mujeres de esta calle; algo me dice que es a mí a quién buscan realmente.

Hoy acusaron, sentenciaron y quemaron en la hoguera a la hija de la vecina a tres casas de aquí, un motivo por el cual preocuparse.


Dentro de las jóvenes de la familia se ha suscitado un extraño don: todas hemos sido bendecidas con raros poderes psíquicos, podemos ver cosas que los demás apenas alcanzan a percibir.

Trato de ganarme la vida como sirvienta de la casa del Marqués de Mavéz, pero, en algunos momentos, debo ayudar a la señora a resolver algunas cuestiones que requieren de mis “habilidades especiales”. He tenido suerte pues fui pillada en su uso accidental, al menos ella siempre se ha sentido atraída por lo oculto y decidió protegerme por cualquier medio. A cambio, claro, de ser útil a sus propósitos.


Cuando llegó a la ciudad el decreto del Papa Inocencio yo no era más que una niña; abandonada por su madre al cuidado de su abuela quién estaba avanzada en edad, crecí con quién me enseñó los misterios que encerraban los poderes que todas manejábamos.

Esper querida, tu madre fue una de las mejores de la familia y  presintió que sería acusada de herejía, me contaba ella, y, para proteger a la familia, se hizo perseguir por la Inquisición, desviando su atención de todas nosotras.

Hoy mi madre no resulta más que un triste recuerdo grabado con añoranza en mi memoria, algo que mantener vivo mientras la fortuna así lo permita.


Ha venido a visitarme de nuevo, el joven hijo de la señora ha venido a hurtadillas a conversar conmigo. Muchas veces le he indicado lo peligroso de esta actitud, más él está resuelto a mantener esta secreta amistad.


Dentro de mí se crean constantemente minúsculas vorágines emocionales con cada encuentro, con cada persona. Todos poseen diversas emociones guardadas dentro de sí, pero siempre una es la que predomina sobre las demás; y es ésta la que, como un bravío y enfurecido mar, termina chocando contra lo susceptible que termina siendo mi ser.

Me cuesta trabajo dominarlo, manejar la forma en la que me afectan los sentimientos de los demás, sobre todo en el momento en el que buscan mi consejo acerca de determinada situación.


Con él las cosas se tornaban más difíciles. Conocía mi secreto y estaba fascinado por él; pero sólo adoraba la máscara de mi poder, deseaba obtenerlo, podía notarlo. Como también podía notar lo confuso que se volvía todo cuando él se acercaba a mí, emociones prestadas que también eran mías surgían sin previo aviso. 
Estaba perdida.


¿Por qué estará aquí?, me preguntaba mientras lo hacía pasar. Un extraño sentimiento de premonición buscaba ferozmente anteponerse al resto. Algo no estaba bien.

Entré en la cocina para acercar la tetera al fuego y preparar un té para ambos. Para mi sorpresa, me vi seguida por el insistente muchacho. Se encontraba inquieto, una cualidad por demás ajena a su persona, espiando en rápidos y mal disimulados vistazos la puerta. En serio que algo no encajaba, y ya comenzaba a preocuparme.

Abro las puertas de la alacena mientras su voz sólo resuena como un eco lejano, un leve titilar capta de forma total mi atención. En el frasco con las hebras del té, un suave brillo color rosa que incita a mi curiosidad.

¡¿Una piedra preciosa?! , es todo pensamiento que alcanzo a hilar. Mis manos se acercan al traslúcido envase para retirar tan ansiado tesoro. Entonces es que todo ocurre.

Sin recato alguno, un pequeño grupo de soldados irrumpe en la casa. Mi abuela está en la mecedora de la sala y profiere un grito. Con tridentes y antorchas, cual chusma crédula, se acercan los hombres derribándolo todo a su paso. 

Los veo atravesar el decorado arco, la última imagen. Mi mano diestra apenas si alcanzó a rozar el cristal cuando todo comenzó a dar vueltas, el vertiginoso mareo y de nuevo la sensación de solidez. Pero ya no me encuentro en la bulliciosa cocina de mi hogar… 

sábado, 3 de enero de 2015

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 4

Negro

Hace ya varios años que me he dedicado a la profesión de la familia, el Tarot.

Lo único seguro que sé es que este cargo fue legado de mi abuela, pero ella me ha contado que viene de muchas generaciones atrás, desde la abuela de su abuela, quizás más.

 El don de ver en las cartas, a todos los que lo hemos recibido en la familia, siempre nos ha resultado muy provechoso, los clientes se marchan satisfechos.

Pero en los últimos meses algo muy extraño ha estado ocurriendo, mis propias tiradas resultan de los más desconcertantes, no proveen ninguna información clara acerca de lo que está por suceder. Aún así, han coincidido constantemente en lo mismo: hoy tendría un cambio radical en mi vida. Nada más, cada vez que intentaba internarme más, el bloqueo era mayor.

 La Rueda de la Fortuna fue la primera carta que mi abuela me regaló.

Escoge una, me dijo, cuando tenía apenas unos trece años, y fue esa la carta que se presentó.

Has recibido el don de la familia Robert, y no sólo eso, estás destinado a cambiar el curso de muchas vidas, ésas fueron sus palabras, las que presiento que recordaré bastante seguido.

El Enamorado fue la segunda carta que me obsequiaron, después de haber obtenido mi baraja. Sé que quieres escoger una, me dice con complicidad mi madre. Yo con veinte años y ella aún seguía con sus juegos.

Se aproxima el tiempo de decidir hijo; serás marcado por una enorme encrucijada que puede alterar el destino de muchas personas, me repite ella, con un tétrico aire de misterio.

 Hoy todo está demasiado calmado, han sido pocos los clientes que han venido. El último hace tan sólo unos minutos que se ha marchado. La terrible aura negativa que emana del pobre desgraciado ha cargado en demasía todo el lugar. Ni hablar de mis pobres cartas.

Abro las ventanas; es imperioso que el aire corra libre y se lo lleve todo. Un sahumerio de incienso también ayuda y relaja el ambiente, lo distiende.

La tarea más importante era la que venía ahora, la limpieza de las cartas.

Busco calmar mi mente y mis emociones, como mi abuela me había enseñado.  El ejercicio era simple y no me costó mucho llegar a ese estado; pero algo ajeno se imponía y se esforzaba por captar mi atención.

Un sentimiento de precognición comenzó a embargarme, un sentimiento visceral y primitivo, de algo mucho más grande que yo. Casi sin dominio de mi mismo es que veo que mis manos toman el pequeño mazo y comienzan a mezclar las ajadas cartas; dejo mi consciencia libre para aceptar el mensaje que me traen.

Tomo una carta, azarosa entre cualquiera de las setenta y ocho que lo componen, pero ya no me sorprende su significado.


La Torre, me digo a mi mismo, la destrucción total de todo lo que conocemos 

Devuelvo la carta a su lugar original y trato de continuar con lo que había comenzado, más una sorpresa se había presentado: un leve y perceptible brillo sobre el terciopelo encima de la mesa, frente a mí.

Con mayor detenimiento es que puedo darme cuenta que se trata de una gema; tanto me he mezclado en el ambiente ocultista que puedo intuir una misteriosa fuerza en ella.

Lo sé, de alguna forma lo sé, cuando la tome en mis manos ya nada será lo mismo.

Sólo por eso… tengo que hacerlo.

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 8

Cambio de Imagen

Segundo martes de abril, fecha que se hizo importante para mí puesto que en unos días me presentaría a rendir. Durante el último tiempo he estado tratando de focalizarme en esta meta y ha resultado una de las empresas más duras y arduas que he enfrentado; tengan en cuenta en las condiciones en las que me encontraba. 

¿El porqué? No lo recuerdo, sólo tengo consciencia del momento en el que a mi mente comenzaron a abalanzarse fragmentos, pedazos de las conversaciones que llegué a sostener con cada uno.

Mi mayor alegría era Sophie, con ella habíamos entablado los lazos de una amistad que sabía sería duradera; pero con Sarah, era algo totalmente diferente. Siempre oculta detrás de su renegrida oscuridad, se refugió en una coraza de odio que ni su hermana ha sido capaz de atravesar.

Una profunda tristeza me embarga cada vez que recuerdo lo que Sophie me ha contado.

Ellas habían nacido como dos gemelas sanas y normales, en una ciudad que por poco y la sacan del mapa. Todo siempre fue sencillo, una vida tranquila y común. Recién a los cuatro años es Sarah la que manifiesta los primeros indicios del control de las sombras; ¿cómo había sido? Absolutamente aterrador para sus padres, quienes, en su más incomprendido miedo, resolvieron el problema dejándolas a cargo de las hermanas del convento de Saint Thomas. Otro de tantos errores.

Luego de ése incidente, se sucedieron otros.

Sophie sólo quería agradar y encajar en el prospecto de lo que se esperaba de ella; y, en el esfuerzo, encegueció a una hermana y cinco niños; ¿qué pasó después? la tuvieron encerrada durante tres días en los sótanos del monasterio. Sarah, en cambio, creció anidando un profundo rencor dentro de ella; no consigo saber hacia qué, pero tampoco tengo muchos deseos de intentarlo, supe que en algunas ocasiones lograba apenas una concentración suficiente para poder darles un susto a las monjas y algunos niños que la molestaban, con lo cual solía recibir castigos muy severos, a veces parecidos a los de su hermana, aunque en ocasiones tendían a durar más.

El peor llegó justo el día de su décimo primer cumpleaños.

Apenas si hacían algún festejo ocasional en el hogar de St. Thomas, pero ése día era especial: las niñas habían logrado contenerse hacía ya un par de meses sin que ningún accidente, premeditado o no, ocurriese y por ello, Sor Inmaculada la rectora del lugar, había accedido a brindarles un premio, que terminó siendo la primer fiesta.

Pero debemos fijarnos en lo emocional que es la psicología humana, cómo la crueldad de la que esta raza goza se presenta incluso desde la más temprana edad. 

Todos festejaban entre risas y juegos, disfrutaban con ellas, todo porque aprovechaban esta oportunidad de poder hacerlo. Pero… dentro de cada uno de ellos, de esos niños risueños y alegres, el rencor, los celos y la envidia brotaban y crecían con total descontrol, arrasando con cualquier principio con el que las hermanas les hubieran educado.

No era justo que las “raras” tuvieran fiesta y a ellos nunca se les concediera una. Todos deseaban una oportunidad. Todos merecían una oportunidad.

Sophie me contó que sólo logró ver al niño que había lanzado la primera piedra, luego de eso una oscuridad apabullante lo absorbió todo; sólo sintió algunos de los proyectiles que aún continuaban arrojando, Sarah la estaba cubriendo lo mejor que podía soportando el dolor de la mejor manera que conocía, en silencio.

Los gritos aterrados de las monjas alertaron a los vecinos, quienes llamaron a las autoridades. Los insultos provenían de todos los lugares, filosos e hirientes. Ya no podía seguir cubriéndole, sus fuerzas habían alcanzado el límite; Sarah se desmayó y Sophie simplemente cayó en la desesperación.


Si saben buscar encontraran algún recorte que se haya salvado de la purga que se realizó para tapar este incidente. 

La fuerza lumínica que usó Sophie en ese momento fue de lo más devastadora, todos aquellos que estuvieron a diecisiete metros de distancia de ella terminaron carbonizados. Más allá, quedaron ciegos de por vida… 

El sonido del timbre resuena por todo el pasillo, anunciando el movimiento del ascensor,  sacándome, también, de la ensoñación en la que estaba sumido. Como es mi costumbre, tomo un papel azaroso del revuelto escritorio y marco una división en la unidad que estoy estudiando. A pesar de que lo intente, mi mente continúa en otro lado. 

Resuena el timbre por segunda vez, ahora está hecho el aviso de que el nuevo interno ya ha llegado.

Con él las cosas han sido un tanto diferentes, el Dr. me pidió que simplemente apartara la habitación 08, una que tenía reservada para este paciente hacía mucho, mucho tiempo.

Las metálicas puertas se abrieron a la par para revelarme una extraña sorpresa.
_Gregsale, ¿tiene todo listo? _fue su pregunta, la orden tajante de mi jefe mientras continúa con su incesante tecleo._ Por supuesto señor_ doy por respuesta, con la prontitud que me permite la estupefacción._ Recuerde que este interno merece un trato especial_ recalca, con un tono siniestro que llega a inquietarme._Está todo preparado justo cómo usted lo ha solicitado, señor_ es todo lo que alcanzo a decir.

Las puertas se abren nuevamente revelándome una imagen ya más familiar; los tres gorilas junto a su líder traen al nuevo más como prisionero que como paciente, regodeándose por la victoria conseguida. 

_Fue difícil, pero por fin lo atrapamos_ dice uno de ellos, alegre con su botín._ Buen trabajo, muchachos, buen trabajo_ toma su celular, pulsa un par de teclas y espera a que lo atiendan del otro lado_ nuestro huésped más buscado por fin ha arribado… exacto… es el primero de la lista… ya saben qué hacer. 

No pude prestar mucha atención a su conversación telefónica ya que estaba más concentrado en la planilla que había caído a mis manos.

Apenas si había notado su apariencia física: cabellos rubios totalmente revueltos, los ojos pardos con una mirada de furia, un cuerpo delgado y atlético. 

_ ¿Cuál es su kinesis?, ¿por qué razón era tan buscado?_ pregunto abiertamente, con atrevimiento y cierto grado de curiosidad._Es un biokinético, el mejor de su tipo_ me responde mi jefe, con un dejo de malicia_ aunque ahora no le servirá de mucho._ Fíjate en él nuevamente_ concluye el líder del equipo. 

Al volver la vista quedé perplejo, si sólo hubiera demorado mi pregunta otro par de minutos terminaría encontrándome ante una perfecta copia de mi persona. El mismo tono oscuro de cabello, los ojos verdes y apagados con los leves tintes marrones cerca del iris.

De verdad era el mejor.

 _Tú…_fue todo lo que dijo, mientras era encerrado en su nuevo hogar._Más tarde pásese por mi oficina que hablaremos de las medidas que tomaremos con este sujeto_ dice el señor Buckfield, mientras las puertas del ascensor se cierran. 

Todos ya se han marchado, dejando sembradas más dudas por doquier.

Una voz se oye luego, como un leve murmullo que se acerca lejano, a mi oído.

_ “El de muchos nombres enseña el camino”_ dice mi más temible profeta_ recuérdelo Gregsale, recuérdelo.