sábado, 18 de octubre de 2014

ARRULLO MORTAL

El castillo había quedado solo, como ella así lo quería.
La habitación que había elegido era la correcta. Ninguna ventana, salvo un óculo en el techo que le permitiría encender una hoguera para el ritual que se disponía realizar. Todo lo necesario ya lo había llevado hasta allí: el caldero (su arma fundamental), los leños para el fuego, la daga para el sacrificio de sangre, las velas que cerrarían el círculo, incluso allí participaría Paghed, su gato y más fiel acompañante, quién era más negro que el mismo azabache.
El momento era el propicio. Sus cálculos no habrían de fallar. Su nana le había enseñado bien como calcular en qué día la luna tendría su máximo efecto. Las ansias por la venganza se estaban volviendo desesperantes. “Sólo un poco más”, se repitió a sí misma, “tan sólo un poco más”.
La Magia siempre había sido el fuerte de su familia. Pero ella había seguido el camino de su abuela, buscando el poder de espíritus y demonios y ése sería su conjuro más grande.
La noche había llegado. Las dos antorchas que había encendido con la yesca iluminaban mal, pero sabía que era lo suficiente para poder comenzar.
Empezó el ritual canturreando levemente, marcando el enorme círculo, líneas curvas de trazo perfecto. Siguió con los grupos de velas en cinco esquinas para armar el pentáculo protector.
El fuego se encendió por sí sólo. Colocó el pesado caldero sobre el crepitante fuego dejando que el agua podrida de pantano que allí había reunido comenzara a burbujear.
Paghed movía la cola hacia un lado y al otro, divertido mientras la miraba en su trabajo.
Aún se escuchaba como ésa hechicera susurraba leves palabras en un idioma que resultaba irreconocible.
De su alrededor tomó los ingredientes que se había acercado y de a uno los fue arrojando al caldero borboteante. Su canto no perdía ritmo ni entonación y parecía surtir efecto sobre la mezcla del caldero, que, con cada nota y cada nuevo ingrediente, tomaba una coloración diferente. Paghed mantenía los ojos entrecerrados esperando, expectante, el momento en que debía advertirle a su ama de que el visitante anhelado había llegado.
Ya había agregado el último ingrediente y el conjuro estaba llegando a su punto más álgido. El tiempo de la venganza había llegado.
Bajó sus manos suplicantes de las alturas y buscó a su derecha el grueso libro apergaminado que contenía entre sus líneas las intensas palabras  que someterían al poderoso demonio a su voluntad.
Desesperación. El libro no estaba. Miró a su alrededor. En la mesa baja ubicada junto a la puerta, allí lo había dejado olvidado. Estúpido de su parte. Había cometido un error que, si no lograba corregirlo, lo pagaría muy caro.
Su voz empezaba a quebrársele del nerviosismo. Paghed lo notó, se posó en cuatro patas y agitaba la cola velozmente. “Calma”, se dijo a sí misma, “conoces las palabras y puedes recitarlas de memoria, lo has practicado antes”.
Las palabras de invocación. Las palabras de sometimiento e invocación, eso era lo que le faltaba recitar. Buscó calmarse y comenzó con la pronunciación. Primero debía armar la red que sometería al demonio. Lo había hecho cientos de veces antes, sólo necesitaba concentrarse en hacerla más fuerte. Las palabras de invocación eran lo último, para que el demonio cayera en su trampa tan sólo en cuanto hiciera acto de presencia.
Tranquila, se concentró en la difícil pronunciación de las palabras evocadoras, recitándolas una por una. La palabra final era la más complicada, en ella se ocultaba la esencia de lo que quería llamar.
Lento. Despacio. Cada sílaba con extremo cuidado. Anteúltima. Penúltima. Sólo una. Un error. Un terrible error. La última sílaba mal pronunciada. El llamado a una criatura a la que no podría -ni sabía cómo- dominar.
Paghed se ocultó debajo de sus faldas en cuanto el visitante no querido hizo su gran aparición.
La insensata hechicera, arrodillada como estaba, sintió la helada presencia.
La Muerte hizo su aparición. Lo hizo como sólo ella podría hacerlo: lúgubre, sombría y sin nada de qué hacer alarde, sólo su oscura presencia.
_ ¡Cómo osas llamarme, miserable mortal!_ gritó la Muerte extendiendo al máximo sus negras alas. El cuervo en su hombro grazno en su dirección.
_N…no…no quise hacerlo…, lo…lo siento_ dijo ella casi en un susurro.
_Caro pagarás este error, hechicera_ sentenció.
La Muerte bajo sus extensas alas. Sentóse tranquilamente en el suelo de piedra, en el lugar en el que había aparecido. Su larga y obscura túnica se movía sigilosa, no producía sonido alguno a pesar de sus constantes fricciones. El agitado fuego se calmó, y su color cambió por un azul apagado que bajó la tonalidad cálida de la habitación y la volvió fría y estéril.
Con mano cerúlea y de color marmóreo, sacó de debajo de la túnica una flauta. La flauta estaba hecha en hueso, un hueso humano.
Sin ningún cohibimiento ese ángel negro comenzó a soplar. Tocaba una melodía dulce, tranquilizadora, triste y oscura.
Sombríamente la trágica melodía fue embargando cada vez más a la hechicera, llenando todo su cuerpo y su ser. Una tranquila somnolencia la iba dominando.
La música de tan tétrica flauta se detuvo y la Muerte, alzándose una vez más, con voz grave y de ultratumba pronunció:
_Tú, hechicera, esta es mi Canción. Mi Canción de Cuna. Ella te acompañará, por el resto de tus días. Te acompañará a ti, a ti y a toda tu descendencia. Y recuerda mis palabras pues cada vez que la escuches tres días después me verás ir a buscar a tu gran amor sin que puedas hacer nada por evitarlo
_ ¿Qué? ¿Por qué?_ preguntó ella casi altaneramente
_Porque intentaste meterte con fuerzas que escapan a tu control. Así que, recuérdalo hechicera: cada vez que oigas mi Arrullo Mortal un gran amor perderás, tú y toda tu descendencia. ¡Todos pagarán por el error que cometiste!_ finalizó la Muerte desapareciendo al instante.

Sarah se despertó agitadamente. Un instante después se dio cuenta de que una gran capa de sudor cubría su rostro y el resto de su cuerpo. Se obligó a tranquilizar su agitada y entrecortada respiración. Paghed saltó a sus piernas provocándole un pequeño grito del susto. Miró los ojos verde grisáceos del gato y le acarició suavemente el lomo. John seguía a su lado, no había escuchado ruido alguno. “Sí que duerme como un tronco”, pensó. Lo había conocido hacía unos pocos meses, pero al verlo allí, dormido, con todo el cabello corto, enmarañado, lo veía tan hermoso como cuándo estaban despiertos. Se acercó y lo besó tiernamente en la mejilla. Él abrió un poco sus ojos y al verla hizo una leve sonrisa. En ese momento es cuándo ella sintió un profundo amor por ése, su hombre.
Una extraña música empezó a sonar. Su cara se desfiguró del susto. La misma melodía que había escuchado en sus sueños. “No, no puede ser”, dijo tapándose los oídos con las manos.

La melodía seguía sonando, tranquila, dulce, triste y con una oscuridad tan lúgubre. Seguía escuchando. Y esa melodía, tan serena, tan sombría, seguía sonando, sonaba con la seguridad de anunciar la tragedia que se cumpliría en los próximos tres días…

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