¿Por
qué lo hice? ¿Curiosidad? ¿Intriga? ¿La imperiosa necesidad de tener
respuestas? Quién sabe. Además, que importa ya; me encuentro aquí y ya no puedo
retractarme de esta visita.
Hace
muchos años que nadie en la familia se relaciona con el tío Edgard, y ahora
comprendo el por qué.
Dicen
que uno no debe dejarse llevar por las primeras impresiones, pero, si tu tío te
está recibiendo con aspecto de estar recién despertándose, con un rostro mortalmente
demacrado y enfermo, tan pálido como si fuese un cadáver, ¿tú que impresión podrías
tener?, sin contar también la increíble necesidad que presenta de mostrarte
cada uno de sus tesoros, apenas tú estás llegando.
_Esta
es mi más extraña y preciada pertenencia_ me dice, quitando un pesado cobertor
que descubre un gran espejo, de cuerpo completo.
_
¿Qué tiene de extraño un espejo?_ pregunto sin entusiasmo.
_A éste
lo llaman “El Espejo de la Noche”, y casi toda su historia puede verse graficada
en su marco_ dice él con creciente entusiasmo.
_
¿Todas esas molduras pertenecen a la historia del espejo?_ sigo diciendo,
impasible.
_Sí,
es muy antiguo y ha pasado por muchos propietarios, y hasta no hace un par de
generaciones, es que entró en nuestra familia.
_Yo
no le veo nada que pueda ser impresionable.
_
Tócalo, así descubrirás el por qué_ me empuja, con deseo, con una insistente desesperación.
“¿Qué
pierdo con intentar?”, el pensamiento que cruza mi cansada mente, no sería nada
más que un leve roce para dejar contento al excéntrico de mi tío.
Acerco
mi mano con desgano, sólo la pasaré por el marco. No hay interés alguno en
hacer una observación más detallada. Tan sólo ese leve rose me provoca un
pequeño rasguño en la piel. De él brota, impávida, una única gota de sangre.
Una
suave hipnosis comienza a saturarme, provocando que lleve este suave gesto hacia
su platinada superficie. En ella queda una límpida firma color carmín.
_Está
hecho_ resopla mi tío, a mis espaldas.
_
¿Qué está hecho?_ pregunto, con temor a su respuesta.
_El
Espejo de la Noche te acepta…, y me libera.
No
me gustan sus siniestras palabras, y al cabo de unas pocas horas, es mi
decisión marcharme. Ya nada me ata a éste lugar, a ésa persona…, o al menos así
lo creía.
Es
de noche. La soledad de mi apartamento me tranquiliza. El silencio y la quietud
que predomina es un relajante por de más natural. El sueño me posee profundamente,
pero sé que algo está ahí, rondando. Una intuitiva sensación me domina,
peligro.
Conciencia
e inconsciencia. Sueño y despertar. Al borde de dos mundos es que encuentro una
realidad completamente diferente. ¿Recuerdo o invención? Sangre y dolor, nada
más. Desde la memoria se avecina la muerte de mi hermano. El campo en el que
vivíamos siendo rondado por un terrible lobo. Uno que decidió alimentarse de
mí, un inocente que contaba con apenas pocos años de vida. Mi hermano mayor
arrojándose a las siniestras fauces de la Muerte. ¿Por qué ahora? ¿Por qué lo
veo nuevamente, ese pasado enterrado? Algo
más llega con éstas imágenes. Sombrías figuras de un argentino marco, maldito,
bañado de carmesí. Mi sangrante mano, dividida en su palma por un afilado
cuchillo, deslizando mi vital líquido como una ofrenda.
Despierto
sobresaltado, un sudor frío recubre todo mi cuerpo alterando aún más mis
percepciones. La casa está vacía, oscura y dormida, pero éste pensamiento no me
tranquiliza en lo absoluto. No logro conciliar el sueño nuevamente y
simplemente resuelvo esperar, consciente, la llegada del alba.
Suena
el timbre, salgo al rellano de la puerta. Un encargado del servicio de correos
me espera con una enorme caja. Firmo los papeles correspondientes tratando de
pensar en quién me enviaría tamaño paquete. Dentro de la sala abro sin cuidado
alguno el esmerado envoltorio, dejando al descubierto su carga.
El
Espejo de la Noche me ha encontrado.
Nuevas
imágenes me invaden. ¿Realidad o ficción? Como en un sueño me encuentro
presente allí, viéndolo todo sin estar. Mi madre, con mi pequeña sobrina,
intentando cruzar la desbocada y transitada calle. Un conductor irresponsable
que se distrae con facilidad. La sangre de muchas vidas perdidas corre sin
control. Mi familia, todos aquellos que no debieron estar allí, muertos. Siento
su tenebrosa presencia. La profunda obscuridad que lo envuelve, el Espejo que
reclama sangre, vitalidad humana.
El
teléfono me devuelve al momento presente; aquí, desenvolviendo un maligno
grillete. Es mi padre con malas noticias, un accidente, muchos fallecidos.
Cuelgo inmediatamente; comienzo a comprender que realmente es una situación
seria, este diabólico artilugio tiene demasiados recursos a su disposición. Ya
no tengo otra opción, el pronunciado filo del cúter se desliza con facilidad en
mi puño cerrado. Así, a medio extraer de su paquete, mi mano izquierda teñida
de rojo lo acaricia, con desprecio.
La
imágenes son más crudas, una lúgubre advertencia de lo que vendrá. Quiere un
sacrificio mayor. Más sangre. No se contenta con que le provea de mí, desea
más.
Es
entrada la medianoche y he salido a recorrer las oscuras callejuelas del
barrio. Se oyen pasos, delicados pies taconeando la irregular vereda. Una
inocente víctima que debe servir de sacrificio. Ya estoy solo, el Espejo ha
reclamado a cada uno de mis seres queridos, me ha arrebatado el amor, la vida; pero
ya no más.
Las
paredes acolchadas resultan ser un consuelo. Mi demacrado y anémico cuerpo
reposa tranquilamente sobre la cama. Mi mente recibe con cariño los fármacos
que me ayudan a dormir, a mantener alejados a los fantasmas. Las ofrendas
debieron detenerse, las víctimas crecieron demasiado en número y la policía
comienza a buscar a un culpable. No tuve más opción, pero éste lugar me agrada.
Soledad, silencio y quietud; viejos tiempos.
Retorno
tranquilamente a la habitación designada y una horrible sorpresa me aguarda.
¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Cómo es que lo colocaron? Mi imagen se refleja sobre
la antigua superficie, jamás castigada por el tiempo. Otra vez no; otra vez, no.
Salgo
corriendo de allí, la desesperación patente en mí ser. Nadie ha logrado verme y
doy gracias por ello. Subo rápidamente a la azotea del hospital. Ya no puedo
pensar, sólo logro actuar acorde al miedo, a los dictados del pánico.
Y
aquí estoy, al borde del vacío, dispuesto a intentar acabar con esta
interminable tortura, arrojándome al liberador abrazo de la Muerte, a su
silenciosa inexistencia.
La
distancia se vuelve corta y el golpe, duro. Extrañamente, no hay dolor,
únicamente oscuras sombras. Un tirón. Un seco freno en el camino. Aún no puedo
marcharme.
Estoy
allí una vez más. El pesado cobertor arrojado a un lado y la esporádica
respiración de mi tío en el borde de la puerta. Mi mano acariciando el marco
maldito y el siniestro espejo efectuando su sentenciante corte. Ya lo siento,
la leve hipnosis que me domina, fuerte, inexorable; intento con todas mis
fuerzas el resistirme, intentar que mi mente se imponga a su terrorífico
avance. Pero es tarde, el roce de mi extendido dedo con su argéntea superficie
firma mi condena. La flor carmesí así nuevamente lo afirma.
Por
primera vez comprendo que hacer, ahora
sé que es lo que me permite intentar para liberarme de su esclavizante abrazo.
Simplemente,
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