sábado, 18 de octubre de 2014

EL ESPEJO DE LA NOCHE

Dedicado a Jonathan Diez

¿Por qué lo hice? ¿Curiosidad? ¿Intriga? ¿La imperiosa necesidad de tener respuestas? Quién sabe. Además, que importa ya; me encuentro aquí y ya no puedo retractarme de esta visita.
Hace muchos años que nadie en la familia se relaciona con el tío Edgard, y ahora comprendo el por qué.
Dicen que uno no debe dejarse llevar por las primeras impresiones, pero, si tu tío te está recibiendo con aspecto de estar recién despertándose, con un rostro mortalmente demacrado y enfermo, tan pálido como si fuese un cadáver, ¿tú que impresión podrías tener?, sin contar también la increíble necesidad que presenta de mostrarte cada uno de sus tesoros, apenas tú estás llegando.
_Esta es mi más extraña y preciada pertenencia_ me dice, quitando un pesado cobertor que descubre un gran espejo, de cuerpo completo.
_ ¿Qué tiene de extraño un espejo?_ pregunto sin entusiasmo.
_A éste lo llaman “El Espejo de la Noche”, y casi toda su historia puede verse graficada en su marco_ dice él con creciente entusiasmo.
_ ¿Todas esas molduras pertenecen a la historia del espejo?_ sigo diciendo, impasible.
_Sí, es muy antiguo y ha pasado por muchos propietarios, y hasta no hace un par de generaciones, es que entró en nuestra familia.
_Yo no le veo nada que pueda ser impresionable.
_ Tócalo, así descubrirás el por qué_ me empuja, con deseo, con una insistente desesperación.
“¿Qué pierdo con intentar?”, el pensamiento que cruza mi cansada mente, no sería nada más que un leve roce para dejar contento al excéntrico de mi tío.

Acerco mi mano con desgano, sólo la pasaré por el marco. No hay interés alguno en hacer una observación más detallada. Tan sólo ese leve rose me provoca un pequeño rasguño en la piel. De él brota, impávida, una única gota de sangre.
Una suave hipnosis comienza a saturarme, provocando que lleve este suave gesto hacia su platinada superficie. En ella queda una límpida firma color carmín.
_Está hecho_ resopla mi tío, a mis espaldas.
_ ¿Qué está hecho?_ pregunto, con temor a su respuesta.
_El Espejo de la Noche te acepta…, y me libera.
No me gustan sus siniestras palabras, y al cabo de unas pocas horas, es mi decisión marcharme. Ya nada me ata a éste lugar, a ésa persona…, o al menos así lo creía.

Es de noche. La soledad de mi apartamento me tranquiliza. El silencio y la quietud que predomina es un relajante por de más natural. El sueño me posee profundamente, pero sé que algo está ahí, rondando. Una intuitiva sensación me domina, peligro.
Conciencia e inconsciencia. Sueño y despertar. Al borde de dos mundos es que encuentro una realidad completamente diferente. ¿Recuerdo o invención? Sangre y dolor, nada más. Desde la memoria se avecina la muerte de mi hermano. El campo en el que vivíamos siendo rondado por un terrible lobo. Uno que decidió alimentarse de mí, un inocente que contaba con apenas pocos años de vida. Mi hermano mayor arrojándose a las siniestras fauces de la Muerte. ¿Por qué ahora? ¿Por qué lo veo nuevamente, ese pasado enterrado?  Algo más llega con éstas imágenes. Sombrías figuras de un argentino marco, maldito, bañado de carmesí. Mi sangrante mano, dividida en su palma por un afilado cuchillo, deslizando mi vital líquido como una ofrenda.
Despierto sobresaltado, un sudor frío recubre todo mi cuerpo alterando aún más mis percepciones. La casa está vacía, oscura y dormida, pero éste pensamiento no me tranquiliza en lo absoluto. No logro conciliar el sueño nuevamente y simplemente resuelvo esperar, consciente, la llegada del alba.
Suena el timbre, salgo al rellano de la puerta. Un encargado del servicio de correos me espera con una enorme caja. Firmo los papeles correspondientes tratando de pensar en quién me enviaría tamaño paquete. Dentro de la sala abro sin cuidado alguno el esmerado envoltorio, dejando al descubierto su carga.
El Espejo de la Noche me ha encontrado.
Nuevas imágenes me invaden. ¿Realidad o ficción? Como en un sueño me encuentro presente allí, viéndolo todo sin estar. Mi madre, con mi pequeña sobrina, intentando cruzar la desbocada y transitada calle. Un conductor irresponsable que se distrae con facilidad. La sangre de muchas vidas perdidas corre sin control. Mi familia, todos aquellos que no debieron estar allí, muertos. Siento su tenebrosa presencia. La profunda obscuridad que lo envuelve, el Espejo que reclama sangre, vitalidad humana.
El teléfono me devuelve al momento presente; aquí, desenvolviendo un maligno grillete. Es mi padre con malas noticias, un accidente, muchos fallecidos. Cuelgo inmediatamente; comienzo a comprender que realmente es una situación seria, este diabólico artilugio tiene demasiados recursos a su disposición. Ya no tengo otra opción, el pronunciado filo del cúter se desliza con facilidad en mi puño cerrado. Así, a medio extraer de su paquete, mi mano izquierda teñida de rojo lo acaricia, con desprecio.

La imágenes son más crudas, una lúgubre advertencia de lo que vendrá. Quiere un sacrificio mayor. Más sangre. No se contenta con que le provea de mí, desea más.
Es entrada la medianoche y he salido a recorrer las oscuras callejuelas del barrio. Se oyen pasos, delicados pies taconeando la irregular vereda. Una inocente víctima que debe servir de sacrificio. Ya estoy solo, el Espejo ha reclamado a cada uno de mis seres queridos, me ha arrebatado el amor, la vida; pero ya no más.

Las paredes acolchadas resultan ser un consuelo. Mi demacrado y anémico cuerpo reposa tranquilamente sobre la cama. Mi mente recibe con cariño los fármacos que me ayudan a dormir, a mantener alejados a los fantasmas. Las ofrendas debieron detenerse, las víctimas crecieron demasiado en número y la policía comienza a buscar a un culpable. No tuve más opción, pero éste lugar me agrada. Soledad, silencio y quietud; viejos tiempos.
Retorno tranquilamente a la habitación designada y una horrible sorpresa me aguarda. ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Cómo es que lo colocaron? Mi imagen se refleja sobre la antigua superficie, jamás castigada por el tiempo. Otra vez no; otra vez, no.
Salgo corriendo de allí, la desesperación patente en mí ser. Nadie ha logrado verme y doy gracias por ello. Subo rápidamente a la azotea del hospital. Ya no puedo pensar, sólo logro actuar acorde al miedo, a los dictados del pánico.
Y aquí estoy, al borde del vacío, dispuesto a intentar acabar con esta interminable tortura, arrojándome al liberador abrazo de la Muerte, a su silenciosa inexistencia.
La distancia se vuelve corta y el golpe, duro. Extrañamente, no hay dolor, únicamente oscuras sombras. Un tirón. Un seco freno en el camino. Aún no puedo marcharme.

Estoy allí una vez más. El pesado cobertor arrojado a un lado y la esporádica respiración de mi tío en el borde de la puerta. Mi mano acariciando el marco maldito y el siniestro espejo efectuando su sentenciante corte. Ya lo siento, la leve hipnosis que me domina, fuerte, inexorable; intento con todas mis fuerzas el resistirme, intentar que mi mente se imponga a su terrorífico avance. Pero es tarde, el roce de mi extendido dedo con su argéntea superficie firma mi condena. La flor carmesí así nuevamente lo afirma.
Por primera vez  comprendo que hacer, ahora sé que es lo que me permite intentar para liberarme de su esclavizante abrazo.

Simplemente, buscar al siguiente.

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