Dedicado a Alexis Luffi
El
crepúsculo del alba ha comenzado. Éste me da la señal de que el poco tiempo que
Alecto ha conseguido darme está por acabarse.
Debo
apresurarme.
Ya
me alejo del nefasto poblado. Nada que no sea
estrictamente necesario viene conmigo. Todo queda atrás y sólo dejo que los
sombríos recuerdos de la frustrada fuga me acompañen en mi penosa retirada.
Allí
estoy, esperando ansioso por ella. Al cochero no le ha agradado en lo absoluto
el horario en el que planificamos nuestro viaje, pero una suma importante borró
cualquier rastro de molestia en pocos segundos.
El
sereno hace ya un par de minutos que pasó, raudo con su luz titilante, a un par
de calles de nuestra ubicación. Me aseguro primero de que ya lo he perdido de
vista, y no es hasta entonces que enciendo la lamparilla que oficiará de faro
para mi amada. Ojalá la Luna, protectora de los amantes, guíe sus pasos con
presteza.
Con
impaciencia agudizo el oído y puedo percibir, con gran alivio, sus pequeños y
sordos pasos que se acercan con rapidez. Al fin ha llegado.
Con
un leve salto se lanza a mi abrazo, y yo no puedo evitar sostenerla e
inmediatamente buscarla con mis labios. Así nos fundimos, lentamente, en un
beso inolvidable.
El
traqueteo del coche provoca una somnolencia que los hace dormir profundamente,
siendo el guía el único que podría advertirlos del peligro que están por
afrontar.
El
carruaje se detiene con violencia despertando a sus adormecidos pasajeros. Unas
desconocidas figuras ocultas por sendas capuchas y agitadas antorchas comienzan
a castigar las portezuelas, obligándolas a abrirse a su impulsivo ataque. Éstas
no tardan mucho en ceder y ambos se ven arrancados del aterciopelado interior
hacia el helado y áspero lodazal.
Sarcásticas
risas de una asegurada victoria resuenan en derredor. Risas agudas, finas y
estertóreas… risas femeninas.
Así
es como termina de entenderlo. Han sido entregados a las Sínesp, las brujas
Sacerdotisas de la Luna; y nada bueno ocurre cuando de ellas se trata.
Brazos
fuertes me sostienen pero, con un vigor casi titánico, trato de luchar contra mis
captoras. Éstas lo tienen todo ya previsto, no es la primera vez que hacen
trabajos de este tipo; me toman con firmeza y una de ellas se esfuerza por
hacerme aspirar las emanaciones de un delicado pañuelo. Un leve sopor comienza
a dominarme, hace que todas mis fuerzas flaqueen; así, aprovechan y lo amarran
con celeridad.
Es
imposible creer que todo esto esté pasando. Alguien lo toma del cabello provocando
un agudo dolor, y alza su cabeza con el fin de obligarlo a ver un terrible y
macabro espectáculo.
La
más alta de las figuras encapuchadas descorre con un ensayado gesto su velo,
mostrando la funesta máscara que sólo portan las Sumas Sacerdotisas. Puedo
verla con total claridad, y percibir, al mismo tiempo, lo que no resulta ser
una buena señal. Inicié una terrible lucha en mi mente por recobrar el control
de mis adormecidos músculos. Todo esfuerzo es en vano, el veneno que hayan
utilizado está por cumplir ya su efecto, cerniéndose las sombras sobre mí.
Ella
puede verlo y con un delicado gesto extrae una daga de gran tamaño de entre los
pliegues de su túnica. Demuestra una velocidad y maestría maquiavélica en la
forma en la que empuña ese cuchillo; más es enorme el grito que no puede
abandonar mi mente cuando veo finalmente su cometido.
Sólo
a mi me buscaban. Con una terrible agonía caigo presa del sueño inducido,
mientras a mi vista queda la sombría imagen de mi amada, desangrándose, con una
lentitud totalmente planificada.
La
oscuridad ya lo ha cubierto todo. Sonidos, luces, roces, dolor. Ya no hay nada.
Despierto
buscando una gran bocanada de aire. No puedo levantarme, gruesas cadenas me
detienen. Siento frío en toda la espalda y la rigidez de la superficie en donde
estoy recostado hace que duela, cómo si hubiese estado allí por horas.
_Él
ha despertado_ pronuncia una voz susurrante a mis espaldas.
_
¡¿Qué es esto?! ¡¿Por qué me tienen aquí?! ¡Suéltenme!_ grito, con mis energías renovadas.
_
¡Silencio! _dice una voz sin rostro, con una profundidad y sonido que hace un
importante eco por todo el lugar.
_
Señora, la Gran Dama tomará el lugar en tan sólo un momento_ le indica otra voz
tímida.
_
Perfecto_ responde ella_ traigan a la iniciada, ella debe ejecutar el
sacrificio.
¿Sacrificio? ¿Acaso van a matarme?, la desesperación me
inunda, y, a pesar de que tengo prohibido hablar, me retuerzo en afán de
encontrar la manera de liberarme.
_
No importa lo mucho que te muevas_ me reprende la “Señora”_ conoces nuestra
fama, y lo perfeccionistas que somos con nuestros rituales.
Todo está perdido. Oh, Arlazey,
porque tuvieron que arrebatarte así de mis brazos, me lamento, buscando en esto algún
consuelo.
_
Estoy preparada Señora, y he traído a Tornfest conmigo, como me ha sido
ordenado_ habla, una voz que me resulta un tanto familiar.
_
Acércate y demuestra a la Dama de la Noche tu fidelidad, entrega este
sacrificio para entrar en su servicio.
Lentos
y suaves pasos se acercan hasta dónde estoy ubicado. Me dispongo a luchar
nuevamente, pero han ajustado aún más las cadenas. Los roces con el suelo de la
túnica que lleva suenan como un horrible vaticinio. Con un poco de dolor puedo
girar mi cabeza y la veo acercarse, pies descalzos y rostro desnudo.
No.
No ella. Alecto.
Se
detiene en seco cuando lo ve a los ojos. Su gran amor, el sacrificio que las
Sínesp piden para adentrarse en sus secretos.
La
veo dudar, detenerse con el mellado cuchillo sobre mi vientre. Un leve rayo de
esperanza se enciende dentro de mí.
_Discúlpame
Señora de la Noche_ dice ella mirando al cielo nocturno_ te ruego le des la
oportunidad de amar a alguien como yo lo
amé a él.
Sin
vacilación alguna Alecto entierra con profundidad el cuchillo en su vientre.
Comienza a salirle sangre por la boca. En su rostro sólo veo tranquilidad.
En
su último esfuerzo, comprendo sus silenciosas
palabras.
Ámala,
como yo te amé a ti.
Ella
lo sabía todo. Sabía que había encontrado a alguien más. Aún así se sacrificó
para verme feliz.
_
¡Suelten al maldito!_ resuenan las palabras, pronunciadas con asco.
Las
cadenas aflojan mis malheridas muñecas.
_
A partir de ahora, tienes hasta que la Dama se oculte en el horizonte_ me dice,
de frente, oculta bajo su máscara.
_
¿Para qué? _ pregunto, temeroso.
_Vete
de la ciudad, ¡y nunca vuelvas! _ grita, remarcando las palabras con un
violento gesto_ o yo misma te cazaré
Con
presteza salí de los límites de su templo dirigiéndome a mi cabaña. Tomé lo que
consideré necesario, puesto que ya no mucho me quedaba. Sólo recuerdos de una
muy mala noche.
Algo
me detiene en la cima de ésa colina. Tengo que mirar atrás, dejar que mi pasado
fluya y se estanque allí.
Una
enorme sorpresa me espera cuando volteo a ver al dormido poblado; viene
marchando, con presurosa carrera y un pequeño bolso a cuestas, aquella que una
vez creí perdida.
¡Arlazey continúa con vida!, me digo, mientras la
dicha me embarga.
Allí
está él, el que tanto amo y que creí jamás volvería a ver. Allí está mí amado, libre
de las Sínesp; preparado y listo para iniciar la nueva vida que Akem y Alecto
nos pudieron dar.
Ella
ha llegado a su lado y se abrazan fuertemente.
Miro al límpido cielo y veo allí a la Luna, que ya desaparece en el
horizonte.
Así
es como la mantendrá en la memoria. A ella, que le brindó una nueva
oportunidad…
Con
un ritual…
De
Amor, y Muerte…
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