La
historia que hoy me propongo contarles es de largo tiempo atrás, de cuando los
campos aún florecían y los campesinos eran felices dentro de sus antiguas
tradiciones. Viene de mucho antes a como es hoy, un páramo yermo y vacío que
rodea a tan inmenso castillo, los dominios de una cruel y hermosa Reina, cuya
trágica historia los rumores cuentan.
Todo
comienza con Annabel, una niña que vino al mundo con grandes dones: un
intelecto envidiable, una voz prodigiosa, y una gran belleza que sólo era opacada
por una horrible cicatriz que la cruzaba.
De
nacimiento marcada, creció huyendo de las miradas, las compasivas y las horrorizadas.
Lo único que aprendía, lo que acompañaba su día a día, era encontrar la manera
de alterar tan cruel aspecto; y fue esto lo que encendió dentro de sí la chispa
de algo mayor, algo tétrico y sombrío.
Varias
primaveras han pasado ya, y dejando de lado los infantiles juegos la joven
muchacha para casamiento la disponen sus padres. Un nuevo reinado el pueblo aguarda
y un marido ella requiere para poder así gobernar.
Sus
padres concretan cientos de citas, reciben a decenas de príncipes y nobles, más
ninguno se atreve a desposar a la marcada joven.
Rechazo
tras rechazo ella todos los ve, desde su lejano escondite, un oscuro refugio
dónde no la embarga nada más que una infinita tristeza.
Así
siente en lo más íntimo, el austero rechazo de su cruel apariencia.
Pero
ya no más; ésa misma noche cambiaría por completo su destino.
Con
gran sigilo y silenciosa cadencia es que logra escapar. Oculta bajo el oscuro
manto de la luna nueva, va en busca de los rumores que le abrirían las puertas
tantos años atrás cerradas. Allá se la ve, cabalgando furiosa en la oscuridad;
dirigiéndose a lo más profundo del escalofriante bosque. Allá, dónde posiblemente
aún la aguarde la nefasta bruja.
El
claro parece pequeño pero resulta bastante confortable. Mirando alrededor es
que se puede ver el carromato en el que ella vive y viaja; hay además un enorme
caldero, hirviendo sobre la crepitante hoguera; y un manojo de mantas,
dispersas, junto al calor del brillante fuego.
_Has
tardado en decidirte_ se escucha su voz, profunda y carraspeada_ pero aún estás
a tiempo.
_
¿Cómo sabe que vendría?_ responde la princesa, asustada ante la previsión de su
propia decisión, esbozando un atisbo de duda.
_Así
lo he visto en los huesos, así he visto cómo librarte de tu cicatriz, ¿no es
eso lo que buscas?_ aparece desde la arboleda, una encorvada anciana.
_Sí_
responde Annabel, sin titubeos_ ¿qué es lo que pides por hacerlo?
_Nada
que tu tengas me es necesario, sólo debo recordarte que la magia misma un
precio va a cobrar_ le advierte, la propietaria de tan maltrecho cuerpo.
_
¿Cuál es ése? Estoy completamente dispuesta a pagar_ dice ella, sin dilación_
lo que sea, con tal de esta… “cosa”… borrar.
La
bruja se acerca, con paso lento, a su burbujeante caldera; nudoso bastón en una
mano, extraño manojo de hierbas en la otra. Arroja el improvisado paquete, que
en un segundo es totalmente consumido. Rebusca con ahínco en sus harapientos
ropajes y extrae de ellos un minúsculo frasco de platinado fulgor.
Una gota de su esencia, la magia
que la Luna no ha de ver.
Por tres veces el tiempo que se convoca,
por tres veces la marca borraré.
La transformación así comienza,
y el precio acordado se pagará.
Que las fuerzas que hoy cumplen,
la deuda, sepan cobrar.
Su
leve cántico incita al fuego a aumentar de manera considerable su tamaño. El
viento sopla con brío por entre la espesura y un leve escalofrío recorre la
espalda de la princesa. Es verdadera la magia.
Pocos
minutos después todo retorna a su estado original, pero no así Annabel quién sufre
una gran discusión interna. Su ser se debate entre la ansiedad y la duda, el anhelo
y el miedo. El deseo o el rencor.
Con
un pequeño cáliz, de negra madera, la anciana extrae una ínfima parte del
sugestivo líquido. “Bebe”, le dice, extendiendo la copa imperativamente. Ya no
hay tiempo para vacilar y en un único y rápido movimiento el extraño brebaje ingresa
en ella. Está hecho.
La
bruja se marcha. Sólo así. Se retira como si nadie la hubiera buscado nunca, y
la futura reina se acerca lentamente a su corcel, disponiéndose a deshacer el
camino recorrido.
Ya
es de mañana y esta es la última oportunidad que les queda a los reyes de
conseguir un buen partido para su querida hija. El príncipe Edef de las Colinas
del Oeste ha venido desde lejos sólo por el desesperado llamado de sus
coetáneos y no ve prometedora su visita; o eso él creía…
Nunca
había visto el mundo a joven más hermosa, con el porte de una aguerrida
combatiente y aún así delicada cuál una rosa. Con exquisita parsimonia sale de
su escondite, elevando con orgullo su restablecido rostro provocando la
estupefacción general entre todos los allí presentes.
Había
renacido. Había resurgido de las cenizas. Nada podría detenerla ahora.
La
boda real fue planificada y llevada a cabo en las dos semanas siguientes, a
petición de los nuevos amantes con la bendición de los Reyes. Todo el pueblo
fue invitado a la ceremonia; la felicidad y la dicha reinaban una vez más en
cada rincón de tan florecido reino. Los sirvientes abrían los viejos ventanales
para que el aire volviera a circular, las doncellas llenaban cientos de
jarrones con aromáticas flores, el entusiasmo de los nobles de aquél lugar
había vuelto. Más nadie podría llegar jamás a estar tan feliz como Annabel, que
ahora paseaba su renovada apariencia con altivez y orgullo por los jardines,
provocando la envidia de aquellas que anteriormente la rehuían.
Así
fue como le recordaron por primera vez la deuda que debía pagar.
La
Luna Nueva volvería a presentarse esa noche, como aquella vez; así aprovechó
ella para pasear por los jardines exteriores, con la fresca brisa de la tarde por toda
compañía. Más tenía una grave preocupación, un miedo intenso que crecía muy
despacio.
Algo
estaba sucediendo. Podía presentirlo. Lo veía a su alrededor…
Hasta
entonces no se había percatado de ello, pero ahora, con desesperación, lo
hacía.
Era
evidente como cada planta en torno al castillo moría, los árboles se presentaban
desnudos en la mismísima primavera.
Casi
sin notarlo se había llevado la mano al rostro, allí dónde estuviese una vez tan
horrenda marca; el terror de que el viejo monstruo que era retornara la invadía
de nuevo.
Una
superficie que la reflejara. Urgente. Lo que fuera en lo que poder verse.
Un
grito amistoso la llama desde la lejanía, su reciente marido la ha estado
buscando y por fin logra hallarla junto a la cristalina fuente.
Él
toca su hombro más es enorme la sorpresa que se lleva al descubrir frente a sí cumplida
la terrible leyenda que sus amigos una vez le contaron, la de aquella hermosa
princesa cuyo rostro cruzaba una vil cicatriz.
_
¡Me he casado con un monstruo!_ dice, mientras el sol cae lentamente detrás de
las murallas.
_
¡No! ¡No digas eso, te lo ruego! ¡Amor mío, no me veas así!_ grita ella
cubriéndose con los brazos.
_Fui
engañado, ¡jamás me casaría con un monstruo como tú!_ le reprocha él.
“Que las fuerzas que hoy cumplen, la deuda
sepan cobrar”, se oye el susurro en el leve soplar del viento.
Ya
nada quedaba. Su corazón perdió el poco amor que una vez pudo haber guardado.
Desesperada,
se abalanza a las piernas del príncipe; él es su única oportunidad de quizás
ser feliz y no la perdería así de fácil. Lucharía. Y lo haría con todas las
fuerzas que el más visceral odio le pudiese dar.
“El precio acordado se pagará”.
Susurros. En el viento.
Una
lúgubre oscuridad se abalanza sobre el reino y los sirvientes se ven obligados
a encender antorchas por todo el castillo, en un vano intento de repelerla.
Los
novios se han ausentado demasiado de su paseo por los jardines; comienzan a
correr rumores y se oyen voces preocupadas.
La
puerta principal se abre con un gran estrépito y una sombra de delineados
contornos se presenta, provocando un breve y aterrador susto.
La
Reina Annabel ha vuelto, pero ya no es la misma; ha descubierto la manera de
mantenerse joven y hermosa.
Peligrosamente,
joven y hermosa.
Uno
a uno los allí presentes comienzan a
debilitarse y caer, con cada paso que la acerca a su trono.
Uno
a uno les roba toda su vitalidad. Sin piedad. Sin compasión.
Por
todos y cada uno, Ella aún permanece.
Por
todos y cada uno, su belleza vive y su reino muere.
No hay comentarios:
Publicar un comentario