sábado, 18 de octubre de 2014

POR UN AMOR PERDIDO

Dedicado a Fernanda Rocha


Mucho es el tiempo que llevo dentro de la servidumbre del Castillo de Arkdid, años enteros en los que ha consumido mi vida y la poca salud con la que siempre he contado, más sólo por Yanniah es que me he quedado, por ella y ésta, su triste historia…
Acontecía un apacible otoño en el Castillo de Arkdid, las doncellas paseaban en pequeños grupos por los frescos y dorados jardines siempre acompañadas por sus damas y algunos de los más gallardos caballeros, quienes buscaban su aprecio con una muy ensayada coquetería. Todo era tranquilo y bello, una vista perfecta que era plasmada con ocres óleos sobre un lino por una curiosa observadora.
A la princesa le encantaba ese pasatiempo, el arte y la pintura; siempre decoraba su habitación con alguna obra nueva, quizás de su autoría, o tal vez con la de algún nuevo artista del que le haya entusiasmado su técnica. Pero, desde que comenzara el último verano, todo en su mundo se había alterado, su corazón había hallado un nuevo sentimiento, algo que le resultaba desconocido y que no se atrevía a compartir, ni siquiera conmigo, Perth, su más ferviente servidor, quién ahora recuerda esos viejos tiempos con este dulce y triste cuento.
Atolondrada y distraída, salía constantemente a disfrutar del florecimiento de la vida, se la veía mucho más alegre y divertida que en mucho tiempo, toda una elegante princesa sintiéndose tan sólo una niña que se ruborizaba con la llegada de ésa persona, pero, ¿quién podía haber sido?, jamás logré saberlo, incluso siendo yo quien la acompañaba en cada uno de sus recorridos; es más, apenas me resultaba visible el leve enrojecimiento de sus mejillas buscaba yo con toda la atención de la que era capaz para determinar quién poseía el corazón de mi querida Yanniah, más siempre el mismo resultado confuso, ella lograba ocultarlo con total maestría, incluso a mí mismo, que no lograba encontrar en esos heterogéneos grupos de variada corte el punto dónde la vista de mi princesa se detenía.
Su amor siempre fue extraño, siempre confuso, halagando a personas por igual, en un inicio sospeché de galardonados caballeros, que con gran porte venían a pedir su mano más de ella recibían un constante rechazo, pero, en lo más profundo de mí, también temí que fuese una damisela la que le hubiese robado el corazón, repitiendo la trágica historia de su madre. Más como ya les he dicho, sólo conjeturas son, dudas que me han quedado sin respuesta, aún hoy.
A veces solía oírla hablar de lo que sentía, ella lo expresaba como si de un hermoso cuadro se tratara, dónde la grácil figura de su ensueño se dibujara, danzando entre los vivos colores que conformaran el prístino paisaje, y lo más alocado resultaba de sus propios cuadros, que lentamente comenzaron a multiplicarse, cuadros de paisajes llenos de personas, de damiselas y caballeros, ocultando entre ellos a quién yo quería conocer.
Ahora la veo pintar en la tranquila soledad de su habitación, el suave pincel que redondea, con tonos amarillos y marrones, el blanco y puro lienzo, bajando y subiendo entre el delineado follaje, aquél que oculta a los individuos que son observados con elevada atención. El bello sol del atardecer se cuela por el alféizar de la ventana, y, así, en su suave perfil, me muestra el leve sonrojo que la domina, ¡allí está! ¡otra vez ésta en las pinturas!, pero, ¿quién es?, no está en mí el darme cuenta, ni siquiera en el propio proceso de creación es que logro descubrir al personaje principal de todas las obras.
La última pintura por fin ha sido culminada, una encantadora escena dónde se muestra el muy ensayado cortejo de los cortesanos, el fingido recato de las impresionables doncellas y…una misteriosa silueta, un desdibujado contorno que escapa entre los crecidos arbustos. Ésa es la marca, finalmente lo he notado, en todos los retratos aparece de la misma manera: entre una muchedumbre, siempre como un trazo borroso, escapando de la acusadora vista de su observadora pintora.
He de decirles que es muy frustrante el increíble talento que posee mi adorada princesa, tan así me resulta por la enorme maestría con la que logra ocultar no sólo los principales rasgos del andrógino rostro, sino que incluso el género con el cual presenta a aquella sombra captada con rosados y pálidos colores se escapa a la aguda inspección a la cual lo someto en cada impresión en la que se ostenta.
El invierno se acerca, tranquilo y fresco, trayendo consigo heladas ventiscas y tiñendo de blanco los desnudos paisajes, aproximándose amparado por una extraña felicidad que puebla los corazones de todos los lugareños que lo esperan ya preparados dentro del Castillo de Arkdid. Más sólo resulta ser una engañosa mascarada, una grácil careta que oculta el verdadero mal que se con prontitud se avecina: una extraña enfermedad que los consume a todos, tanto a nobles como a sirvientes, siendo incluso tan desdichado el Destino que, por paradójicas casualidades, varios han sido los que no se han visto afectados por tan terrible enfermedad, encontrándose Yanniah afortunadamente entre ellos.
Todos en el Castillo tratan de ayudar, como pueden y con lo poco que queda, muchos nobles han necesitado de atención médica y los pocos siervos que aún logran mantenerse en pie no dan a basto con el tener que cuidar del sinfín de sus compañeros y todos sus amos, llegando incluso a la imperiosa necesidad de recurrir a los médicos y a las curanderas de los pueblos vecinos para atender a toda la gente enferma que poblaba por doquier.
La princesa resultó ser una excelente enfermera, atendiendo a todo aquél que podía, fuere de noble cuna o servil casa, siempre seguida de mí, escuchando lo que ella solicitara, siempre atento a sus mandatos, más sin perder de vista a los leves rubores que podrían acusarla de quién se había adueñado de su corazón, yo sólo quería ayudarla a ser feliz.
La enfermedad resultó ser de lo más implacable, cada día más era la gente que caía en cama, y los que hacían un intento por ayudar en su recuperación se sentían desfallecer en el esfuerzo. Muchos de los enfermos no soportaban más la agonía que todo aquél triste y cruel invierno representaba y lentamente se dejaban morir,  algunos solos otros acompañados, como podían en las improvisadas camas que a veces podían tenderles; así es que logré aproximarme a la respuesta final, cuando mi querida damisela se había acercado esa fría mañana a la manta en la cual se encontraban tendidos dos cuerpos, dos vasallos que escondían un secreto amor, ella y él, abrazados, amándose incluso en la propia muerte, dejando juntos este lúgubre mundo que no amparaba sus corazones enamorados.
Todo eso es lo que se vio, por mí, por ella, por todos los que allí pasaban, nobles y siervos, pero lo que nadie pudo observar fueron los ojos de Yanniah, quién al voltearse dejó ver un rostro surcado por el dolor, una sonrisa caída por la desilusión, una mirada que escondía una profunda tristeza y una amable compasión.
Desde ése día la princesa no se preocupó más por sus queridos vasallos, no  se inquietó por los que tanto amaba, y lentamente se dejó estar en el vacío de su habitación, con sus pinturas, sus pinceles, sus lienzos, su soledad y su roto corazón.
El invierno recién está llegando a su punto más álgido, dónde ya no es posible separarse del cálido hogar a leños, la enfermedad está comenzando a mermar y nos da una tregua. Hace tiempo que no he podido visitar a mi querida dama siendo mis quehaceres los que me alejaron de ella por un corto período de tiempo y ahora trato de superar esta momentánea separación que hemos tenido buscando lograr un nuevo encuentro. Había escuchado que poco comía y que ya no salía de sus aposentos y con esos rumores es que logré preocuparme y ahora llamo a su puerta sin recibir respuesta alguna desde el otro lado.
Sigilosamente empujo la pesada hoja que resbala sobre los engrasados goznes, un sentimiento de enorme intranquilidad comienza a embargarme ante la inevitable sospecha que se avecina a mi mente.
Como una escena antes vivida veo lo que ante mis ojos se presenta: un atril, cubierto por un elegante raso negro, una paleta y pinceles hasta hace un tiempo usados ubicados a un lado del atril, recibiendo el conjunto los débiles rayos solares que logran meterse con gran trabajo por la escuálida ventana. La cama se encuentra con el pálido y rosado dosel bajo, desvaneciendo muy difusamente la leve figura que sobre la cama se halla.
Me acerco con temerosos pasos hacia donde supuestamente Yanniah yace. Viejos recuerdos asaltan mi memoria. Su madre. Un amor que tampoco se llegó a concretar. Un trágico final. “No otra vez”, tengo la impresión que dice mi fatigado corazón.
Allí está ella. Postrada en su lecho. Con la hermosura única que la caracterizaba. Sus lacios y sedosos cabellos castaños que se extendían en un enorme abanico por sobre sus hombros y su espalda, una piel tersa y levemente pálida, sus finos labios que no gustaba de retocar, sus abultadas mejillas que conservan su ligero enrojecimiento. Porta su vestido favorito, aquel sencillo traje de su madre, el único recuerdo que de ella conserva, de un tono azul tan intenso y salvaje como las olas del océano; pero ahora un nuevo tinte lo marca. La sangre. Sangre de una tonalidad tan viva que por sí sola refleja el platinado acero que sobre su pecho se eleva. Había tomado el mismo camino que tomara su madre, muchos años atrás.
Gritos. Una de las criadas me ha seguido y ha visto el mismo espectáculo que yo. Ha salido corriendo desaforadamente, sólo espero que puedan darle aviso al Rey acerca de lo que ha sucedido.
Más nada me queda hacer aquí, sólo desplomo mis cansados meniscos sobre el costado del lecho de aquella bondadosa señorita a la que el amor no le dio una oportunidad. Pero…
El cuadro…una última obra, ¿qué has pintado mi enamorada doncella?, ¿cuál ha sido el dibujo que originó la despedida?
Con mano temblorosa retiro aquella tela que cubre la renombrada pintura, dócil y lenta se desliza con el leve jalón que le he proporcionado revelando el secreto que detrás se oculta.
Una hermosa escena. Un precioso atardecer, esos eran sus favoritos. Un camino boscoso, un sedero serpenteante bordeado de enormes árboles que conduce hacia las montañas, hacia el ocaso mismo. Un suceso de lo más romántico, donde dos compañeros juntos comienzan a andar, yendo en búsqueda de la felicidad que les resulta prometedora. Un hombre y una mujer. Ellos. La pareja que hace tan sólo unos días ella había hallado.
¿Porqué sacrificarse de esta manera? No lo sé. Sólo entiendo que todo el amor sobre el cual había cifrado tantas expectativas le había resultado traicionero, más una esperanza ella nos dejó. Su incólume cuerpo, así se conservó, así se ha guardado estos años bajo su hermoso ataúd, ataviada con grandes galas, acompañando a su madre en la cripta familiar.
¿Yo? Como en un inicio les dije, sólo por el afecto que a su madre y a su padre les llegué a tener, y por todo el cariño que le di y que aún ahora en lo más profundo de mi corazón guardo, es que me he quedado, por ella y sólo ella.


Aquí me tienen, maltratado por las inclemencias del propio tiempo, custodiando a la hermosa damisela que se sacrificó por un amor perdido…

No hay comentarios:

Publicar un comentario