sábado, 18 de octubre de 2014

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 4

Fuegos de Destrucción 

Cómo habían construido esa cámara nunca lo sabré.
Las dos semanas siguientes no pude acercarme a hablar con Sophie sencillamente porque el último inquilino no me dejaba hacerlo, ¿cómo era posible que manejase el aire con esa fuerza? Sinceramente he de decirles que tuve una suerte de tener que volver a mi departamento al final de la jornada pues ese chico no dejaba siquiera dormir con todo el escándalo que provocaba, “deberían haberla insonorizado” pensaba cada vez que pasaba a dejarles alguna de las comidas a las chicas. Con él, el tema era distinto, no podía ni siquiera tratar de abrir una leve rendija por la cuál acercar la bandeja que me veía impelido con fuerza, varios moretones tenía ya y mi jefe varias quejas de mi parte había recibido; “no le pases alimento alguno”, fue la respuesta que se sintió capaz de darme, “sólo cuándo le fallen las fuerzas y su cuerpo necesite nutrientes calmará toda esa furia que expresa con los vendavales que crea, allí busca tú la forma de hacer que se mantenga calmado, haz conversación con él como lo hiciste con la residente 0001”; la frialdad con la que hablaba de los chicos que allí tenía encerrados me abrumaba, ¿en que cuerpo cabía semejante corazón helado?.
Tan sólo dos días y medio habían pasado desde su llegada y por fin el vendaval había comenzado a amainar. Aún se escuchaba un leve pero fuerte viento que azotaba las paredes, pero ya para el almuerzo todo había vuelto a estar en calma.
_Hola Sophie_ saludé a mi joven amiga.
_Ho..., hola..., pensé que ya no querías hablar conmigo_ dijo con un dejo de voz entristecido.
_No es eso, es el nuevo, ha provocado tanto escándalo que no podía ni siquiera escuchar mi propia voz. Tú, ¿has dormido bien?
_Gracias por cuidarme y preocuparte por mí, y sí, he podido dormir algo, sólo pasaba que me sentía sola, abandonada..., de nuevo.
_No, yo sigo aquí y te prometo que trataré de venir más seguido a hablar contigo, en la medida en que pueda hacerlo. Ahora debo darles la comida a tu hermana y a ese chico nuevo, más tarde pasaré otra vez_ le dije, tratando de no decepcionarla pero al mismo tiempo de que no se hiciera de falsas ilusiones.
_Sabes que aquí te espero_ me contestó con cierto tono de ironía.
El darle de comer a Sarah seguía siendo exactamente el mismo rito de todos los días: la pequeña puerta, la negrura succionadora, la bandeja, el escalofrío y cerrar una vez más. No había dejado de ser lo mismo, ni ella trataba de mostrarse comunicativa conmigo y yo mucho menos con ella, el temor que provocaba en mí era excesivo y me hacía sentir, intuir si puede llamárselo de alguna manera, de que en ella un terrible odio se encerraba y que no cesaría hasta verse libre ella y su hermana, para poder cumplir con alguna venganza que le quedaba pendiente.
Walther Herminger, ése era el chico aerokinético, extraña y sencilla cualidad la que presentaba.
Ahora estaba tranquilo, el silencio volvía a dominar el blanco y pulcro pasillo y con la charola me acerqué para brindarle su primera bandeja de comida que recibiría de mí a partir de ése momento. Abrí lentamente la portezuela, una ligera brizna de viento me azotó, la fuerza que hasta hace unas horas presentaba ahora había mermado y, dejando de lado la incomodidad que sentía, pregunté con un tono de voz que fuese amigable y a la vez firme.
_Hola..., emm, Walther, ¿estás bien?, aquí te traigo el almuerzo.
_ ¿Cómo crees que puedo estar, pedazo de idiota, si hace más de dos días que no he probado bocado?, apenas tengo fuerzas para poder mantener el aire circulando dentro de mí_ me contestó, con rudeza al principio, y con pena por sí mismo al final.
_Ten, come algo_ le dije, acercando más adentro bandeja con el preciado almuerzo_ y si tú quieres yo puedo venir y hablar contigo, Walther.
La leve brisa tomó gran fuerza por unos segundos y luego volvió a ser un ligero movimiento de aire.
_ ¡No necesito de tu lástima!, ¡y jamás vuelvas a usar ese nombre conmigo!_ me gritó, tomándome por sorpresa_ mi nombre es East Wind, aquél que pronunciaste lo abandoné junto con los malditos que se hacían llamar mis padres.
Cerré la pequeña abertura antes de recibir más improperios y con presteza me alejé de la puerta. La tarea que se me habían encomendado para con él no había comenzado de muy buena manera, para variar.

Casi una hora después pasé a retirar cada una de las bandejas. Sarah siempre me dejaba la mitad de la comida en la bandeja, y cada vez que la retiraba, me ponía nervioso el hecho de que salieran tan blancuzcas, faltas de color, de pigmentación; su kinesis lograba alterar a cualquiera, con Sophie era diferente, a pesar de que ella  tampoco era de comer mucho se esforzaba en al menos ingerir un poco más de lo que comúnmente comía, y más si yo le traía algo dulce como postre, ella siempre me agradecía esos pequeños gestos que le extendía. Con Walther, (o East Wind), la cosa comenzó a ser distinta, al menos esta vez se mantuvo más tranquilo con las nuevas fuerzas que había adquirido.
_Disculpa la manera con la que te traté, no era mi intención el insultarte
_Descuida_ le dije, aceptando sus disculpas_ no es problema, de cierta forma entiendo como te sientes, son demasiadas cosas por las que has tenido que pasar.
_Algo así_ fue toda la respuesta que me dio.
Desde ese momento no pronunció otra palabra, pero al menos ya habíamos avanzado en algo.

Volviendo desde la cocina me topé con mi jefe, ¿acaso ese hombre nunca dejaba de hablar por el celular? ¿no sabía él que ese pequeño aparatejo podría producirle un cáncer?; por lo visto no, pero apenas se fijó en mí me hizo señas para que me le acercara.
_ ¡No! ¡ya les dije que no! ¡no se detengan, sigan rastreándolo!_ alcancé a escuchar que le decía a algún desconocido al otro lado de la línea, mientras cerraba el teléfono con brusquedad_ aquí estas, Gregsale, necesito que prepares la habitación número ocho.
_ ¿La que fue construida a prueba de fuego?_ me atreví a decir.
_Ésa precisamente, nuestro nuevo paciente llega dentro de unos diez minutos y necesito que se sienta cómodo, además de que necesitamos asegurarnos de que no nos mate a todos.
_ ¿Con él cómo haré para darle esta noche la cena?_ fue mi primera preocupación, faltaba más, un pirokinético que tenía ínfulas de homicida en potencia y yo el cerdo a asar quien debe darle la cena.
_Lo harás de la misma manera que con el interno número 0003, deja que primero se agoten sus fuerzas_ me decía sin mirarme, concentrado en lo que leía en la pequeña pantalla_ por cierto, buen trabajo el de hoy para tratar de acercártele, sigue así, eres un muy buen enfermero, si logras manejar al nuevo es considerable que te aumenten el sueldo.
Esas palabras aumentaron mis esperanzas e ilusiones, pero también me dejaron marcado en profundidad un dato que hace tiempo que no dejaba de darme vueltas en la mente, ¿cómo es que sabe cada cosa que estoy haciendo?
No tuve mucho tiempo para dedicarme a las nuevas cavilaciones, en un par de minutos me vi apremiado a continuar con la labor que se me había encomendado, y en tan sólo un momento llegaría alguien más que ahora recibiría el nombre de “el nuevo”, alguien que peligrosamente manejaba el fuego.

Los mismos matones de siempre, que bajaban con una gran caja metálica por el minúsculo ascensor, en esta ocasión traían a un chico joven, seguramente no pasaba de los trece, catorce años, venía con el ceño fruncido sobre un enorme bozal, llevaba, además, por vestimenta, un entero de marcado color blanco; pero lo más notorio en él, lo que captó mi atención de inmediato, fueron sus manos, encadenadas por medianas cadenas a los pies, las llevaba cubiertas de unos anatómicos guantes de algo que parecía metal, un hierro de color rojizo que avanzaba lenta y progresivamente hacia una tonalidad amarillo blancuzca.
_ ¿Está lista la habitación?_ me preguntó su jefe, acentuando un malhumor ya patente en su rostro.
_Sí, es aquella_ le respondí, señalando con la derecha la habitación aludida.
Tomó al nuevo residente por el brazo, alzándolo en jarras, con creciente demostración del enfado que éste le había ganado y lo arrojo con exagerada manifestación del desprecio que le tenía.
_ ¡Entra ahí! ¡Maldito idiota!_ le gritó mientras lo arrojaba con fuerza en la habitación
__ ¡Oiga! ¡Cuidado! ¿Quién se cree para tratarlo así?_ lo enfrenté, haciendo el intento de defender a mi nuevo paciente.
_  ¡Me creo alguien que tiene el derecho de hacerlo! ¡Por haber perdido a dos hombres y tener otro en terapia intensiva por la bromita incendiaria de este imbécil!_ me reprendió con fiereza
_ ¿Qué…, qué fue lo que pasó?..._ pregunté al borde del pánico.
_Nos tomó por sorpresa que estuviera esperándonos… atacó a diestra y siniestra… el fuego cubría todo nuestro alrededor… a Fredor y Baltor los baño en gasolina y luego los prendió… lo demás y cómo finalmente lo capturamos aún no logro determinarlo y mucho menos como fue que lo conseguimos, simplemente agradezco el continuar vivo y que este perro termine sus días aquí_ terminó con una mirada de odio hacia la puerta cerrada.

Quedé paralizado en medio del inmaculado pasillo. Los matones hacía ya unos minutos que habían acabado su trabajo y se habían retirado dejándome allí, solo, únicamente acompañado de mis recuerdos, mis atemorizantes recuerdos.
El incendio, papá asfixiándose tratando de salvar a mi hermana pequeña, mamá que quedó aplastada por una enorme viga encendida, mi hermano mayor que comenzó a prenderse fuego y gritar desaforadamente frente a mí, sólo un niño.
Los bomberos y los forenses dijeron que fue un cortocircuito, un chispazo cercano a alguna conexión de combustible, algo que hizo que el fuego se extendiera rápido, pero igualmente nunca pudieron dar un motivo certero de que es lo que sucedió.

¿Cómo es que escapé a ese accidente? ¿Por qué sólo yo pude sobrevivir? ¿Acaso hubo alguien más metido en todo esto?...

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