miércoles, 22 de octubre de 2014

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 2

Capítulo II: Dorado


La noche no había sido muy buena, y ella lo sabe. Ha habido muy pocos clientes y el maldito de Raúl le cobraría caro por la jodida esquina. El precio a pagar para no tener que trabajar para nadie.
Se la puede ver reclinada contra la pared, encendiendo un cigarrillo con su encendedor predilecto. Es viejo y ya está bastante gastado por el uso; con un suave clic corta el flujo de la flama y se queda observando la figura que lo domina detenidamente. Un dragón, un precioso dragón hecho de tribales como aquél que lleva tatuado en su brazo y espalda. Un símbolo de poder y fuerza. El fuego, el mejor de sus aliados.
Un recuerdo repentino la invade. Sólo tiene nueve años y su padre la invita a jugar; es un juego nuevo, uno que no le gusta y le hace doler. Uno que jugaría por demasiado tiempo.
Nuevamente brotan desde lo más profundo de su casi infantil ser las insaciables ganas de ver algún objeto consumido por las llamas. La necesidad la domina y la irrita; tiene que encontrar algo pronto.
Como si algún extraño ser extraterreno hubiese escuchado su insistente reclamo aparece un lujoso coche doblando por la siguiente calle.
“Esto es mejor aún”, se dice a sí misma, pensando en el infeliz desgraciado que ahora se acerca.

El viejo canoso siempre viste de traje, siempre vanagloriándose del dinero que maneja. El maldito cerdo se acerca de nuevo en su enorme auto, pavoneando su asquerosa fortuna. Prefiere a las chicas muy jóvenes y ella siempre había sido de su predilección.
“Ha llegado la hora de jugar”
Al menos podrá conseguir algo de dinero y quizás una calurosa fiesta.
Otra vez los recuerdos.
Su madre se había ido de campamento con la tía, dejándola sola. La bruja ni siquiera sospechaba las perversiones a las que se veía sometida; ella también debería haber sido castigada. Su padre entró en su habitación sin siquiera tocar a la puerta, clara señal de las intenciones que traía. La pequeña y sumisa adolescente se preparó para enfrentársele, jamás volvería a tocarla; pero no contaba con que esta vez su padre armara su fiesta con la complicidad de su tío, su hermano.
La sujetaron a la cama y abusaron de ella como nunca antes se había atrevido su padre. Mientras más la golpeaban, mientras más la hacían sufrir, ella duplicaba su rencor y su ardiente deseo de venganza.
El viejo la lleva a un hotel de mala muerte. Allí arroja un diminuto fajo y nunca nadie lo vio estar o pasar; ventajas que confiere el dinero.
Al menos este tipo tenía fantasías estúpidamente fáciles de cumplir, sería un trabajo sencillo y rápido. Lo que la excitaba de verdad era lo que venía después.

Naya calcula que han pasado unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente. Al fin el tipo encima suyo había terminado con ése corto y agónico movimiento que le permitía la osteoporosis y se ha derrumbado a su lado a dormitar un segundo, recuperar las energías invertidas. Ése es su momento.

Lentamente se desliza con suavidad de la cama, no quiere despertarlo y arruinar la fiesta. Se mete en el baño y revisa cada rincón. Hoy es su día de suerte; un descuidado ha dejado una botella de líquido extraño que tiene la etiqueta de altamente inflamable. Lo toma con presteza y se dirige al cuarto, en busca de su próximo objetivo. El idiota ha dejado su billetera en el saco. Dándole la espalda al miserable roncador es que revisa y extrae todo el efectivo; lo cuenta, es poco… el cabrón usa demasiadas tarjetas de crédito.
_ ¿Qué buscas en mi billetera?_ oye, con un tono casi insultante
_ (Mierda…) Tomando lo que ya no necesitarás_ le responde.
Se voltea con la botella ya abierta arrojando la mayor cantidad de líquido posible sobre la cama. El viejo se cubre con los brazos extendidos sin encontrar ningún sentido a lo sucedido. Naya simplemente toma su encendedor y con una ligereza extraída de la práctica enciende las sábanas. Gritos desgarradores la consuelan y la excitan mientras sale de la habitación.

Un extraño brillo dorado proveniente desde el suelo capta su atención. Lo iluminan unas llamas que comienzan a devorar todo lo que pueden a su paso. Lo observa detenidamente, “¡una piedra preciosa!”, es lo que cruza por su mente.

Se acuclilla para tomarlo, sin darle importancia a su entorno. Un súbito mareo la domina, náuseas; se siente totalmente descolocada al reaccionar dónde había ido a parar…

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