domingo, 19 de octubre de 2014

HIJOS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD 1

PARTE I

Capítulo I: Azul


Est por fin había terminado el trabajo encargado. Hacía varios días que perseguía a este ladronzuelo del bosque. Alguien con astucia y recursos para conocer y dominar los senderos que se ocultan en los enmarañados follajes, pero por suerte no era tan cuidadoso como aparentaba ser.
¿Por qué tenía que hacer estos trabajillos de gentuza? Sí. Por eso. La traición. Aún hoy recordaba todo, cada detalle, cómo si hubiese acontecido ayer...
Él era el miembro más excelso de la Guardia Real de Radmonth, siendo Caballero por herencia y vocación, siguiendo los antiguos estándares del linaje familiar, cuidaba de la seguridad del Rey desde el predilecto lugar al que fue asignado, la Derecha del Trono, desde dónde su armadura brillaba con prístino fulgor gracias a la luz que penetraba desde el elevado rosetón. Pero su verdadero orgullo no se centraba en la pulida armadura, ni en el gran poder que ostentaba en las cercanías del Rey, sino que, más bien, se radicaba en Miradith, su amada espada bastarda, la Oyente Sublime, como solían llamarla muchos. Forjada con sus propias manos, de acuerdo a antiguas tradiciones, fabricada del mejor acero que pudo conseguir de las Montañas Eternas, es una de las espadas más temidas de Radmonth, por lo silenciosa que resulta su hoja al matar en las manos de su creador y por la costumbre que su propietario tiene de oír las últimas palabras antes de rematar a los condenados, de ahí el nombre que muchos le han dado.
Los foliados arbustos estaban ocultándolo perfectamente. El perseguido aún no se había percatado de su presencia. Hacía ya tiempo que había aprendido a ocultarla, de aquellos a los que buscaba, y principalmente de aquellos que todavía lo cazaban.
¿Por qué Señor? ¿Por qué traicionar a su más fiel sirviente? ¿Por un viejo y resentido amor?
Le han encargado que lo capture con vida, por eso es que busca el arco; un certero disparo en la pierna y ya no tendrá otra escapatoria, la recompensa sería suya. No era mucho, pero serviría para pagar algunas deudas, guardaba profundo rencor por aquello en lo que no pudiera cumplir su palabra.
Adnan…
Al fin pudo ubicar el dichoso escondite. De manera rebuscada estaba fabricada y escondida la entrada al pequeño cubil que resguardaba la arboleda. Sería muy complicado hacerlo salir, la mejor trampa sería acorralarlo.
Recuerdos. La mente su peor torturadora. Memoria. Momentos de felicidad que se congelan en el tiempo. Instantes de dolor y traición por quién creía su mejor amigo.
La oscuridad domina la entrada. Un silencio mortal acompaña sus sosegados pasos en busca de la presa. La entrada es pequeña y será difícil entrar con el arco en tensión. Coloca la flecha nuevamente en su carcaj y cuelga el arco sobre el hombro. Miradith está deseosa de lucha.
Pisa sobre una superficie irregular provocando un leve crujido. El sonido se apaga instantáneamente sin propagarse demasiado. Algo se le ha atorado en el pie y deberá detenerse a sacarlo. Parece una piedra semipreciosa cuando la observa detenidamente. Una brillante pero profunda tonalidad azul; “podría conseguir algo por ella” es el pensamiento que cruza fugaz su mente. Por tan sólo un instante se olvida de la presa que viene siguiendo. La esperanza lo invade y lo hace ser imprudente, la necesidad lo mueve y lo hace ser veloz.
Un leve roce y un vertiginoso golpe al estómago lo sorprende; algo ha sucedido. Una fracción de segundo siente las náuseas y la verdosa luz del bosque ya no lo acompaña, ahora está en otro lugar…

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