Capítulo I: Azul
Est por fin había terminado el trabajo
encargado. Hacía varios días que perseguía a este ladronzuelo del bosque.
Alguien con astucia y recursos para conocer y dominar los senderos que se
ocultan en los enmarañados follajes, pero por suerte no era tan cuidadoso como
aparentaba ser.
¿Por qué tenía que hacer estos
trabajillos de gentuza? Sí. Por eso. La traición. Aún hoy recordaba todo, cada
detalle, cómo si hubiese acontecido ayer...
Él era el miembro más excelso de la
Guardia Real de Radmonth, siendo Caballero por herencia y vocación, siguiendo
los antiguos estándares del linaje familiar, cuidaba de la seguridad del Rey
desde el predilecto lugar al que fue asignado, la Derecha del Trono, desde
dónde su armadura brillaba con prístino fulgor gracias a la luz que penetraba
desde el elevado rosetón. Pero su verdadero orgullo no se centraba en la pulida
armadura, ni en el gran poder que ostentaba en las cercanías del Rey, sino que,
más bien, se radicaba en Miradith, su amada espada bastarda, la Oyente Sublime, como solían llamarla
muchos. Forjada con sus propias manos, de acuerdo a antiguas tradiciones,
fabricada del mejor acero que pudo conseguir de las Montañas Eternas, es una de
las espadas más temidas de Radmonth, por lo silenciosa que resulta su hoja al
matar en las manos de su creador y por la costumbre que su propietario tiene de
oír las últimas palabras antes de rematar a los condenados, de ahí el nombre
que muchos le han dado.
Los foliados arbustos estaban
ocultándolo perfectamente. El perseguido aún no se había percatado de su
presencia. Hacía ya tiempo que había aprendido a ocultarla, de aquellos a los
que buscaba, y principalmente de aquellos que todavía lo cazaban.
¿Por qué Señor? ¿Por qué traicionar a su
más fiel sirviente? ¿Por un viejo y resentido amor?
Le han encargado que lo capture con
vida, por eso es que busca el arco; un certero disparo en la pierna y ya no
tendrá otra escapatoria, la recompensa sería suya. No era mucho, pero serviría
para pagar algunas deudas, guardaba profundo rencor por aquello en lo que no
pudiera cumplir su palabra.
Adnan…
Al fin pudo ubicar el dichoso escondite.
De manera rebuscada estaba fabricada y escondida la entrada al pequeño cubil
que resguardaba la arboleda. Sería muy complicado hacerlo salir, la mejor
trampa sería acorralarlo.
Recuerdos. La mente su peor torturadora.
Memoria. Momentos de felicidad que se congelan en el tiempo. Instantes de dolor
y traición por quién creía su mejor amigo.
La oscuridad domina la entrada. Un
silencio mortal acompaña sus sosegados pasos en busca de la presa. La entrada
es pequeña y será difícil entrar con el arco en tensión. Coloca la flecha
nuevamente en su carcaj y cuelga el arco sobre el hombro. Miradith está deseosa
de lucha.
Pisa sobre una superficie irregular
provocando un leve crujido. El sonido se apaga instantáneamente sin propagarse
demasiado. Algo se le ha atorado en el pie y deberá detenerse a sacarlo. Parece
una piedra semipreciosa cuando la observa detenidamente. Una brillante pero
profunda tonalidad azul; “podría conseguir algo por ella” es el pensamiento que
cruza fugaz su mente. Por tan sólo un instante se olvida de la presa que viene
siguiendo. La esperanza lo invade y lo hace ser imprudente, la necesidad lo
mueve y lo hace ser veloz.
Un leve roce y un
vertiginoso golpe al estómago lo sorprende; algo ha sucedido. Una fracción de
segundo siente las náuseas y la verdosa luz del bosque ya no lo acompaña, ahora
está en otro lugar…
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