lunes, 27 de octubre de 2014

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 7

Cacería

Ya es miércoles por la tarde, bastante calurosa para empezar pronto el otoño. Recién empiezo el turno y todo está muy calmado.
Los televisores muestran imágenes muy nítidas de las cámaras que hay en cada habitación. En un rápido vistazo hago el mismo repaso general rutinario.
Tanto la 1 cómo la 5, 8, 9, 10 y sucesivas muestran habitaciones vacías, un tétrico pensamiento me invade con esto y lo aparto con la inmediatez con la que llegó.
La cámara 2 pone la imagen de Bastiaan, aquél misterioso vidente. Como si en ese instante alguien se lo advirtiera, me observa con sus ciegos ojos, desprovistos de pupila. ¿Cómo es que se da cuenta?, no lo entiendo.
Continúo. La 3 muestra a East Wind, que es como Walther desea ser llamado. Allí lo veo, más calmado de cómo estaba en un inicio; y la 4 tiene algunos manchones de tizne, el saludo oficial de Benjamín.
De verdad que no puedo establecer ningún vínculo con él. Hace cuatro semanas que ha llegado pero no he logrado reunir el valor suficiente. Ni creo que lo logre, aunque mi trabajo dependa de ello.
En las cámaras 6 y 7 no puede verse absolutamente nada por el exceso de luz y el exceso de oscuridad; allí están Sophie y Sarah. Así como veo esas imágenes también me entristece el recordar lo que la pequeña me ha contado.

Ya he perdido toda esperanza de  que mis días vuelvan a ser pacíficos, de que retornen a esa insípida ilusión a la que me aferré en un principio, dónde creí que todo sería “normal”; pero ahora…, casi quince días después de su llegada, me ha quedado demasiado claro que algo extraño pasaría, algo que sucedería pronto dónde quizás mi propia vida peligre.

No me le he acercado. Él es cómo Benjamin, el interno 0004, cómo gusta de llamarlo el Dr. Buckfield; no me siento preparado para poder hablar con él. Ni creo que algún día lo esté.

Bastiaan Laitans es su nombre; el que corroboro por infinitésima vez mientras paso silenciosamente frente a su puerta.
_ Será difícil que superes así todos tus miedos, John_ oigo, con una leve claridad.
En serio que este sujeto me da pánico, me dije a mi mismo.
_ El pasado y el futuro son dos extremos que jamás lograremos alcanzar…
_ Pero el presente es el puente que entre ambos nos sostiene_ completo su frase, sin comprender del todo el cómo yo lo sabía.
_Recuerda, John_ repite, con una voz casi ultra terrena_ el de muchos nombres enseña el camino…

No puedo escuchar más, debo alejarme con urgencia de allí. Reconozco los signos clásicos de un ataque de pánico.
Me falta el aire. El ascensor demora apenas unos minutos. Apenas abre sus puertas escapo con una velocidad vertiginosa; los enfermeros me ven como si fuese otro paciente que se ha robado la ropa de alguno de sus compañeros.
Encuentro por ahí un escondrijo y me oculto a tratar de recuperar el aliento; necesito concentrarme en los pasos indicados por el psicólogo que tuve de niño, debo controlar este desbocado impulso.
La serenidad vuelve a mí, aunque las voces e imágenes del pasado mezclado con el presente se niegan a abandonarme.

Pasos fuertes, taconazos sobre el brillante piso de baldosas.
_ Utilice el equipo que le fue asignado, con ellos logrará dar con él.
Es la voz imperativa de mi jefe.
_ No necesito estar allí para saber que es difícil atraparlo…
¿De quién está hablando?
_ Usted ya conoce la urgencia que tenemos por conseguir ésa identidad…
¿Acaso será…?
_ Comience inmediatamente la cacería… sí, le enviaré los artefactos con la inmediatez con la que los técnicos terminen de calibrarlo…
¿Un nuevo interno?
_Esa sociedad secreta caerá cuando hallemos a su escudo…
¡Sí! ¡Se trata de él! Pero… ¿quién es él? ¿y de qué sociedad están hablando?
_ Ahora tengo problemas más importantes que atender… las cámaras de observación están fallando, debe de ser la interferencia que generan los internos juntos.
¿Interferencia? Pero si las cámaras en sus habitaciones funcionan perfecto…
_Usted realice la tarea encomendada, es hora de atrapar a ése camaleón_ termina su conversación cerrando violentamente su teléfono.

El silencio volvió a ser el dueño y señor de aquél lugar. Mi mente se alborota con la terrible cantidad de dudas y temores que esa extraña charla había generado. De verdad que tendría que empezar a hacer las preguntas correctas; más ahora que tengo pase libre para actuar dentro del pasillo.
Salí sigilosamente de mi escondite. Ya no quedaban siquiera rastros del ataque que hasta hace unos minutos había sufrido; sentí las fuerzas renovadas y la intriga que crecía dentro de mí, buscando dominarme. Algo tenía que hacer.

Tengo el leve recuerdo de alguien que me dijo que el Dr. Buckfield  no se encontraba en su oficina; otro signo que me incitaba a actuar, a satisfacer mi curiosidad.
La puerta estaba abierta. Nunca lo vi como un hombre confiado, pero supongo que el miedo general que suele imponer basta para que nadie se atreva a entrar. Esta vez no había ninguna empleada de limpieza que pudiera sorprenderme, lo que agradecí infinitamente. Aún así tenía poco tiempo para actuar, tenía que ser veloz o las consecuencias serían terribles.

La pulcritud de este hombre raya en la obsesión. Las sillas están ubicadas casi con una precisión milimétrica; sobre la mesa descansan algunas revistas, todas encuadradas respecto a la misma;  los libros se distribuyen con una catalogación que apenas es reconocible, pero no escapa a la vista que algunos se encuentran ordenados por su color o tamaño. Sobre el envidiable escritorio no hay marca alguna, como si fuese nuevo, recién comprado. Algunos esporádicos archivos riegan su parte derecha, hasta hace poco estuvo con ellos, es la conclusión a la que puedo llegar.
Una maquinación indescriptible me impulsa a hojearlos, descubrir de qué se trata. En los dos primeros se encontraban unas fichas con fotografías de dos personas, al primero se referían a un geokinético, el otro lo pasé por alto, no lo consideré muy importante. Continué rebuscando. En el tercero había mapas y fotografías de extraños edificios, la carpeta llevaba por nombre nada más “Hermandad de la Evolución Mental”, siglas que pude ver en muchos otros archivos. Algunas carpetas más las hojeé levemente, no tenían nada particularmente interesante.
Lo más sorprendente fue lo que descubrí en la última carpeta. Contenía mi ficha. Pero no como enfermero ni como estudiante, era una ficha de posible interno. Anonadado reviso con ojo crítico cada archivo allí contenido; estaba mi historial clínico, las casas y orfanatos que había visitado, un informe policial acerca del accidente que había experimentado, y un archivo que, leído con un poco más de detenimiento ponía en serias dudas que el incendio haya sido un accidente…

Un rítmico sonido me despierta de la ensoñación en la que estaba sumido. Proviene del primer cajón, un teléfono puesto en el modo vibrador.
Me detengo a comprobar una vez más que nadie se percate que estoy allí y extraigo el insistente aparato.
_Señor, hemos logrado aislar el gen que potencia el poder de las internas 0001 y 0002, ¿procedemos?_ pronuncia, sin miramientos, una pausada voz al otro lado.
Sophie y Sarah…
_Repítame el procedimiento_ imito la voz de mi jefe, lo mejor que puedo_ por seguridad.
_ Aislar la fuente de poder, investigar su funcionamiento, generar en el sujeto dominio sobre su kinesis, obligar el ascenso de nivel; ésas han sido las órdenes, ¿procedemos?_ repite la voz casi mecánica del otro lado.
¿Qué es lo que realmente desean hacer con ellas?
_ Tiene permiso para proceder con lo acordado, manténgame al tanto de los posibles avances_ respondí, cortante.

Dejo el teléfono en su lugar y vuelvo mi atención una vez más al archivo que estaba leyendo.
¿Qué el incendio no fue un accidente? ¿Quién pudo haberlo provocado?
Cómo si respondiese a las dudas que en ese momento me asaltaban, veo escrito, con una caligrafía precisa y medida, algunos planteamientos que me dejaron más asombrado de lo que ya estaba.
¿Es posible que Benjamin tenga que ver con el incendio del edificio?

Dejo todo como creo haberlo encontrado y salgo huyendo de allí, presuroso. Busco no cruzarme con nadie, y sólo las cámaras del ascensor son testigos de mi regreso. Sólo detrás de mi destartalado escritorio es que me siento seguro, libre de calmarme y pensar con tranquilidad otra vez.

Definitivamente mi vida estaba peligrando. Sabían más de mí que yo mismo.

Además, ahora conocía demasiados secretos, a pesar de que más preguntas llenaban la lista.

Pero no importa demasiado, la cacería había comenzado…

No hay comentarios:

Publicar un comentario