¿Hace
cuánto ya que estoy aquí? ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? No hay ventanas. No puedo ni
siquiera distinguir el paso del Sol o de la Luna. ¿Años han pasado quizás? ¿Quién puede decirme? No creo que alguien
pueda. Nadie habla ya conmigo. No hay visitas. Quizás no las permiten. Simplemente
estoy aquí. Solo. Agonizando lentamente. El desconsuelo de mi mente avanza sin
cesar, esperando. Esperando a despertar.
El
inmaculado blanco invade a mí alrededor: las paredes, el techo, el suelo, la
puerta, mi ropa, las vendas. Oigo pasos. Son los de ese hombre. Aquél que viene
del mismo blanco puro y enloquecedor que lo conquista todo. Sus manos, limpias
y pulcras, traen la bandeja que brilla de un reluciente color plata. Alimentos.
Otros colores. Anaranjados, verdes, rojo, y algún que otro tono de beige.
Quieren que coma, que ingiera algo. Mi cuerpo no tiene apetito, pero la bandeja
aún queda allí, frente a mí. El hombretón se acerca y me obliga a abrir la
boca. Pastillas. Cuatro. Son las del almuerzo. O la cena tal vez. Hace mucho
tiempo que ya no sé cual es cuál. Él ya no tiene nada más que hacer aquí. Se
marcha sin haber ejecutado el más mísero ruido.
Silencio
y blancura. Ésos son los componentes que acompañan ahora mi soledad. Otra vez
el tiempo. Inexorable e ineludible. Siempre lo mismo.
Recuerdos.
Una vez más, me corroen los recuerdos. Memorias de acciones de las que quieren
que me arrepienta. Estaba enamorado. Aún lo estoy. No me arrepiento.
Sangre.
Mucha. Un cuchillo. Un gran cuchillo con peligroso filo en mi mano. Un hombre
en el suelo. Un cuerpo sin vida. Mirada vacía que ve sin mirar hacia el
infinito. Un amor prohibido.
Sirenas.
Chirriantes frenadas fuera de la casa. Luces rojas y azules. Han venido por mí.
Él y ella no me dejaron amarlo. Él se los dijo, él los llamó. No importaba.
Ahora yo iba a su encuentro. Personas vestidas de azul entran impetuosamente.
Gritan. Yo ya no logro oír nada.
Leve
dolor. El ínfimo filo rasga profundamente mi piel. No siento nada. La sangre
sale a borbotones. Me agacho y le doy a ese hermoso chico un ligero beso en los
labios.
Desde
el primer día que nos vimos lo amé. Él tardó un poco más en darse cuenta lo que
sentía por mí. Éramos jóvenes y nos encontramos como almas gemelas. Ella en
cuanto lo supo lo prohibió.
Pasamos
mucho tiempo en las sombras. Nadie lo sabía. A pesar de que ella lo prohibió
nosotros encontramos la manera de ser libres. Juntos.
Su
madre se fue por unos días. Necesitaba discutir algunas cosas con su ex esposo.
Ambos queríamos lo mismo. Pasar el día, juntos. Ella volvió. Había olvidado
algo. La puerta había quedado abierta y ella no sabía que yo estaba allí. Entró
sin más. Estábamos juntos. Vio el amor que nos teníamos. No lo quiso.
Hace
días que no podemos vernos. La comunicación es escasa. Teléfono, internet, los
medios que nos son posibles de usar. No ha venido a la escuela. Hoy sí lo hace.
Su rostro está pálido, el cabello desaliñado. Largos surcos oscuros caen desde
sus ojos. Corro a abrazarlo. Allí sin importar nada más nos fundimos en un beso.
Su madre. Muchas pastillas. No aceptó lo que su hijo quería. Venía sólo a
despedirse.
Mi
corazón se desplomó.
Eso
fue lo que me llevó a tomar mi decisión. Le pedí que nos encontráramos. “En la casa de mi madre”, me dijo. Se
escapó de su padre. Él llamó, seguro de que lo encontrarían allí, dónde nos
juntaríamos. Vino sólo para echarme la culpa de lo sucedido. Me amaba. Me lo
dijo y me los repitió, pero por su amor había perdido a su madre. Una herida muy
difícil de curar. Yo tenía la solución. Yo busqué y actué para que estuviésemos
juntos por la eternidad.
Aquí
estoy. Solo. Dejando que lentamente la vida me abandone. No he dejado que me
saquen las vendas. Son un recuerdo. Y las cicatrices, marcan el tiempo, algo
que quiero olvidar. Después de esa noche y el tiempo que estuve en el hospital,
me mandaron aquí. Dicen que enloquecí. Que ya no escucho a nadie. Autismo lo
llaman.
Amor.
Así lo llamo yo.
Sólo
espero acabar aquí. Morir, para despertar. Despertar junto a él, la única
persona que verdaderamente amé. El único por quién me sacrifico y a quien voy a
buscar en la otra vida, esté donde esté.
Oigo
los pasos otra vez. Aquí viene un hombre de anteojos y largo guardapolvo
blanco. Me ve. Me habla. No lo entiendo. Toma un bolígrafo dispuesto a
escribir. Largo y al parecer de metal. He podido soltar mis manos.
Amor,
espérame; pronto despertaré…
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