Esta historia sucedió hace no mucho, y la vez hace bastantes
años. Yo era casi un joven cuando la vi allí por primera vez, sentada bajo la
hermosa y florida magnolia, con los años encima, esperando.
Muchas versiones son las que acompañan su historia, su
desventura; pero, de todas, ésta es la que siento es la correcta…
Elizabeth fue una joven antaño hermosa, de castaños cabellos en
redondeado rostro; cuyos oscuros ojos reflejaban la tristeza de un corazón amargamente
rechazado. Su juventud lentamente la abandonaba con el intenso correr del
inclemente tiempo. Y así lo sentía, cada vez que observaba su pálido reflejo
encontrado en los múltiples cristales que habitan las extensas calles; pero
nunca los hallaba solos, nunca lo era, siempre venía acompañado, haciéndose
presentes, como si hubiesen ocurrido hace tan sólo un momento, miles de
recuerdos.
El enorme parque. Verano. Aún falta para que éste acabe y aun
así le tiene preparada una gran sorpresa. Tan sólo es una niña comenzando a ser
mujer, no está lista para lo que se avecina, pero lo ve llegar y lo abraza con
cariño, la ilusión del primer amor. En esa verde extensión se han juntado con
sus amigos a jugar, a ser niños una vez más, aunque sientan que están crecidos
para ello. Pero Elizabeth se separado y ocultado del resto, buscando la
solitaria compañía de uno de los muchachos, uno por el que cosas extrañas
siente, algo que no sabe cómo llamar, y con quién desde hace poco dicen ser
“novios”, algo que creía le hacía aparentar ser mayor.
Hace calor en el parque y ambos están refrescándose bajo la
sombra de un enorme árbol. Están sentados el uno contra el otro, “como en una
de esas películas románticas que tanto le gustan a mamá”, piensa ella. El
momento es inolvidable, perfecto, eterno; hasta que él rompe la silenciosa
tranquilidad. “Me gusta otra chica”, es lo que brota lenta e impasible de sus
labios.
Elizabeth no escucha lo demás, ya no puede pensar, sólo atina a
pararse y a retener las lágrimas que en furiosa estampida se avecinan a sus
ojos. Correr. Correr lejos de allí. Llorar en la soledad de su habitación, es
lo único que desea hacer. Es lo único que puede hacer.
Una desilusión amorosa. La primera. La primera de todas las que
vendrían después.
Hoy es diferente. Hoy, luchando contra el batallón de sus
reflejos frente a una vidriera de espejos, alguien la observa. Un hombre joven,
de mirada adulta y facciones infantiles. ¿Quién es? La primera pregunta que
aflora dentro de su enredada mente, tapada una vez más por otra. ¿Dónde lo he
visto antes?
A primera vista sólo parece alguien más, otro desconocido común
de los que abundan en la calle, que la mira de paso, quizá con lástima, quizá
con desprecio; no, no él, en él hay algo diferente, en su mirada, en cómo simplemente
está allí, en la vereda del frente, observando, mirando, a ella.
Adolescencia. Últimos años de la escuela secundaria. Ya ha
dejado atrás las tontas ilusiones románticas de niña, y busca cumplir su rol de
mujer en una relación seria. Se encuentra en el patio, es el recreo y lo está
pasando rodeada de sus amigas. Desde el otro extremo hay un chico solitario
mirando, casi con descaro, hacia su grupo. “Oigan chicas, ¿quién es ese que nos
mira tanto?”, “¿Nos?”, pregunta una de ellas, “Me parece que te mira a vos”
completa otra, “Isa, para mí, que a Gabriel, le gustás” termina una tercera.
¿Es posible? ¿es probable acaso que aquél chico con una mirada tan traumada
gustara de ella?. Su pensamiento se ve bruscamente violentado por un ruidoso y
repentino beso en los labios. Guillermo, su actual novio, por quien muere de
amor, la última de sus ilusiones amorosas. “Hola bonita, ¿podemos hablar? Antes
de que termine el recreo, ¿sí?”.
Elizabeth deja a sus amigas, las verá en un rato, dentro de
clase, seguro que Guillermo tiene algo importante que decirle u ofrecerle. La
próxima semana cumplirían tres años juntos, la relación de mayor durabilidad de
ambos
“Isa, vos sabés que te quiero, y mucho, pero… en estos últimos
meses, me han estado pasando cosas”. Una vez más su corazón da un vuelco; ésas
palabras, ése discurso ensayado, que ya ha escuchado demasiadas veces. “No sos
vos, te lo juro, soy yo, que he descubierto cosas nuevas en mí mismo; que me
gustan otro tipo de personas”, pero ella ya no está allí para escuchar el
resto, su mente se ha perdido, tratando de recomponer su desdichado corazón,
perdida entre los recuerdos de los novios que ya le dieron el mismo cuento,
perdida entre el recuerdo de los rechazos que tuvo de muchos chicos que se
creyeron tan superiores, que el amor que ella les entregaba les parecía
meramente vulgar.
Está de vuelta en su hogar, la casa de su madre. Ella tiene la
mayoría de edad, lo suficiente como para trabajar e irse a vivir a un
apartamento por su cuenta, pero no desea hacerlo, no desea dejar a su
desamparada madre; su último padrastro las había abandonado a ambas unos cinco
o siete años atrás; lo había hecho por una muchacha más joven y hermosa, y su
madre aún no ha podido superarlo. Está anocheciendo y muchos en el barrio, ya
están entrando a la calidez de sus hogares, pero allí, en el rellano de su
puerta, hay algo, un bulto que descansa cuidadosamente acomodado y que desde
esa distancia no alcanza a reconocer. Mira hacia los lados, pero ya no hay
nadie en las calles. Sube rápidamente y lo levanta del suelo, un ramo de
magnolias, blancas y hermosas, su flor favorita. Elizabeth entierra su pálido
rostro entre las flores encontrándose así con su dulcísimo aroma. Hay una
tarjeta. Al parecer el ramo sí tiene un dueño.
“Porque aunque esperé muchos años, aún hoy te amo”, y una
delicada G por toda firma.
Ya es de mañana. El sol atraviesa lo traslúcidos cristales de la
habitación alumbrando su rostro, y el ramo de magnolias que dejó junto a su
cama la recibe en su despertar. Es hora de levantarse y ver si puede encontrar
a su admirador enamorado. ¿Quién podría ser?
Su madre la espera con el desayuno en la mesa, y una carta sin
abrir, dirigida a ella.
Con delicada parsimonia rompe el costado del sobre liberando, en
su mano, el preciado contenido. Una tarjeta de invitación.
“Mi querida Elizabeth, te espero a las cinco de esta cálida
tarde bajo la florida magnolia de nuestra plaza principal. Allí llegaré yo con
dos regalos, una flor para que puedas reconocerme y una sorpresa que espero te
agrade.
Con
todo mi amor.
Gab.”
Ya casi están siendo las cuatro cuarenta y cinco de la tarde y
ya está llegando al lugar acordado, la enorme magnolia en flor. El banco bajo
ella está desocupado y presurosa se acerca a tomarlo. Ahora sólo le resta
esperar.
Gabriel sabe que su amada llegará unos minutos antes de lo
acordado y no le molesta en absoluto que el encuentro se adelante. Él la espera
en la vereda del frente, observando el desocupado banco, con una flor en una
mano y la otra pacientemente reposada sobre su bolsillo. Ella ha llegado quince
minutos antes de lo acordado, pero que importa ya, el tiempo de espera se ha
terminado. Mete su mano al bolsillo derecho he intenta cruzar la calle. Una
puntada en el pecho. Cae secamente sobre el frío asfalto. Una señora ve todo y
grita; varias personas se acercan. Ya han llamado a la ambulancia. Él sólo
espera que su amada reciba su regalo. Pero no llegará a tiempo. Ni él, ni la
ambulancia. Más tarde sabrían que había sido inútil. La malformación de su
corazón fue lo que lo mató. Pero lo que nunca olvidará ese grupo de extraños es
a ese joven hombre, que cruzaba la calle con una flor en una mano y un anillo
con una intención en la otra.
Son las cinco en punto de la tarde. Elizabeth oye un terrible
alboroto a sus espaldas, una mujer que grita, un accidente quizás, ya ha
llegado la ambulancia, pero ella tiene algo más importante de qué preocuparse.
Mira hacia los lados, pero él aún no ha llegado. Puede haberse retrasado, sólo
es cuestión de esperar un poco más.
Anochece, es demasiado tarde y tiene que volver a casa. Ya no es
la misma. Su frágil corazón y su delicada psiquis han dado un vuelco. La
esperanza es el único motor de vida. Ya no hay nada más que ese día, único,
constante, repetitivo. Mañana podrá volver a esperarlo, él se presentará.
“Quizás la tarjeta no era para hoy”, es el último pensamiento coherente que
quedó prendado en su mente.
Años han pasado, yo ahora camino con mis hijos, atravesando la
solitaria plaza, llevándolos a la escuela. La veo allí, en su banco, esperando
cada tarde desde hace años, bajo la estacional magnolia, guardando un corazón
roto, para un amor que nunca llegó.
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