sábado, 18 de octubre de 2014

MEMORIAS DEL HOSPITAL St. ANNE 3

Aires de Poder

Era increíble que tan sólo hubiese pasado una semana desde la llegada de Sophie y Sarah, desde entonces todo mi mundo aún estaba dando cientos de vueltas con las últimas revelaciones que habían empezado a formar parte de la gran cantidad de secretos que me veía obligado a guardar. Mi labor era sencilla y por ello no insistí en ocuparme con mucho detalle de ello, sólo debía darles los alimentos que me indicaban que preparase en el horario estipulado, nada más. De momento sólo vinieron por ellas una vez en toda la semana, y se las llevaron de la misma forma que las habían traído, tardaron demasiado en volver, supuse que eran por los demás análisis que necesitaban hacer, igualmente sabía que no necesitaba conocer más allá de eso, así que, no indagué más en el tema.
Ya casi era la hora del almuerzo y subí a preparar lo que mi jefe me había encomendado que les cocinara para ese día, era un plato sencillo y no me presentaría muchas dificultades, pero el tramo para ir hasta la cocina era lo más quejumbroso.
Casi una hora después estaba bajando con las bandejas de comida para “mis pacientes”; en toda esa semana muchos de mis antiguos colegas se cruzaban conmigo y me bombardeaban a preguntas, era comprensible, había desaparecido totalmente de la planta alta así que a todos les había sorprendido mi repentina ausencia, como así también el hecho de que, de alguna extraña manera, aún siguiese trabajando en el hospital.
La puerta doble del ascensor se abrió hacia los lados, silenciosamente y sin ninguna obstrucción. Levanté mi vista mientras empezaba a entrar en el pasillo y me crucé de lleno con mi jefe que estaba absorto con su teléfono celular y se sorprendió al verme llegar.
_ ¡Ah!, ahí está, Gregsale, venga, necesito que me acondicione ésa habitación_ me dijo, señalando la tercera que había justo a mi derecha (una más de la que se encontraba Sarah, justo frente a esa hilera)
_ Bien, ¿algún paciente nuevo?_ pregunté, tratando de que no sonara descarada, mi curiosidad.
_Sí, para esta tarde_ respondió secamente mientras iba dirigiéndose hacia el ascensor_ ahora dele de comer a esas niñas. Mañana vendrán a buscarlas para otra serie de análisis.
No pronuncié ninguna otra palabra y, escuchando como el pequeño ascensor cerraba, abrí apenas la abertura para darle la bandeja con los alimentos a Sophie, cómo siempre una gran luminosidad salió por allí pero mi sorpresa fue cuándo su mano, blanca, lisa y muy iluminada, tomó la mía.
_Espera_ me dijo con una voz muy dulce y melodiosa mientras sostenía mi mano.
_Suéltame_ dije suavemente_ me quema_ y por cierto, esa luz sí que me quemaba la piel, demasiada intensidad que provocaba un bronceado rápido y fuerte sobre la piel, y con esto ella me soltó aunque no estaba seguro de si volvería a hablarme.
_ P…per…per…perdón_ dijo tímidamente_ no quería hacerte daño, es que nunca pude controlar esto_ continuó, tratando de disculparse.
_No es problema, aquí tienes la comida_ dije, tratando de tranquilizarla mientras metía la bandeja.
_ Gracias…, eehhh, lo que sucede es que hace mucho tiempo que no hablaba con nadie.
_ No es problema, sólo déjame entregarle esta bandeja a tu hermana y vuelvo en un segundo
_ Otra vez gracias_ respondió ella con una dulzura y una gratitud que me conmovieron muchísimo.
Di dos pasos hacia la puerta de la siguiente habitación, la de Sarah, no me gustaba mucho tener que pasarle la comida, no es que no quisiera hacerlo, si no que, cada vez que abría la pequeña rendija para pasarle la bandeja de comida, la oscuridad que se emitía desde allí era muy abrumadora, excesivamente absorbente, no podía evitar un escalofrío recorriéndome toda la columna cuándo sentía lo helada que era la sombra que se cernía sobre mi mano. Nunca podía ver más adentro, pero no era que eso me molestara, me limité únicamente a dejarle la comida y que ella la tomara nada más.
Volví a dónde me habían llamado, me resultaba grato poder encontrar con quién charlar, después de haber perdido a todos mis familiares, sí, lo sé, sé que dije que empecé a vivir solo, lo que sucede es que no es muy grato el recordar que misteriosamente tú sobreviviste a un terrible incendio que se llevo a toda tu familia, pero eso ya es parte de otra historia; cómo dije era grato tener con quién pasar el tiempo, aunque fuera una niñita que parecía las vegas de noche.
_ ¿Qué tal?, supongo que tú eres Sophie, ¿no?_ le pregunté tan delicadamente como pude.
_Sí, es bueno que sepas mi nombre, pero yo no conozco el tuyo_ me respondió con una voz dulce pero que al mismo tiempo sonaba muy triste.
_Mi nombre es John, John Gregsale_ dije, esperando tranquilizarla un poco.
_ Es lindo, y tú también eres lindo conmigo John.
_Eso es bueno, tú también eres muy buena, por cierto; a pesar de que no pueda verte.
_Sí, lo sé, por lo de mi enfermedad, el Doctor Buckfield dijo que nos iba a curar y yo creo que él sí puede hacerlo_ me contó ella con una confianza que me sonaba un tanto extraña_ pero mi hermana me dice que no, que es mentira, que sólo nos quieren para experimentar con nosotras, ¿tú crees que sea cierto John?
_No lo sé pequeña, a mí sólo me pagan por cuidar de ti aquí, de proveerte de alimentos y casi cualquier cosa que necesites, no sé qué respuesta puedo brindarte.
En ese instante se escuchó por el estrecho pasillo un leve sonido que con el eco se volvía muy estrepitoso, era mi buscapersonas, consulté mi reloj y me fijé que en menos de dos horas tenía que tener acondicionada la habitación para el nuevo inquilino del Hospital St. Anne, inevitablemente tuve que despedirme de Sophie, pero lo hice con la promesa de que en un par de horas me desocuparía y volvería para llevarle la cena y allí, tal vez, comentarle algunas cosas.

Las horas pueden pasar muy lentas cuándo tienes que quedarte esperando a alguien. Las manecillas del reloj se movían lentamente hasta que dieron las cinco en punto, el pequeño pero ruidoso timbre se hizo notar, “increíble puntualidad”. Había mandado el minúsculo ascensor hacia arriba hacía un par de horas, ahora se escuchaba como bajaba, con gran peso por cómo rechinaban los cables que los sostenían. Apenas las dos pequeñas hojas de metal que componían la puerta se hubieran abierto mi vista se dirigió una vez más al personaje que se ocultaba en la cápsula.
La cápsula que traían esta vez era de cristal, totalmente transparente y, al parecer, herméticamente sellada. Dentro era un torbellino, parecía una enorme esfera de viento girando a una velocidad que provocaría pánico en cualquiera.
_ ¿Qué habilidad tiene?_ pregunté con confianza, y más valía, tanto tiempo libre tenía allí debajo que en algo tenía que invertirlo, así que aproveché y estuve leyendo el libro sobre las kinesis.
_Aerokinesis_ fue la única respuesta que tuve, del mismo hombre que me había dado las instrucciones la vez anterior, cuándo trajeron a las gemelas.
_ ¿Manipulación mental del aire?_ sugerí.
_ Sí, pero no ha llegado a evolucionar tanto como para dominar el aire que uno pueda tener en el cuerpo, tenga, utilice este equipo_ me dijo ya con un poco más de confianza extendiéndome un equipo de respiración de buceo.
_ Colóqueselo y ajústelo con fuerza, este chico puede manipular el aire alrededor de los músculos y obligarlos a moverse y hacer lo que quiere.
Con la recomendación en mente me coloqué el respirador, jalé de los tirantes y traté de aguantar el dolor que me provocaban por la presión con que me los había ajustado. Tomé además la precaución de alejarme unos cuantos pasos antes de que abrieran esa jaula de cristal.
Esos hombres trabajaban con una rapidez y una sincronicidad que nunca había visto antes. Abrieron en la cápsula una pequeña rendija, eso fue suficiente para que su prisionero emitiera una gran ráfaga de aire para empujarla completamente y tratar de escapar. En qué momento lo hicieron, no lo sé, sólo vi cómo una enorme nube blanca envolvía al ahora libre prisionero provocándole un veloz desmayo.
Entre los cuatro lo levantaron en andas y por señas me preguntaron dónde debían dejarlo, señalé la habitación que por casualidad estaba justo a mi izquierda; tomé el picaporte y giré la llave que me extendieron con la mayor velocidad con la que mis torpes dedos se podían mover. Dejé la puerta abierta y ellos pasaron por mi lado con esa persona. Era un muchacho, no debía ni estar cerca de los veinte años.
Ahora me doy cuenta de lo que me había provocado, esa sensación de lástima y compasión, ¿cómo era posible que fueran tan jóvenes y su vida quedase así de arruinada?, ¿en qué mente macabra entraba todo ese plan?

Si hubiera sabido yo en ese tiempo quién era la cabeza de toda esa idea me habría ido del hospital hace mucho tiempo, si tan sólo lo hubiera sabido ahora no estaría aquí luchando por mi vida…

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