Se
habían reunido allí con una única misión: buscar más poder.
El
conjuro era perfecto. Su armado y entramado eran los correctos. Luego de años
de arduas investigaciones los cinco lo habían logrado. Ahora verdaderamente no
habría fuerza que se opusiese a ellos, los Guardianes de las Sombras.
La
Luna de Sangre se aproximaba, inexorable, cumpliendo con el destino que ellos habían
planeado.
Zafiquel
había elegido ése lugar, el claro en el Bosque Oscuro, yermo y muerto, era lo
que necesitaban.
La
enorme hoguera que Adamon mantenía encendida ardía estrepitosamente en el
centro.
El pentáculo
trazado por Altahea era perfecto. Sus líneas estaban increíblemente bien
trazadas, las rectas y su enorme círculo.
Asmad
repartió los pergaminos con cuidado, éstos contenían las palabras de poder que
cada uno de ellos debían pronunciar. Un pequeño error, una confusión en qué es
aquello que debían decir y la oportunidad se perdería.
Gennal
ya había dispuesto los animales sobre el enorme receptáculo que había
construido. Un águila, un lobo, una salamandra y un escualo. Todos para el gran
sacrificio.
El
eclipse estaba llegando a casi a su etapa final, ya era el momento en que más
completo se lo veía. Todos tomaron las posiciones correctas en cada una de las
puntas, cada uno adecuado al pentáculo trazado.
Asmad
comenzó a conjurar:
_ Antiguos Señores del Este, aquellos que
gobiernan los infames tornados y huracanes, los que tienen en su poder el
dominio del Aire, cedan ante Asmad el conocimiento, el intelecto, aquél que ayuda a entender y comprender al
Universo_ decía mientras enterraba una larga daga en el pecho del águila,
buscando sacar su corazón.
_Antiguos Señores del Norte, aquellos que
gobiernan los impávidos terremotos y sismos, los que poseen el poder de la
Tierra, cedan ante Altahea la paciencia, la espera, del castigo y de la
venganza, aquella que nunca falta y que nunca fallará_ pronunciaba mientras
repetía la acción de su compañero, buscando extirpar el corazón del lobo.
_ Antiguos Señores del Oeste, aquellos que
gobiernan a los impertérritos maremotos e inundaciones, los que conservan el
poder del Agua, cedan ante Gennal el poder de las emociones, las más profundas,
allí donde gobierna la tristeza y el odio, donde nada se puede olvidar_ repetía
mientras trataba de conseguir el cartilaginoso corazón del escualo.
_Antiguos Señores del Sur, aquellos que
gobiernan los grandes volcanes y los nefastos
incendios, los que guardan el poder el Fuego, cedan ante Adamon el poder de la destrucción,
aquél que lo consume todo y que no deja huellas de la existencia, dónde nada
puede quedar_ conjuraba mientras
arrancaba con bríos el corazón de la salamandra.
_ Antiguos Señores, que moran en la Tinieblas,
aquellos que dominan los sombríos pánicos y los lúgubres temores, los que
guardan el poder del mal del Espíritu, cedan ante Zafiquel el gobierno del
alma, dónde el Hombre más profundamente se oculta, desde donde jamás podrá
escapar_ invocó el último sosteniendo la impía daga, aun goteante, frente a
sí.
_Nosotros los convocamos, Antiguos
Demonios, que pueblan la Oscuridad, reclamamos el Poder y entregamos esta
enorme energía en sacrificio. ¡Que se haga nuestra voluntad!_ gritaron los cinco a coro.
Levantaron
los brazos hacia los lados entablando un perfecto círculo, uno que se
correspondía con el ya trazado.
Una
fina línea blanca unió todas las manos y el fuego de la hoguera creció y
comenzó a moverse en espiral.
Los
corazones de los animales sacrificados comenzaron a elevarse mientras las cinco
figuras canturreaban un mantra de poder ya ensayado.
La
luna poseía un elevado tono rojizo, y, en tan sólo un instante, comenzó a
proyectar un enorme rayo de un rojo intenso hacia el círculo que formaban
aquellas personas que la habían sacrificado.
Los cuatro
corazones absorbieron la energía proyectada de la luna, absorbieron más de lo
que parecía que podían contener.
La
luna apagó su brillo, y lentamente fue cediendo espacio a la oscuridad recién
convocada.
El
canto se escuchaba claramente y en los rostros de los Guardianes de las Sombras
dominaba una mueca de festejo, de alegría, de triunfo.
Los
corazones se arrojaron por sí solos al enorme e incontrolable fuego.
El
chirriar y el insidioso olor de la carne quemándose dio lugar a una aparición.
Un Demonio. Un Señor de la Noche, envuelto en llamas; parecía hecho en fuego y
cenizas con garras y dos enormes cuernos.
_Suyo es lo que han pedido, insignificantes
mortales, sólo por haber conseguido que la Madre del Océano deponga su luz y su
poder_ les dijo en un tono sarcástico_
pero recuerden esta noche, pues los humanos que han jugado el juego de las
divinidades siempre han perdido, ¡recuérdenla!, ¡para siempre! ¡ja,ja,ja,ja!
Lo
habían conseguido, el Poder Supremo, aquél al que nadie ya podría oponerse.
Años
habían pasado y sólo él había quedado. Asmad, quien buscó el poder del Aire
para aprender y conocer todos los secretos y misterios que le guardaba el
Mundo. Hacía tiempo que se había encerrado en esa elevada torre buscando
separarse de la Humanidad para obtener conocimientos, tranquilo. Y, así,
lentamente, le fue llegando la noticia, aquella de que la Dama Sombría los iba
buscando uno por uno. Allí en su solitaria torre, comprendió que todo había
sido inútil, que aquel Demonio invocado había tenido razón. “Los humanos que han jugado el juego de las
divinidades siempre han perdido”, recordaba, mientras miraba el vacío cielo nocturno, “esas eran sus exactas palabras” pensó.
Ahora
comprendía esa frase, cuándo la Dama de Negro más cerca estaba, cuando más
cómodo y feliz estaba, ahora que se daba cuenta de que podría haber evitado el
día de la convocatoria de la oscuridad…
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