Al
momento de despertar aún le dolía la cabeza. Era comprensible; recordaba el
golpe que había recibido por la espalda y que provocó su desmayo inmediato.
Una
luna muy llena gobernaba el cielo nocturno, oscuro, sin estrellas. ¿Cómo es que
podía ver ese ínfimo detalle? Estaba boca arriba, tendido sobre una gran piedra
plana. Estaba amarrado, por los pies y las muñecas. Muy fuertemente.
Sintió
frío. Estaba completamente desnudo. Amarrado y desnudo. Poco a poco lo empezó a
embargar una sensación de miedo.
Tiró
de las ataduras forzándolas a liberarlo. Sus esfuerzos eran nulos.
Se
escuchaba un susurro, un leve murmullo.
Miró
hacia su alrededor.
Un
círculo de antorchas que iluminaban mal y poco el área.
Un
grupo de personas. No podía contar cuántos habían, pero evidente era que eran
muchos. Todos encapuchados, canturreando algo incomprensible por lo bajo.
Una
figura, más alta que las demás, se adelantaba lentamente. Un brillo opaco captó
su atención. La daga. Una gran daga que ése hombre sostenía con ambas manos.
El
miedo fue cediendo lugar al pánico. El pobre chico se revolvía con desesperación
tratando de liberarse del destino que veía acercarse, inevitable.
Cuatro
salieron del círculo. Jalaron de las cuerdas para sostenerlo más firme contra
la enorme roca mientras la quinta figura seguía andando, impasible, hacia él, sosteniendo
la impávida daga.
La
mordaza que habían atado a su boca ahogaba sus gritos. Gritos de terror, de
miedo, de desesperación. Trataba de retorcerse con todas sus fuerzas, con
aquellas de las que aún disponía a pesar de la inmovilidad de la que era preso.
El
canturreo fue elevándose despacio, poco a poco, y cada vez más con la cercanía
del maléfico personaje, quién sostenía aquella impía daga.
La
pronunciación ya era evidente, a pesar de sonarle incoherente se escuchaba con
total perfección.
Desde
dónde estaba podía ver la luna exactamente por encima de él.
El
personaje alzó la daga inconmoviblemente sobre su pecho.
El
infortunado joven cerró los ojos, esperando ya, el momento.
Aquél
cesó el conjuro secamente y bajo velozmente la daga buscando clavarla en su
corazón.
Diego
despertó sobre saltadamente con un grito. Un sudor frío perlaba su rostro,
cuello y parte del pecho. Su respiración
era rápida y entrecortada. “Fue sólo una
pesadilla”, pensó, buscando calmarse.
Su
novia seguía dormida allí, junto a él; al parecer no lo había oído.
Sentía
el pecho húmedo. Algo molesto en el pectoral izquierdo. Acercó su mano y tocó
allí dónde creía estaba mojado.
Rojo.
Al ver su mano la encontró manchada de sangre.
Levantó
su remera con un miedo creciente en su interior.
Estaba
perforado.
Su
corazón había sido atravesado…
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