sábado, 18 de octubre de 2014

HASTA EL FIN DEL ESPEJO

Dedicado a Alicia Suárez

Ésta es una, una de muchas, una de esas tantas historias que escuché de mi amado abuelo. De aquellas que llevo en lo más profundo de mi corazón y que me enseñaron el verdadero arte del amar…
   Ésta era una de sus favoritas, una historia tan trágica como romántica, que da su comienzo con Prest, el joven e ingenuo príncipe, aquél que recientemente floreció a la Vida y que muy lentamente madura en sus misterios. Este cuento habla de él y de cuanto un hombre es capaz de amar…
   Prest fue siempre un niño bien educado, culto, responsable y cumplidor de sus deberes y tareas, sobre todo de aquellas que más demandaban la actitud de un príncipe de su alcurnia.
   De hermosas facciones, vaga por el castillo con varias doncellas siempre tras su paso, buscando el cortejo de tan agraciado muchacho. Pero Prest en ninguna era capaz de encontrar lo que a su ser le faltaba. Nada en ellas lo completaba, no eran capaces de proporcionarle esa felicidad, ésa alegría romántica que de sus amados libros anhelaba.
   Las horas, los días, los meses, los años pasan y Prest ya no siente que sea capaz de disfrutar de las bellezas que el mundo le promete, sólo se siente con la fuerza de volver la mirada hacia sus queridos libros, aquellos manuscritos de páginas apergaminadas con finas letras cursivas que encierran en sí cuentos de amor, que hablan de tragedias románticas de amantes imposibles, con relatos de compañeros que deciden morir, sólo por seguir juntos… Un estilo de amor que le resulta excesivamente complicado de hallar, más que nada en personas a las cuales sabe que no logra querer.
   La edad de casarse se acerca ineludible y una esposa le es imperioso escoger. Ése es el mandato de sus padres para que puedan legarle el reino. La persona correcta no aparece y el tiempo de espera ya se agota. Él siente que el fin de su libertad se acerca, es hora de escoger una damisela y hacerse cargo de las obligaciones que le depara el cargo que recibe. Pero, por última vez, una última vez, visita su biblioteca.
   Allí va en busca de sus amigos, aquellos aliados en los que por tantos años se refugió, los que le brindaron cariño incondicional y el amor que en su vida no era posible localizar. Los cientos que, en pulidas y retocadas estanterías, ordenados a su gusto estaban. Pero, al parecer, ya alguien había tomado la decisión de qué sería lo que ocurriría con su biblioteca; habían mandado convertirlo en un emporio, un lugar dónde despojar cosas viejas e inútiles: antiguas esculturas, anticuados óleos, desgastados tapices y… un espejo. Prest desde el momento en que se fijó en él notó algo raro, no lo conocía, jamás lo había visto colgado en ninguna parte del castillo, si así hubiese sido reconocería las artísticas molduras que lo encuadraban.
   Más insólito fue el enfrentársele, y, en aquél pulcro y argentino reflejo, no encontrar su figura, si no simplemente el ambiente que detrás suyo había. Por minutos este espejo capturó en demasía su atención; su mente no lograba darle una explicación lógica a este absurdo fenómeno, algo en sí mismo debía de ocultar.
   Con precaución acercó su frágil mano, buscando con el extremo de los dedos tocar lo más ligeramente posible la lisa superficie del cristal. Un suave roce, toda la extensión toma un denso color negro, se torna en un obscuro vacío que por segundos parece absorberlo todo. El reflejo se altera nuevamente y le muestra a Prest una joven, un muchacha de morenos cabellos de largo medio que enmarcan unos cándidos ojos miel y labios de delgado grosor.
   Atónitos ambos se observan, se miran entre sí cada detalle, cada señal del otro, de aquél que no debería estar en ése espejo. No resulta comprensible el extraño fenómeno del que eran partícipes, ¿cómo era esto posible?
   Un cambio, una nueva pieza que encaja de una manera tan suave, como la seda y el terciopelo, en su áspero y vacío corazón. Nada esta bien; lo que esta ocurriendo no podía ser posible.
   La hermosa y por demás extraña personaje levanta su mano y busca hablarle. Prest, estupefacto, no puede creer que la ve y mucho menos que sea capaz de poder oírle
_Hola, curioso convocador, mi nombre es Nax ¿el tuyo es…?_ expresó con voz dócil, la visitante.
_Mi…, mi nombre es Prest… ¿cómo es posible…?_ pregunta el príncipe, boquiabierto.
_ ¿Puedo pasar?_ pide cortésmente.
_Cl…, claro…_ dijo Prest sin entender lo que estaba sucediendo.
   Con sólo un paso, la chica atravesó la pulida superficie espejada avanzando hacia la antigua biblioteca.
_Hola Prest, como dije, mi nombre es Nax, y…, al parecer, nos llamamos mutuamente_ le explicó afablemente.
_Pero yo no llamé a nadie.
_Lo hicimos ambos en el momento en que tocamos el reflejo del portal_ le dijo mientras con su mano tocaba el marco del espejo.
_Tú, ¿qué eres?_ preguntó Prest, desorientado.
_ Soy solamente una muchacha, cómo tú, sólo que yo provengo de Tael, un reino que se ubica en un espacio idéntico al tuyo, pero que es el contrario y éste portal es lo que los une_ intentó Nax hacer que Prest comprenda, sintiendo dentro suyo algo que hacía mucho creía perdido.
_ ¿Porqué estás aquí? ¿Acaso vienes a asesinarme, al príncipe? ¿O es que eres una perversa hechicera? Y si lo eres, ¿qué estás buscando aquí?_ interrogó el aludido con gran nerviosismo.
_ Óyeme, yo también deseo encontrar alguna explicación a esta extraña convocación, pero, por lo que puedo ver, los conocimientos que posees no te ayudarán a entender las posibles respuestas que quizá los Dioses nos presenten.
El silencio se instauró cual opresor tiránico. Muchas interrogantes se exhibían y la mayoría no poseían una respuesta clara. Cambios, eso es lo que este hecho traía, cambios intelectuales, cambios psíquicos y profundos cambios emocionales. Algo mucho más allá de estos jóvenes había decidido reunirlos, en ese tiempo, en ese lugar. Alguien superior y supremo les dio ese encuentro, ese encaje perfecto.
Un extenso momento pasó hasta que fue Nax la que decidió romper aquella invisible barrera
_Discúlpame Prest, pero he de volver, no sé cuánto tiempo puedo permanecer aquí, de este lado del espejo_ dijo ella, dando una ligera vuelta, encarando el espejo.
_ (en un rápido impulso, la toma de la mano) ¿Podré volver a verte?_ suplicó con un dejo de desesperanza.
_Estoy segura de que sí_ le responde con una enorme sonrisa en los labios.
_Estimado príncipe, ¿se encuentra usted bien?_ le pregunta un guardia_ parece como si hubiera estado hablando solo.
_No, no lo he hecho_ contesta distraídamente_ igual, gracias por tu preocupación.

   Los días comienzan a sucederse continuamente, uno tras otro, sin pausa. Éstos son los que  dejan que las frágiles hojas comiencen a caer con las primeras y frescas brisas que promete el fin del otoño, aquél que con lentitud deriva en la fecha límite de la libre elección de Prest.
El amor no conoce de estaciones o climas, sólo conoce de ilusiones; hermosas ilusiones como la que el Príncipe vive, con aquella inverosímil muchacha, aquella que proviene de un reino que se ubica detrás de un antiguo espejo, aquella invitada que nadie más que él es capaz de ver…

Los árboles ya lucen a medias desnudos, los vientos provenientes del Norte se vuelven gélidos y traen consigo la lluvia blanca, aquella que obliga a los mortales a refugiarse en la calidez de sus moradas, junto al agradable fuego. El hogar expulsa su luz y calor iluminando una única figura, alguien que habla para su sombra, al aire que le rodea, es alguien por quién los grandes Reyes se sienten preocupados, aquel joven muchacho que porta una enorme sonrisa en el rostro y una gran alegría en el corazón. 

2 comentarios:

  1. gracias ale que buena historia, sos un genio.. se te quiere .. segui asi :)

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