Simplemente
despertó. Como lo hubiera hecho con cualquier pesadilla. Despertó con un
intenso sobresalto, una aspiración rápida y profunda, en busca de un aire que podía
sentir hacía tiempo le faltaba a sus pulmones. Arlazey tosió bastante antes de
poder incorporarse y observar el entorno que la rodeaba.
Una pacífica
tonalidad azul lo dominaba todo, cubriendo cada pequeño lugar de esa minúscula
habitación. Las antorchas eran las que proveían de un extraño fuego, aquél que
lo iluminaba todo de ése sombrío color. No había mucho más, una mesa en una
pared alejada, algo muy parecido a lo que sería un altar justo donde ella se
encontraba. Pero lo más extraño de todo resulto ser una mujer, a quién encontró
a sus espaldas, observándole tranquilamente, esperando con claros signos de una
paciencia eterna.
_Jamás
entenderé a los humanos y eso que ustedes llaman “amor”_ dijo sin rodeos.
_ ¿C…cómo?,
¿disculpe?_ preguntó la joven sin poder entender nada en absoluto.
_ Sólo estoy
aquí porque él me pidió que te despidiera, y me rogó que leyeras la carta que
dejó para ti sobre ésa mesa_ le respondió, señalando.
Sin otra
palabra mediante, la extraña dama sólo se desvaneció, dejando a Arlazey sola
con sus pensamientos. La luminiscencia azulada se fue con ella, retornando así
el anaranjado brillo que trae el fuego, pero este ínfimo hecho no la
tranquilizó en lo más mínimo, sólo hay dudas e inquietudes en su alborotada
mente. Preguntas, a las que quizá no le agradase darles una respuesta.
Se levantó
con esfuerzo de donde se encontraba recostada, sus pies descalzos tocaron el
frío suelo de piedra, generando un sordo sonido que hizo eco en toda la
habitación.
Lentamente
se fue acercando a la mesa indicada, y allí, tal como se lo había dicho,
encontró un pequeño sobre. De papel amarillento y algo grasoso, justo como
siempre solía usar él; y, como para confirmarlo, el sello de su anillo impreso
en la laca que lo mantiene cerrado.
Con dedos
temblorosos rompe el rojizo pegamento, dentro está la carta, escrita en una
precisa y hermosa caligrafía. Sólo es una hoja, un corto y claro mensaje, tan
sólo un adiós.
Querida Arlazey, te dejo esta
sencilla carta a modo de despedida, lo que estoy a punto de hacer conlleva un
riesgo muy grande que estoy dispuesto a aceptar, sólo porque tú has sido y
siempre serás el amor de mi vida; pero… ¿qué es esta existencia, vana e impía,
si no te tengo a mi lado para alegrarme los días?
Por ello es que ahora tengo que
dejarte, porque sé que hallaste un nuevo amor, y con ello sé que podrás
disfrutar del regalo que le pido a la Muerte para ti hoy.
Vive mi vida, amada Arlazey, vívela
con plenitud e intensidad, vive el amor que yo jamás te pude dar.
Con un inmenso cariño,
tuyo por siempre
Akem
Un leve
golpeteo detrás de los ojos comienza a molestarle, el dolor en su cabeza está
aumentando en conjunto a las dudas y preguntas que se abalanzan en tropel. Sólo
quiere salir corriendo, no pensar más, no tratar de entender lo sucedido, ya no
más.
Está
paralizada, ningún músculo responde a sus órdenes, la desesperación empieza a
deslizarse suavemente, subiendo, por su columna y una fría voz, habla en la
lejanía; una única, fría, e impactante palabra:
_Recuerda…
Sólo eso
faltaba, una simple palabra para activar el resto de sus procesos mentales, ya
no hay espacio para preguntas o dudas, miles de recuerdos comienzan a repoblar
su memoria y uno entre ellos busca destacarse entre los demás…
Ya es
entrada la noche. El plenilunio se alza, enorme, en toda su majestuosidad. Sólo
una luz titilante se mueve, zigzagueante, por las calles: el sereno, que vigila
el apacible sueño de los pueblerinos. Incluso a él le pasa inadvertida una
sombra, pequeña y de grácil movimiento, que busca el abrazo de la noche para
poder escapar, y la Luna, amiga de los amantes, la cubre con su manto y le
revela el camino.
Dobla el que
resulta el último recodo y, al final del estrecho y extenso pasillo se observa,
la farola de un carruaje. La señal acordada. Su corazón comienza a latir
poderosamente, desbocado, y con marcado nerviosismo se oprime el pecho. El
miedo de que éste ínfimo sonido sea los suficientemente potente como para
delatar su presencia le aterra por unos segundos. Cae en la cuenta de su
infantil temor y con un resoplido calma su alborotado cuerpo. Su enamorado la
espera y eso la colma de excitación, hoy por fin han decidido a fugarse juntos.
Con sumo
cuidado se quita los esmaltados zapatos. Es su deseo correr a aquellos fuertes
brazos y ese nimio lastre podría terminar resultando en un desastroso fracaso
final.
Son sólo un
par de metros y llega rápidamente,
arrojándose con un leve salto sobre su portentoso cuerpo. Él la sostiene con
brío, no la aparta de sí, como si en tan sólo un momento ella pudiera
desvanecerse y terminar siendo toda una mera ilusión. Pero ya sabe que no es
así, y simplemente se funden en un envidiable beso.
Ya están
marchando, alejándose del pueblo y sus alrededores. En la lejanía formaran un
nuevo nido de amor, allá dónde el alba sea más reciente y el ocaso tarde, dónde
las faldas de las montañas sean de un verdor inigualable, dónde nadie conozca
su pasado, y sólo se preocupen por su presente. Así es como ya están en camino,
a la tierra de ensueño, a cumplir con un nuevo destino.
El suave
traqueteo que provoca el maltrecho sendero comienza a sumirlos en un apacible
sueño. La noche es templada y favorece el necesitado descanso.
Una brusca
frenada los despierta abruptamente. Misteriosas figuras armadas de antorchas
comienzan a fustigar las portezuelas, forzándolas a abrirse a sus intempestivas
acometidas. No tardan mucho en ceder y se ven arrancados del aterciopelado
interior hacia el áspero y helado lodazal.
Sarcásticas
risas de una asegurada victoria resuenan en derredor. Risas agudas, finas y
estertóreas… risas femeninas.
Entonces
ella comprende... han entrado en el terreno de las Sínesp, las brujas
Sacerdotisas de la Luna; sólo un triste final les espera a ambos…
Ahora lo
comprendía. Instintivamente lleva su mano hacia su vientre, allí dónde reside
la reciente cicatriz. Todo lo que recordaba era cierto. Ellas la habían
asesinado.
No hay
tiempo de dudas. Ya no más. Ahora debe ponerse en marcha y escapar velozmente
de ese lugar.
El crepúsculo
del alba apenas roza el cielo, lo que le da a Arlazey un poco de tiempo antes
de que el pueblo entero despierte.
Allí está
ella, la que tanto amé y que creí perdida, allí está mí amada, preparada y
lista para iniciar la nueva vida que Akem y Alecto nos pudieron dar.
No puede
evitarlo y mira por un minuto atrás, al que fue en antaño su hogar.
Así es como
lo mantendrá en la memoria. A él, que le brindó una nueva oportunidad…
Con un
ritual…
De Muerte, y
Amor…
Éste cuento posee un compañero que termina de cerrar la historia, ambos son independientes el uno del otro aunque son mejores como conjunto.
ResponderEliminarSu compañero es RITUAL DE AMOR Y MUERTE, de próxima aparición...